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Carta de Lectores

Temas de mujeres, secretos de amigas

Melinda, la Habana (II)

25|03|18 20:36 hs.

Por Raquel Poblet


En la entrega anterior, conté la experiencia de mi querida amiga Melinda en Cuba con su pareja de toda la vida, el buen mozón Sebastián. Narré primero, y de forma muy sintética, su recorrido turístico por La Habana, por otras ciudades de la isla, por monumentos y museos. 

Pero el punto central de aquel relato fue la minuciosa revisión a la que tuvo que someterse en el aeropuerto José Martí. Que no fue tan minuciosa ni tan grave, según la visión de Sebastián, pero que dejó en ella densos pensamientos de los que no se puede liberar y de los que me ocuparé en este relato. 

¿Por qué la funcionaria, joven, bella, al decir de mi amiga, la hubo señalado a ella? ¿Fue esa funcionaria o la petisita del principio? ¿O habría sido el canita joven, estilizado, luego de haberla monitoreado desde alguna oficina oculta? ¿Es verdad que todo se vigila en Cuba? 

Melinda se persiguió, se obsesionó y empezó a recordar cada uno de sus pasos y conversaciones con la poca gente con la que pudo hablar en los once días vacacionales. 

¿La habrían oído hablar y opinar con el primer taxista que los acompañó y los guió? ¿Habrían oído la larga conversación que mantuvieron durante los trescientos sesenta kilómetros que van dese la capital a la pintoresca ciudad de Trinidad? 

¿La escucharon cuando, en el opulento salón comedor del hotel, luego de abrirse paso entre la multitud de turistas, logró llegar a la máquina del café, quiso bajar la palanquita y apareció una camarera muy simpática, con voz fuerte: “a ver, mi niña, que yo la ayudo”, y, con una sonrisa muy cálida y expansiva, manejó muy diestra la máquina de fabricación rusa, llenó la taza, bajó la cabeza, bajó mucho la voz y dijo: “ay, mi niña, no sabe usted lo cansada que estoy”. 


El aeropuerto José Martí


Melinda sintió una corriente extraña. Como si hubiera habido una amistad íntima, con alguna tensión, con un secreto hondo. 

“Ay, sí, estoy muerta,-continuó a media voz. “No puedo más”.

- ¿Cuántas horas trabajás? 

- Estoy desde las cuatro de la mañana y me voy también a las cuatro. 

- No puede ser. ¿Y cuánto te pagan? 

La camarera bajó la voz. Se acercó a mi amiga, bajó más la cabeza. Era una mulata menuda con el pelo rubio de rulitos. 

- La empresa me liquida un sueldo de trescientos sesenta dólares. De eso, el Estado me entrega trece c.u.c. 

- ¡Ay!- Meli la quiso abrazar 

- No, No - reaccionó ella con la voz bajita,- vaya.- 

Se irguió, subió la voz y sacando su sonrisa cálida, expansiva, agregó- el azúcar está en las mesas. Le llevo yo el café.  

Se abrieron paso entre la multitud hasta la mesa en donde la esperaba Sebastián con frutas, unos fiambres, dulces panes. Meli echó un vistazo a todo el lugar. 

El paso de los camareros era distinto, más ágil. Ellos sabían penetrar el tumulto y trazar un laberinto entre las mesas. Ellos y sus trece cuc mensuales. O diecisiete, para los más afortunados. ¿Habrían oído los funcionarios estos pensamientos? ¿Habrían escuchado la conversación y toda la opinión vertida al taxista? Luego de tres días en La Habana decidieron ir a conocer ciudades del interior. 

En la puerta del gran hotelazo había taxis que, ya sabemos, eran Chevrolet, o Buick o Volkswagen de los años cincuenta o sesenta o setentas. 

Sebastián arregló con el chofer de un Lada rosa y emprendieron camino a Trinidad. Ella admiraba el camino verde y se preguntaba por dónde la atrapaba el efecto incantatorio. 

