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MELINA LOPEZ DE IPIÑA

“Las letras son mi mundo, mi lugar, mi espacio”

15|04|18 19:14 hs.

Tiene 27 años y hace poco tiempo regresó a Tres Arroyos. Melina López de Ipiña está dispuesta a hacer, tiene muchas inquietudes y considera que en su ciudad hay un potencial enorme.


Tras finalizar los estudios secundarios en la Escuela Media 1 (realizó la Primaria en la Escuela 8), se radicó en Bahía Blanca y luego en Mar del Plata. Cursó durante pocos meses Psicopedagogía, es profesora en Educación Especial y realizó tres años de la carrera de Literatura y Letras. Las experiencias le dejaron muy en claro que las letras la movilizan, “es algo que traía desde las raíces”. 

Melina está en pareja con Francisco y la vida les dio el hermoso regalo de ser papás de la pequeña Federica. 

Su padre es Juan Francisco y sus dos hermanos mayores son Juan Cruz y Facundo. La familia también la integran los tres sobrinos: Astor y Clara, nacida en forma reciente (hijos de Juan Cruz); y Alma (hija de Facundo), así como las cuñadas; la abuela paterna Adelina; los abuelos maternos Beba y Manuel; los tíos y primos, entre otros.

La vocación
 Describe los recuerdos de la infancia y cuenta que “siempre seguí los pasos de mi vieja, que era docente de magisterio. Iba a verla dar clases”. Era adolescente, tenía 15 años, cuando su mamá Marcela decidió dejar este mundo. Todo se hizo muy duro, difícil.   

En Bahía Blanca, por la mañana cursó Psicopedagía en el Instituto Juan XXIII y en horas de la tarde, concurría como oyente a Letras en la Universidad Nacional del Sur. Un día viajó hacia Tres Arroyos y le dijo a su padre que quería estudiar Letras y se anotó en tres materias para la segunda parte del año; “cuál de todas más lindas”, indica.

Su hermano Juan Cruz consiguió trabajo en el Hotel Elegance de Mar del Plata y Melina decidió continuar la carrera en la Universidad Nacional de la mencionada ciudad. “Durante tres años hice Literatura y Letras; en octubre del primer año en que viví en Mar del Plata conocí a Fran, mi pareja, mi compañero, el papá de mi hija”, relata. 

El camino de búsqueda personal fue “bastante sinuoso –observa-. Con un montón de cosas no muy lindas, raras, encontrándome y desencontrándome todo el tiempo”. Es así que en 2014 sufrió ataques de pánico, con “una confusión grande. Saber que la literatura era mi vida, pero no saber de qué forma llevarla para que no sea una peso para mí familia o para mí”.

Dice que en tales circunstancias “decidí con todo el dolor del alma dejar la carrera. Fran dejó contador. Me anoté en el profesorado de Educación Especial, en Mar del Plata, y lo completé. Conocí gente hermosa, fui mejor promedio, profesores espectaculares. Pero no terminaba de encajar”.

En primer año de Educación Especial nació una amistad con la profesora de Prácticas del Lenguaje, Romina Sonzini. “Me nombró en la ONG Jitanjáfora, que es donde trabajo actualmente”, afirma y en este sentido, explica que “voy y vengo. Hace muy poquito que estoy en Tres Arroyos, adaptándome. Con la intención de expandirme”.

Otra profesora, Mariana Castro, la invitó a un proyecto relacionado con las bibliotecas. “Ella es fotógrafa y también trabaja en la ONG. Me presentaron como socia, empecé tímida”, comenta. Por entonces, trabajó en el Colegio Alito, en la sede ubicada en el Barrio El Sosiego. 

Pero su pensamiento y las ganas “siempre iban para el lado de las letras. Me di cuenta que tenía que encarar por lo que yo quería, darle para adelante, sin más vueltas”. 


 Lo simple 
Habla del regreso a su ciudad. Y tararea parte de “Las Simples Cosas”, canción escrita por Armando Tejada Gómez, con música de César Isella: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. 

Hace referencia a LA VOZ DEL PUEBLO, al suplemento Sociedad y reflexiona sobre una nota que está referida al muy buen desempeño de un o una tresarroyense en la capital federal. No importa el caso. Plantea la situación de tantos y tantos jóvenes que permanecen en la ciudad: “No es que si no me voy, no crezco, mentira. El crecimiento está en uno, en querer avanzar, en derribar algunas cosas. No es el mismo Tres Arroyos que hace diez años atrás, bajo ningún punto de vista”. 

Se inscribió en el Profesorado de Lengua y Literatura en el Instituto Superior 33, porque necesita el título para trabajar. “En el edificio de la Escuela 1, mi vieja dio clases ahí –señala-. Cuando llegué al Instituto dije ‘¡mirá la cantidad de pibes que hay, las carreras y profesionales que tenemos! Me quedé helada”.

Enumera, con entusiasmo, que en la ciudad “hay gente que diseña, una chica que hace bordado mexicano hermoso, ingenieros agrónomos y tantos otros profesionales, muchísima juventud que volvió ¿Qué lugar le damos en los medios? También es necesario que la Casa de la Cultura nos brinde un espacio. Volvimos porque amamos Tres Arroyos”.

Admite que “siempre fui media rebelde” y dice con énfasis que “está bueno generar actividades culturales, empezar a mover y que los medios se tienen que poner la camiseta en algunas cosas. Hay gente dispuesta, que tiene ganas”.

Retoma la enumeración y puntualiza que “mi marido hace cerveza artesanal, conozco gente que aprendió a bordar, amigas que estudiaron pediatría, terapistas ocupacionales, arquitectos…”.

Firme y convencida, manifesta que “vivimos hablando de Tres Arroyos y ¿qué hacemos? ¿nos quedamos en la vereda de enfrente esperando? Es la tierra de uno”.

Nombra a “Gonzalo Duport, Mariel Santiago, Federico Barroso Lelouche”. Se detiene, porque sabe que la lista es más extensa. “No puedo incluir a todos, pero han decidido otra forma de vida y la desarrollan acá”, agrega.

Relata que “fui a la Escuela de Estética, hablé con Berta Villanueva, tengo ganas de ir a la Casa de la Cultura. Dejé currículums en las bibliotecas. Voy de a poco, porque primero tengo que estar bien yo”.

El camino recorrido, en distintas etapas y edades, muchas veces no suele ser el esperado. Pero no es en vano. “Mi viejo me ha dicho valorá lo de uno, tu tierra, el almuerzo con un abuelo. Y sí, pero para valorar todo eso uno tiene que pasar por otras cosas. Quiero recuperar mi raíz”, concluye.


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Como otra mamá

 Melina tuvo el privilegio de conocer a la notable escritora Liliana Bodoc, quien falleció en febrero pasado. “Una mujer increíble”, destaca. 

Fue una referente de la literatura infanto-juvenil, que recibió muchos premios y cuyos libros se tradujeron a varios idiomas. Los tresarroyenses la conocen a través de su obra, pero también muchos chicos y también adultos pudieron observarla y escucharla en 2016 en la feria de libros del Colegio Holandés “Erase una vez…”.


Liliana Bodoc


“Ella es como otra mamá –afirma-. La hablo en presente porque para mí no murió y está”.

Se encuentra escribiendo un libro relacionado con la vida de Bodoc y de su mamá Marcela, al que define como “bastante complejo”. Toma una frase de la escritora y la comparte: “Liliana Bodoc decía algo muy lindo. En la acción está la bendición”.