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Crónicas de la Calle

Sarmiento: Maestro y Periodista

10|09|17 20:44 hs.

Escribe Ernesto Martinchuk

Para nosotros el periodismo constituye un elemento de trabajo social. Todos los hombres de Estado, fueron en centurias anteriores, periodistas. Y a los periodistas de hoy, bien que sin la aptitudes de aquellos, ninguna función nos parece tan eficiente, en cuanto a la realidad del bien público, como ésta de escribir con la conciencia del que realiza un apostolado universal: porque un medio es eso: el universo al alcance de la mano. 

 Pero trasladémonos a una ciudad mediterránea, la de San Juan, para ver cuáles fueron allí los comienzos del periodismo. En 1825 gobernaba en aquella provincia el Dr. Salvador María del Carril, hombre joven, ilustrado, del cual se ha dicho que fue en la comarca un eco del espíritu de Rivadavia. Bien, Del Carril introdujo en San Juan la imprenta y fundó el primer periódico: El defensor de la Carta de Mayo. No pudo ser larga su vida, las huestes de Facundo invadieron a San Juan y todo quedó extinguido. Si bien algunos periódicos locales aparecieron en años siguientes, algunos auspiciados por la autoridad, tampoco tuvieron duración. La lucha entre unitarios y federales, cada vez más ostensible, adquirió por momentos aspectos trágicos. Pero surgió una antorcha dispuesta a poner luz en aquella noche. Fue el periódico El Zonda, establecido por Sarmiento, que volvía de Chile tras su primer exilio de cinco años. Domingo Faustino contaba con 28 años y ya había sufrido por una vida entera y ya había acumulado el conocimiento de los libros y experiencia en el mundo. Su vocación estaba decidida: sería maestro y periodista. Por eso en aquel mismo año promisorio, fundó simultáneamente un colegio, el Colegio de Santa Rosa de América para señoritas, como si aulas y prensa debiesen convivir en un pueblo que se abre paso hacia nuevos destinos. La vocación agrandó su voluntad y le dio alas como para emprender aquel vuelo gigantesco de su vida. Pero todas las puertas se le cerraron: la indigencia, las dificultades y el oscurantismo le salieron siempre al paso. Pero en esa fragua templo su energía. Estudiaba, observaba y reflexionaba.


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Cierta vez se preguntó: ¿cuál es el proceso en la formación de la ideas, y seguidamente halló la respuesta: "Yo creo -dijo- que en el espíritu de los que estudian sucede como en las inundaciones de los ríos: que las aguas al pasar depositan poco a poco las partículas sólidas que traen en disolución, y fertilizan el terreno. En 1833 yo pude comprobar en Valparaíso que tenía leídas todas las obras que no eran profesionales, de las que componían un catálogo de libros publicados por "El Mercurio". Estas lecturas, enriquecidas por la adquisición de los idiomas, habían expuesto ante mis miradas el gran debate de las ideas filosóficas, políticas, morales y religiosas, y abierto los poros de mi inteligencia para embeberla en ellas". 

 En otro pasaje de Recuerdo de Provincias -hablando de la influencia que sobre su espíritu ejerció el clérigo Oro, dice Sarmiento: "Mi inteligencia se amoldó bajo la impresión de la suya, y a él debo los instintos por la vida pública, mi amor a la libertad y a la patria, y mi consagración a las cosas de mi país. de que nunca pudieron distraerme ni la pobreza, ni el destierro, ni la ausencia de largos años. Salí de sus manos con la razón formada a los quince años; valentón como él, insolente contra los mandatarios absolutos, caballeresco y vanidoso, honrado como un ángel, con nociones sobre muchas cosas y recargado de hechos, de recuerdos y de historias de lo pasado, y de lo entonces presente, que me han habilitado después para tomar con facilidad el hilo y el espíritu de los acontecimientos, apasionarme por lo bueno, hablar y escribir duro y recio, sin que la prensa periódica me hallase desprovisto de fondos para el despilfarro de ideas y pensamientos que reclama". 