Atravesando el barrio Miramar estaba la embajada rusa, que era un edificio angosto gris muy feo, y que, mágicamente, estaba rodeado de verde. Se preguntaron con Sebas ¿Qué era lo que los fascinaba? 

Entraron en la ruta. Quizá el encantamiento fuera por esa sensación de volver a los tiempos pasados. De golpe Melinda dijo en voz alta: 

- Ya sé. Es que acá no hay marketing. No hay carteles de publicidad y la mente vagabundea. 

- Claro,- dijo Sebastián,- no hay marketing. No hay publicidad. -

Ah, sí.- y quedaron los tres en silencio.  

Atravesaron casi dos kilómetros sin hablar. Los paró la policía. El taxista, muy conocedor del oficio, sacó sus papeles, salió del auto, habló con el cana, este se fue con los documentos a una especie de garita, volvió, miró hacia adentro del auto, observó a los turistas, siguió revisando papeles y se alejó. Habló con el pobre chofer, que estaba tenso pero acostumbrado. Mis amigos también estaban tensos. Fue de vuelta hacia la garita. Meli le dijo a Sebas:

- Pobre hombre. Con lo que le debe costar mantener este coche… 

- Sí, - agregó Sebas

- Me contaron que le pagan al Estado seiscientos cuc por mes, que es como seiscientos dólares. Y tiene seiscientos más de arreglos y otros papeleos. 

- ¡Una fortuna! Se asombró Melinda. 

El taxista volvió. Se sentó y siguieron. Era extraño que el hombre no hablara. Todos los cubanos charlaban, contaban sus vidas, escuchaban las otras. Pero este trabajaba mudo. Hicieron una curva cerrada, sin autos cerca. El campo, todo para ellos. De pronto, sin sacar la vista del frente el taxista dijo:

- Yendo para allá, pasando todo ese marabú, por allí, me escapé yo. 

- ¿Cómo? –se asombraron los dos.

- Si, por ahí. Nos iba a venir a buscar una lancha blanca. Así nos habían dicho. Una que venía de Estados Unidos. Era un tío mío lejano el que nos iba a recoger. 

- ¿Estabas solo?- preguntó Melinda. 

- Sí. Fui solo, pero éramos como veinte personas, creo. Yo no conocía a nadie. ¿A ustedes les gusta la revolución, el Che, todo eso? 

- Y… sip… Meli y Sebas ahora suponían que podría ser insultante emitir alguna opinión.  

Ellos, tan triviales, Sebastián, un periodista argentino, informado, leído, Melinda, menos. La revolución había sido el tema de su infancia y el gran tabú de la adolescencia. Ellos, que la veían por TV y la tenían en posters, en videos, y en libros también.

- Contanos, si nos podés contar… 

- ¡Pero claro! Había mujeres con chicos. Estábamos entre los matos, todos agachados. Casi que nos estábamos subiendo y apareció la policía y se los llevó a todos. 

- ¿Y a vos? 

- Me escapé. Me fui casi arrastrando y no me cogieron. 

- ¿Los cantaron? –preguntó Sebastián 

- Sí. Fue el custodio del hotel de esa plaza, que no sé cómo nos vio. 

- Lo habrán agarrado a trompadas. 

- No. Qué me importa. Me arrastré por las matas, crucé corriendo, agachado la carretera. Me encontré con otro igual que yo y estuvimos dos días escondidos. Ya sabíamos comer raíces. Después nunca me encontraron. 

- ¿Y a tu amigo?- preguntó Meli. 

- Ah, no sé. Después no lo ví más. Es que nos convertimos en animales, - y se rió un poco-. No, ni sé cómo se llama. 

- ¿Cuándo fue? 

- En el ‘95. Se llevaron a todos y quedaron presos. A las mujeres también. Vi todo de lejos, cuando los cargaban en la patrulla. Bueh, siempre es así. 

- ¿Y no averiguaste qué pasó con los demás?- ingenua Melinda. 

