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Orlando Pérez y el recuerdo de un ser humano de gran corazón

13|05|18 18:41 hs.

No es común que en un partido de la ATB se realice un minuto de silencio antes del salto inicial. En la fecha del viernes pasado, el básquet tresarroyense le rindió homenaje a una persona distinta, a alguien que dejó una huella en este deporte, a un ser humano que con su personalidad de bien escribió momentos inolvidables y cultivó la enseñanza en un gran número de deportistas. 


La vida terrenal le dijo adiós a Orlando Pérez, pero su legado quedará grabado en los libros en una tinta viva, que perdurará por siempre. Nacido en Lanús, pero tresarroyense por adopción, Orlando Pérez falleció el pasado martes 8 en nuestra ciudad después de luchar con profundos problemas de salud. 

Tenía 77 años y una larga vida donde la amistad, su pasión por enseñar básquet, el apego a la lectura, el amor por su familia y por su amada esposa Carmen Méndez, y una constante comunión con los hechos puros y sanos, fueron su constante compañía. La vida le marcó los caminos para que Tres Arroyos fuera su “lugar en el mundo”. 

En Lanús literalmente se crió junto a Daniel Pícaro, con quien compartió, entre muchas cosas, un lugar en los equipos de Gimnasia y Esgrima de la mencionada ciudad. 


Huracán campeón del Apertura de 1982 que dirigiera Orlando Pérez e integraban J. Menna, M. Locatelli, C.Corenjo, R. Fichman. J. Romagnoli (parados); V. Corrales, M.Barbafina, M.Fiora, L.Elichiry y J. Tempone (agachados).


La capacidad de ambos los llevó a vivir un hecho poco habitual como fue jugar la final de un torneo metropolitano en el mismísimo Luna Park, ante San Lorenzo y en Primera, contando ambos con sólo 15 años. 

El match fue con derrota, pero el valor y el recuerdo fueron inmensos. El paso del tiempo y sus actividades hizo que los “hermanos de la vida” se separaran, pero sólo por un tiempo. Pícaro llegó a Huracán de Tres Arroyos traído por Roberto Bottino a jugar al fútbol; en tanto Pérez, quien llegó a jugar en la Primera del gran Lanús, era vendedor de cosméticos de la firma Helene Curtis y su zona de cobertura llegaba hasta Azul. 

Entonces, un corto viaje lo acercaba a su amigo; en esas estadías las instalaciones de Club de Pelota, donde Juanillo tenía su restaurante, era el lugar elegido para almorzar. 

Allí trabajaba como adicionista Carmen Méndez; entre charlas, comentarios literarios sobre “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez, entre otros, llevó al enamoramiento eterno de ambos. Entonces Pérez pasó a ser un tresarroyense más. En Juanillo, en el edificio de la Sociedad Italiana, tuvo una notoria trayectoria en el rubro gastronómico. Por lógica consecuencia, Huracán fue el club que lo adoptó. 

Con el Globito a la altura del corazón logró desplegar su capacidad como base, donde a partir de ser pensante y sereno, con un gran tiro de larga distancia, se ganó un lugar. Transcurrido su paso como jugador, el salto a entrenador era algo esperado y hasta obvio. 

 Estudioso del deporte, Pérez no dudaba viajar a Buenos Aires para presenciar algún curso o charla de un entrenador famoso o conocido. En su “diccionario”, el término de “defender los valores de la vida” se repetía. A veces se convertía en una persona de voz dura y directa para marcarle a los chicos algún error, pero no por caprichoso, lo hacía porque intentaba educarlos, dejarles una enseñanza de vida.

Por sus manos pasaron muchos chicos y en Huracán, donde consiguió varios títulos en la división superior, su trabajo con los menores es inolvidable. 

Ejemplos de esos aportes sobran; tras su fallecimiento hubo algunos que mencionaron aportes humanos que les dejó Pérez, otros aseguraron que “él me sacó de la calle, me introdujo en el básquet y mi vida cambió”. 

Esta enseñanza le permitía a Pérez entregarse a sus dirigidos, ofrecía su vocación a los chicos; entonces no es casualidad que haya tenido tanta participación como DT de los seleccionados locales en categorías menores. 

Como también lo fue en los mayores. Sus principios lo llevaban a ser una persona tranquila, trabajadora, de perfil bajo y de gestos medidos. Entendía que el básquet era sólo un juego, que lo importante era competir y ganar, una consecuencia. Con su perfil de “intelectual” y pensante, Orlando Pérez marcó a fuego su nombre en otros lares. 

Porque hablar en Independiente de San Cayetano de él es referirse a un visionario, al “maestro”; en esa ciudad se lo idolatra como a pocos. También fue importantísimo en el ingreso de Argentino Junior a la ATB; su relación laboral con César Goizueta hizo posible que en esos primeros años del Bichito lo tuvieran como el guía y conductor.

El dolor por su pérdida caló profundamente en sus seres queridos y en el básquet local en general, pero el camino que transitó y todo lo que dejó a su paso perdurarán en el tiempo. 

Como sucede con una persona distinta, con un ser humano de gran corazón, como lo fue Orlando Pérez.