 He aquí a Sarmiento definido por sí mismo de una manera cabal. Porque es cierto que las ideas se forman al estudiar las cosas. Como es igualmente cierto que las nociones captadas de tantos modos, a veces imperceptibles, se truecan en cabos sueltos que habilitan al hombre para tomar el hilo de los acontecimientos, porque la prensa periódica reclama curiosidad, pasión por lo bueno, independencia de juicio, un fondo nutrido y claridad en los conceptos. 

 Tal fue el criterio con que Sarmiento redactó aquel primer periódico en su pueblo natal. Por estos días he vuelto a tener en mis manos ejemplares de "El Zonda". Amarillento y quebradizo está el papel. Los caracteres de imprenta son más bien grandes y toscos. 

 Educación pública, cultivo de la morera, explotación de minas, costumbres, literatura, artes y alguna que otra información que fuese a buscar el oído de las gentes como para sustraerlas a la modorra aldeana. Tales eran los temas de que se ocupaba "El Zonda". 

Se publicaron 6 números y en el N° 4 pregunta: "¿Que es pues un periódico? Una mezquina hoja de papel, llena de retazos, obra sin capítulos, sin prólogo, atestada de bagatelas del momento. Se vende una casa. Se compra un criado. Se ha perdido un perro, y otras mil frioleras, que al día siguiente a nadie interesan. ¿Qué es un periódico? Examinado mejor. ¿Qué más contiene? Noticias de países desconocidos, lejanos, cuyos sucesos no pueden interesarnos. (...) Trozos de literatura, retazos de novelas. Decretos de gobierno. (...) Un periódico es el hombre. El ciudadano, la civilización, el cielo, la tierra, lo pasado, lo presente, los crímenes, las grandes acciones, la buena o la mala administración, las necesidades del individuo, la misión del gobierno, la historia contemporánea, la historia de todos los tiempos, el siglo presente, la humanidad en general, la medida de la civilización de un pueblo." 

 Las cosas hubieran ido muy bien, ya que Sarmiento, a quienes acompañaban Aberastain, Cortínez y otros jóvenes cultos, se hallaban naturalmente dispuestos a promover el espíritu de mejora. Pero a la vez restos sanjuaninos hablaban de instituciones civiles y repetían determinadas palabras como "libertad", "civilización". Y esto no fue del agrado del gobernador Nazario Benavidez y una tropelía terminó el 25 de agosto de 1839, con el periódico y con toda su acción constructiva. 

 Años de sangre y luto aguardaban al país. Algunos periodistas fueron muertos, otros encarcelados y otros sufrieron el destierro. Al abandonar la ciudad de San Juan en 1840, había escrito en francés con carbón en el cerro de Zonda, una frase apocalíptica: " ¡Bárbaros! Las ideas no se matan”. 

 Radicado por segunda vez en Chile, se presentó en el escenario de la América del Sur ignorado de todos y de sí mismo el día anterior, aplaudido y estimado el día siguiente por los artículos que publicó en El Mercurio, "los grandes principios que no se extirpan”. Fundó El Nacional, primer diario que tuvo la ciudad de Santiago y al igual que en San Juan, en 1842, por encargo del ministro de Educación chileno fundó la Escuela Normal de Preceptores, la primera escuela normal abierta en Suramérica, dos años después de haberse creado ese tipo de establecimiento docente en Estados Unidos.

Sarmiento fue educador, militar, parlamentario, diplomático, ministro, Presidente, hombre de estado, promotor y guía, pero esencialmente fue periodista. La mayor parte de sus libros, antes de adquirir este formato fueron notas para diarios. Después escribió durante 47 años, en la mayoría de las ciudades del país, en casi todas las naciones de América, y en los cuatro continentes, con el frenesí constante de la grandeza nacional. El conjunto de su labor asombra por su magnitud, por su unidad y por su fuerza. Vivió escribiendo y murió con la pluma en la mano. 

 El periodista era maestro y el maestro periodista. Y tenía razón Sarmiento, porque el periodismo es forma, la más amplia, de ejercer un magisterio.