- Pero , no. Tampoco entiendo cómo no me vinieron a buscar. Yo volví a casa, con mi mujer y mi nena, que ahora es grande. Y nada. Porque acá no es como en Estados Unidos, que te puede agarrar un policía y matarte en el acto. No. Acá no te dicen nada, pero te van a buscar a tu casa porque saben quién sos y donde vives. Y te meten preso. A veces te meten preso antes. 

- ¿Antes de qué? 

- Antes de que hagas algo malo. 

Se produjo un silencio.

- ¡Es que la política es toda una mierda! 

– Empezó a gritar el hombre en medio de la ruta solitaria.

- ¡Sí, y los políticos son una mierda! ¡Son todos iguales! 

- ¿Cómo votan ustedes? 

- Nosotros votamos en el CDR a un delegado. Ellos votan a otro delegado y después estos votan al presidente. Se votan siempre al mismo. 

- ¡Es que no!- Melisa reaccionó.

- No, justamente, acá lo que falta es política. Falta hacer política, falta discusión, que ustedes tengan más contacto con el poder, falta exponer, debatir. Tienen que encontrarse, discutir con los candidatos. 

- Mira, chica, no sé. Yo, en cuanto pueda, de este país me salto. Sí, me salto. Aunque sea a Haití. Sí, hasta a Haití me saltaría. 

Hubo otro silencio. Faltaba poco para llegar. El hombre otra vez, lo rompió. Preguntó:

- Y, ¿Qué es “publicidad”?


Cuc


Al recordar esto, Melinda empezó a reflexionar torpemente y a obsesionarse- “¿Me merecí esa revisación por frívola, por ser una chica fashion? ¿Habría cámaras penetrantes que llegarían adentro de los coches, adentro de las habitaciones? ¿Habrían visto cuando le regalé mi camisón rojo a la mucama de Varadero? Se llamaba Lisoley y me dejaba notitas con buenos deseos. Hacía animalitos con las toallas. Llegaba a la habitación y había dos cisnes, o gacelas, o palomas. 

Un día me vió recién levantada y suspiró. Empecé a regalarle los jaboncitos, mi camisón rojo, como dije, le di mi shampoo, todo por lo bajo. Ella me mostró un bolsillo de su guardapolvo, sin decirme nada, y yo comprendí. ¿Me habrían visto?”

-Ay, no seas tonta. – Insistió Sebastián. Fue una casualidad. Nadie te espió, Meli. Te eligieron a dedo. 

- ¿Y cuando protesté en el hotel porque ponían esa musicacha podrida en la playa? Era horrible ese reggaetón. Les dije que era contaminación sonora con retumbón, justamente, en el país de la música. Y, encima todo el tiempo cantando y oyendo el maldito “despacito…”. 

- Vos hablás mucho, Meli, hablás de política hasta en los aeropuertos. Te calentás y te exponés con cualquiera. Decís lo que pensás… pero no te preocupes. Lo del aeropuerto no fue por eso. Fue porque sí. 

- ¿O, no habrá sido porque en el banco, te acordás, cuando fuimos a cambiar dólares por cuc, que nos hacían pasar de a uno y yo me tenía que quedar sentada, y que te fui a decir una cosa a la ventanilla, que era un mostrador, y me hicieron sentar como en la escuela? 

- No, mi amor, por eso no fue. 

- ¿O porque le pregunté a la chica intelectual de la feria de libros por qué se había caído la avioneta de Camilo y ella no sabía porque no se sabe? 

- No, olvidateeee… 

- Sí, los comunistas leen el pensamiento. Stalin lo veía todo, sabía cada paso. Capaz que hasta me vieron el sentimiento de culpa cuando no tenía propina para darle a la guía del museo islámico que me pidió si yo no tenía, por lo menos algún presentico, y sólo pude darle una pastilla de miel que me agradeció como si fueran de oro. Llevo la culpa por no haberle dado algo más y también a los otros taxistas. Siempre nos sentimos en deuda con los cubanos. ¿será por eso que me revisaron? 

- Ay, no, Melinda, basta. 

- Basta, nada. Ay, Cuba, en mis sueños te colmo, en mis sueños te colmo, de bendiciones!