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Nota ganadora del Premio Adepa 2017

El otro abrazo del alma

02|12|17 11:54 hs.

Víctor Dell Aquila, el hincha sin brazos que durante los festejos del Mundial 78 compuso junto al Pato Fillol y Tarantini la célebre foto que tomó Ricardo Alfieri, en 1970 protagonizó una imagen similar: fue en la cancha de Racing, en el debut en River de Eduardo Anzarda. Pese a ser fanático de Boca, tras el primer gol del Chavo ingresó a la cancha para celebrar junto a Jota Jota López, con quien había entablado una amistad durante la rehabilitación que debió hacer luego del accidente que le costó la amputación de los miembros superiores. En un verdadero presagio, el momento también lo captó el gran fotógrafo de la revista El Gráfico.


"Toqué el cielo, amigo. Te puedo asegurar que gracias al fútbol toqué el cielo con las manos...".

Víctor suelta la frase y las palabras quedan rebotando en el living de la sencilla casa de San Francisco Solano, después se genera un silencio profundo, de esos que se escuchan. Nadie puede tocar el cielo, pero él no puede tocar nada con las manos porque desde los 12 años no tiene brazos. Entonces, la frase tantas veces dicha por muchos, en su boca alcanza otra dimensión y se llena de una carga emotiva que conmueve. 


Víctor Dell Aquila "abraza" al debutante Chavo Anzarda y a J.J. López en la precuela del "abrazo del alma"


El fútbol fue el salvavidas al que se agarró con el alma Víctor Nicolás Dell Aquila para salir a flote de una situación que parece imposible superar.

Alta tensión 
Pasadas las 11 de la mañana del 8 de setiembre de 1967, a la espera de que sus amigos salieran de la escuela para ir a jugar un picado, al pequeño Víctor (tres días antes había cumplido los 12) se le ocurrió la muy mala idea de subirse a una torre de alta tensión. No era la primera vez que lo hacía, le gustaba la altura y también le encantaba ver como bajaban los aviones para aterrizar en el aeropuerto de Ezeiza, allá, a unos 50 kilómetros de su barrio.

"Pero en un momento perdí el equilibrio, y con la mano derecha agarré el cable... Yo no sabía que tenía electricidad, y al sentir la corriente, con la mano izquierda me agarré la muñeca derecha para intentar zafarme. La descarga me carbonizó los dos brazos y me empujó al vacío: caí de espaldas de casi 15 metros de altura. Nadie se explica cómo sobreviví a eso", cuenta hoy, a los 61 años, y tras haber construido una vida que lo enorgullece.   


Un joven Victor, fanático de Boca, junto a Marzolini


Emoción mundial 
Poco antes de las seis de la tarde del 25 de junio de 1978, la selección argentina le hizo el tercer gol a Holanda y quedó a nada de consagrarse campeona mundial. A Víctor, por ese entonces de 22 años, se le nubló la vista de la emoción, la gloria estaba ahí nomás, y tomó una muy buena decisión: saltó a la cancha. 

"Estaba en la platea que da sobre Figueroa Alcorta, En esa época era un pendejo, pesaba 50 kilos y tenía un buen estado. Cuando vi que el referí levantó la mano, pasé los pies por el alambre, flexioné y ¡tac! Caí paradito. Pero seguían jugando, el italiano (Sergio) Gonella en realidad había adicionado un par de minutos. Entonces caminé despacito y me puse al lado del palo del Pato Fillol. Y cuando el juez sí dio el pitazo final salí corriendo en busca de alguien a quien abrazar. En un momento, vi que Tarantini se arrodilló como rezando, Fillol hizo lo mismo y se abrazaron. Y ahí me mandé", recuerda compenetrado, como si lo estuviera viviendo.

"Llegué corriendo, me frené delante de ellos y las mangas de mi buzo se fueron para adelante, como si los fuera a abrazar", completa el relato con emoción. Ricardo Alfieri, prestigioso fotógrafo de la revista El Gráfico, logró captar con su cámara ese momento sublime. Un par de días después el talentoso periodista Osvaldo Ardizzone le puso el título que la ayudó a convertirse en la mejor foto del Mundial 78 y en una imagen histórica del deporte argentino: "El abrazo del alma". 


"El abrazo del alma", quizás la foto más incónica de la historia del fútbol argentino


La foto, que ganó concursos en el país y en el exterior, decora una de las paredes de la casa que Víctor comparte con su esposa Gilda en el partido de Quilmes. "Con todo cariño le dedico a Víctor mi mejor foto del Mundial 78. Ricardo Alfieri", dice la dedicatoria del fotógrafo que dejó de existir en 1994. Esa imagen marcó la vida de ambos para siempre.

