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Carta de Lectores

Crónicas de la calle

Los chicos a través de sus juegos

11|12|17 18:54 hs.

Escribe Ernesto Martinchuk

En las sociedades pretecnológicas, los padres o los propios chicos, eran los encargados de fabricar sus propios juegos. Estos juegos ancestrales fueron los mejores trasmisores de tradiciones, costumbres, valores y códigos de la comunidad. De esta manera los chicos se ataban al pasado del grupo y aprender tempranamente a integrarse a él. 

Precisamente, en el libro “Juegos inocentes, juegos terribles” escrito por Graciela Scheines, en 1998, (Eudeba) destaca que Jean Giraudoux, opinaba que “en Europa moderna los juegos y los juguetes infantiles constituyen residuos de la historia, testimonios de las instituciones y ocupaciones adultas en desuso, supervivencia de actividades decadentes. A través de los juegos actuales se puede conocer la historia de los utensilios. Las armas en desuso se convierten en juguetes: el arco, la cerbatana, el escudo, la espada. Los juegos de perseguidor-perseguido, reviven antiguas situaciones de caza. En las rondas y canciones sobreviven remotos encantamientos y romances medievales. Comportamientos que forman parte de instituciones fundamentales, laicas o sacras devienen en juegos”. 

En los Estados Unidos, en cambio, la identificación cultural no se relaciona con el pasado, sino con el futuro. En el país del Norte, el futuro es la medida de todas las cosas. “Desde su nacimiento, los norteamericanos han sido un pueblo lanzado al futuro. Toda su prodigiosa carrera histórica puede verse como un incesante galope hacia una tierra prometida: el reino (o la república) del futuro”, escribió Octavio Paz en “Tiempo nublado”, 1983. Y agrega que, a la inversa de los ingleses, los japoneses, alemanes o chinos, mexicanos o portugueses, no son los hijos sino el comienzo de una tradición. “No continúan un pasado. Inauguran un tiempo nuevo. El acto (o acta) de fundación –anulación del pasado y comienzo de algo distinto- se repite sin cesar en toda la historia: cada uno de sus episodios se define, no frente al pasado, sino ante el futuro”. 

De esta forma, así como los juegos que juegan los niños norteamericanos, en vez de repetir la tradición, son espejo de lo que vendrá. Los juegos electrónicos, los de computadoras, los sofisticados juegos de mesa que anticipan situaciones de riesgo empresarial, bélico, económico, social, son formas de la prospectiva, modelos de hipotéticas –y probables- situaciones futuras, funcionan como simulacro de lo que nos espera en el fondo de los tiempos. De ahí la moderna teoría de los juegos, donde se calculan funciones de utilidad y se aplica el cálculo matemático. 

¿Qué pasa en la Argentina? Se pregunta la autora. Aquí ni el pasado ni el futuro constituyen patrones de identidad cultural. La historia nacional se vive como fragmentaria y conflictiva: es nuestra asignatura pendiente. En cuanto al futuro –observa Scheines- es para nosotros una incógnita. Y agrega: Vivimos desosegados entre la nebulosa del pasado y las brumas del porvenir; islas inhóspitas entre nadas, presente inseguro. 

La inestabilidad perpetua, la provisionalidad como estudio permanente, la imposibilidad de prever o de anticipar lo que vendrá (el futuro más o menos inmediato), convierten el presente argentino, ya por los años treinta, en una isla azotada por vientos desconocidos, arrasada por cambios inesperados.  

Los juegos que reflejan esa realidad, los que nos identifican, -continúa Scheines- son los de apostar, los juegos con el azar (destino sobredimensionado, acción minimizada): prode, quiniela, lotería, ruleta, póker, truco, carrera de caballos. Y los juguetes que simbolizan la suerte inconstante, la alternancia de buenas y malas rachas. El nuestro es un país de apostadores. 

Los juegos de apostar nos vienen de herencia. Conquistadores y colonizadores españoles introdujeron las barajas, los dados, las carreras de caballos y otros. Los indígenas de estas latitudes también eran aficionados a las apuestas. 

El tango, que es espejo en el que los argentinos podemos vernos porque refleja con fidelidad quiénes somos, como pensamos, cuál es nuestra postura existencial en el mundo, es testimonio de esa verdad, dice Scheines, y agrega: “Las letras de tango están plagadas de barriletes, muñecas, calesitas, trompos, tabas, imágenes de carnavales de barrio y club social y deportivo, de jugadores que juegan y se juegan, de metáforas lúdicas que evocan la vereda de la infancia y que parecen incompatibles con la patética figura del hombre de tango que está solo y espera sentado ante la mesa de un bar. O aquella otra, no menos patética del varón acodado en el estaño, ahogando las penas en el alcohol”.

Estos juegos y juguetes refuerzan (y no contradicen) el mensaje de frustración y nostalgia, de inseguridad e impotencia frente al destino, de las dolidas letras de tango.  

El tiempo de jugarse no es un tiempo ahistórico como el de los juegos, -sostiene la autora- al contrario, implica una aceleración. Cada segundo es decisivo, los actos se precipitan a un resultado, todo apunta vertiginosamente hacia un final deseado o temido. Los juegos de jugarse, más que a la vida, dan sentido a la propia muerte. 

Si los juegos cotidianos son ardiles de la vida para olvidarse de la muerte, jugarse en el tango –sostiene Sheines- es un juego con la muerte, entraña el oscuro deseo de tocarla, la siniestra paradoja vivirla. ¿No somos, acaso, como bien nos definió Discépolo, los sabihondos y suicidas? 

Los juegos que jugamos simbolizan la tarea de Sísifo -conocido por su castigo: empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que, antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez el frustrante proceso- que emprendemos cada día de nuestras existencias, y a la vez construyen atajos, desvíos del penoso camino de destrucciones y construcciones que reiniciamos una y otra vez. 

Basta creer en los dioses para que los dioses se manifiesten. Jugar nos hace libres…