Volver a ser 
En la madrugada del 9 de setiembre de 1967 al pequeño Víctor le tuvieron que amputar los dos brazos. Era eso o la muerte. Así se lo plantearon a su mamá. "A mi vieja le dijeron si me quería vivo había que hacerlo. Y ella dijo que sí, por más que sea un pedazo de carne, es mi hijo. Y quiero que viva. Nosotros lo vamos a ayudar le contestó textual a los médicos", asegura. 

A la amputación de los miembros superiores había que sumarle graves consecuencias en las piernas. Por esas horas, había pocas posibilidades de que volviera a caminar. 

Ocho días después de haber sido fulminado por la descarga eléctrica, Víctor se despertó en la sala de terapia intensiva del Hospital de Quilmes. "No podía entender qué me había pasado. Entonces, le pregunté al médico: ¿para qué me deja vivir?. Y él me respondió: vos le tenés que devolver la vida a tu vieja. Entendí entonces que tenía que vivir, que lo tenía que superar. Esa fue la mejor ayuda psicológica que me podían dar", asegura. 

"Tuve que aprender a vivir de nuevo", cuenta Víctor para resumir el desafío que tuvo que enfrentar siendo un chiquilín. Pero había algo que quería mantener de su antigua vida, el fútbol. A la pelota se juega con los pies, y el demostraría con el paso del tiempo que sin brazos se puede ser un buen jugador. Aunque antes de llegar a esa etapa tuvo que superar una larga y compleja rehabilitación de sus miembros inferiores. 

Durante todo 1968, Víctor estuvo internado de lunes a viernes en el Servicio Nacional de Rehabilitación, donde hoy funciona el INCUCAI, en el barrio el Bajo Belgrano. Algo que lo mantenía con la guardia anímica alta en esa etapa era que el equipo profesional de River usaba las instalaciones del centro para entrenarse. "En esa época River no tenía la cancha auxiliar junto al Monumental, entonces iban a practicar ahí que les quedaba cerca", recuerda el protagonista del abrazo del alma. 

Así fue que Víctor, fanático de Boca desde la cuna, construyó una relación de amistad con varios integrantes del plantel millonario, entre ellos Pinino Más y el Negro Jota Jota López.


Victor en su casa, junto a las fotos que marcaron su vida, y que el fotógrafo Alfieri le regaló


A las canchas
En el verano de 1969, Víctor completó la rehabilitación, volvió a su casa y a la escuela. Por las tardes se prendía en los picados del barrio y le pintaba la cara a más de uno. Su habilidad para jugar al fútbol a pesar de no tener brazos generaba admiración. Un sábado por la mañana, participando de un torneo barrial para Unión Vecinal, deslumbró a José De Negri, un uruguayo que dirigía a Sportivo Victoria de Montevideo, club que había sido invitado a la competencia. 

"El uruguayo se me acercó, me felicitó por lo bien que jugaba, y me preguntó de qué equipo era. De Boca, le dije. Me preguntó entonces si quería ir a la cancha. Y después de pedirle permiso a mi papá -yo tenía 14 años-, al otro día me llevó a la Bombonera a ver Boca - Huracán. Fuimos a la platea, y al lado mío se sentó Oscar Ringo Bonavena, el boxeador que era fanático del Globo", cuenta Víctor. 

La experiencia lo maravilló y comenzó con la rutina que lo amigó definitivamente con su nueva vida. "Empecé a ir a la cancha a ver a Boca todos los domingos, y cuando jugaba de visitante en algún lugar que me quedaba muy lejos, me iba a ver a Racing o a Independiente, porque en tren llegaba enseguida a Avellaneda", explica. 

Con el paso de los partidos, Víctor fue subiendo la apuesta, ya no se conformaba con estar en la tribuna, quería acercarse más a los jugadores, poder pedir alguna camiseta, saber qué se sentía pisar el pasto. Entonces empezó a entrar a la cancha. Con una habilidad extraordinaria, el pibe saltaba los casi dos metros que medían los viejos fosos que separaban a los hinchas del césped. 

"De tanto ir a ver a Racing me hice amigo del Mono Rubén Guibaudo, el arquero suplente, que después me hacía entrar por el vestuario y me dejaba estar al lado del banco. Es más, hasta le pateaba en las entradas en calor. Eran otras épocas...", dice.

Gracias totales 
El domingo 22 de noviembre de 1970, Racing recibió a un River plagado de juveniles, entre ellos el debutante Eduardo Anzarda. También fue titular el Negro Juan José López, que pese a su juventud, era uno de los más experimentados que jugó ese clásico. Como ya era habitual, Víctor fue al vestuario y gracias a la gestión de Guibaudo, se paró al lado del banco de suplentes. 


El Pato Alarcón, el "descubridor" de la foto, junto al Chavo Anzarda


A los 11 minutos del segundo tiempo Anzarda convirtió el primero de los dos goles que hizo esa tarde. "Cuando vi que la pelota tocaba la red salí corriendo sin saber qué hacer, se me puso la vista en blanco, hasta que me paró Jota Jota López para abrazarme", recuerda el Chavo. A unos 30 metros de la acción, a Víctor también lo invadió la emoción y tuvo un impulso muy parecido al que lo llevó a entrar en la final con Holanda. Y salió disparado del banco a buscar a los futbolistas de River. No conocía a Anzarda, pero se puso feliz por el Negro López. 

"Me salió de adentro, lo quise ir a saludar. En ese momento no me importó ser de Boca, con el Negro tenía muy buena onda, lo conocía bastante de la época de mi rehabilitación y fui corriendo para donde estaba él festejando el gol. ¡Grande Negro!, le dije", relata Víctor sobre aquella celebración que tenía como motor el agradecimiento a alguien que lo había ayudado a atravesar días muy oscuros. 

Si algo le faltaba a la escena para meterse en la historia del fútbol argentino era la cámara de Ricardo Alfieri... En un verdadero presagio, tal como que ocurriría ocho años después en la cancha de River, el fotógrafo de El Gráfico captó el momento. "Es increíble... Podría decirse que ése fue el otro abrazo del alma", indica Víctor con toda la razón. 


Ricardo Alfieri, autor de ambas fotos y una eminencia del rubro


La presencia de Víctor en la foto del festejo de River pasó inadvertida, incluso hasta un par de años después de la célebre imagen junto a Fillol y Tarantini. Fue un redactor de El Gráfico que la encontró en el archivo y la asoció con la del festejo mundialista. Alfieri no la recordaba. Tras el hallazgo, la revista publicó un nota en su edición del 5 de agosto de 1980 titulada "La foto que nació dos veces". Hoy la imagen del Negro López, Anzarda y Víctor comparte el living del matrimonio Dell Aquila.

Un elegido 
"Uno está tocado por la varita mágica. Yo lo siento así", explica Víctor al mirar hacia atrás y repasar sus seis décadas. "El fútbol me ayudó para escapar del problema. Yo no caí en la droga ni en la bebida, pero siempre tenía que jugar al fútbol y los fines de semana ir a la cancha", agrega este quilmeño que aprendió a vivir con su discapacidad y hace cosas que resulta difícil imaginarlas en una persona que no tiene brazos. Porque ésa falta la suplió con una técnica en la que combina la cabeza, los hombros y los pies y así pudo estudiar dibujo, ser campeón de pool, jugar al ping pong, manejar una camioneta de reparto de verduras de la década del 70 y, obvio, jugar al fútbol. 


Victor junto a los campeones del ´78


"Mi familia me dio educación, me alimentó, me vistió, me formó, me inculcó valores, y el fútbol me devolvió la vida en otro sentido: me llenó de satisfacciones. Entrar a la cancha para pedir una foto, una camiseta, un autógrafo, para mí era muy especial porque los jugadores me hacían sentir uno más. Y pude tener una linda amistad con muchos", comenta. 

Camisetas de varios clubes firmadas por sus dueños y fotos con ídolos de todos los tiempos de Boca, como la que se sacó con Diego Maradona, conviven en la casita de Solano. En ésa que heredó de su viejo y donde crió a Mariano y a Víctor, los dos hijos que tuvo con su querida Gilda. 

El disfrute de la cancha también era el premio por haber trabajo toda la semana. Porque Víctor hizo de todo, tuvo verdulería, fue empleado en una empresa de colectivos y vendedor de lo que sea. Con el ingreso de su laburo más una pensión de 4100 pesos que cobra desde mediados de los 90, Víctor se las rebusca para tener un presente digno. 


Victor en Río de Janeiro, durante el Mundial


Hace tres años, la foto junto a Fillol y Tarantini, le dio otra satisfacción. A partir de esa imagen, Coca Cola hizo una gran campaña publicitaria previa al mundial de Brasil. Además de reencontrarse con los otros dos protagonistas de la imagen, Víctor fue invitado a la Copa del Mundo. "Fue un sueño cumplido. Siempre dije que me faltaba ir a un mundial. Y lo conseguí", dice. 

Esa frase fue la última de una charla sin desperdicio. Ahora cualquiera puede entender aquel "toqué el cielo con la manos" del inicio. La vida de Víctor está llena de hechos que parecen imposibles.