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Interés General

Por Juan Francisco Risso

Cocó

24|09|17 10:39 hs.

El soplo de la muerte ya había pasado por mi casa. Petaca, bretón de pura cepa, hijo de mi fiel Chapita, entregó su alma al creador en esta casa.


Tras un montón de signos y síntomas -sagazmente interpretados por el veterinario- se le diagnosticó algo malo en su hígado. Tan malo, tan ominoso era el diagnóstico, que regresó a casa ya imaginan a qué. Regresó derrumbado dentro de un canil, que las niñas depositaron, no sin esfuerzo, en el comedor. Abrieron la portezuela, gesto que quizá Petaca haya apreciado interiormente. En la práctica... ni se movió.

Quizá animado por el ambiente familiar (que a veces también derrumba a un sujeto) más tarde Petaca se arrastró fuera del canil. Ahora creo que Petaca sabía lo que se esperaba de él. Tras su salida del canil, reptó hacia el living, y logró quedar en el lugar dónde siempre se echaba, maravillando a las niñas, testigos conscientes de un episodio único y trascendente. Allí puso los ojos en blanco y exhaló un suspiro que todos escucharon. Y que vino a ser su último suspiro. Que al parecer existe, más allá de lo literario. 

Pensamos que fue su último suspiro, porque de allí en más no hizo nada. Nada en absoluto. Ni siquiera se resistió a ser introducido en un hoyo que me obligaron a cavar, y la tierra que devolví al hoyo lo cegó y lo cubrió sin un movimiento de su parte. Allí me convencí de que estábamos en presencia de la famosa muerte, que -como alguien dijera- te libera de la vista, del olfato, del tacto y del oído. Y del gusto, perdón. 

Allí mismo planté también una cruz de palo, que mis familiares quitaron y me arrojaron por la cabeza por tomarlo como una irreverencia a un ser querido; estuvo entre nosotros unos ocho años. Su padre, El Chapita, vivió el doble y cazaba maravillosamente. En el campo, Petaca era medio nabo: se iba de mano, atropellaba a las perdices y cosas que he olvidado. Pero era dócil y camarada como todo bretón. A modo de losa mortuoria, sobre su fosa coloqué una antigua pileta de lavar en desuso, en forma invertida. Algo simbólico, pues no vendrán peludos ni zorros a cavar por sus despojos. Mucho menos coyotes, que ni siquiera pertenecen a este hemisferio.

Ahora les contaré la historia de Cocó, ejemplar aviar que apareció en los portales de mi casa. Un ave sin dueño, desarrollada pero, a ojos vista, juvenil. Indiqué que abrieran el portón y lo arreé hacia adentro, con la más santa intención de comerlo en cualquiera de las formas en que es dable preparar este difundido plato. En la práctica manifesté que no podíamos dejarlo en la calle, por cuestiones elementales de humanidad. Pero la circunstancia de comer una presa no adquirida en un supermercado ejercía en mí su encanto. He sido cazador. O, al menos, he cazado. 

Alguien mencionó que podría poner huevos, proyecto más sustentable que el mío, sin duda. Yo miraba con un ojo al ave, y con otro a mi amado cuchillo Victorinox encabado por Borda. Pensaba en una rápida ejecución de violín y en un plato bien presentado. Pero más allá de ello, desconfiaba -y con razón- del asunto de los huevos.

En efecto, tras dos o tres días, cantó como cantan los gallos, estentóreo sonido que desplazó el proyecto de recoger huevos... en menos que canta un gallo. Era un gallo. El único gallo capaz de poner huevos es aquel que genera al basilisco. Pero eso es mitología, más digna de la voz cascada del Dr. Abadi -el joven- que de mi descuidado jardín.

Como mascota resultó un animal estúpido e inexpresivo, que sólo pensaba en comer. Y como ya sabemos en qué se convierte la comida, sus frescos y recientes excrementos tapizaban no sólo la zona de la puerta de la cocina sino el propio interior de la casa, pues se aventuraba hasta el tarro de la basura, dejando las señales de su presencia.

Como fuese, gozaba del aprecio de mis familiares, pues la dinámica de grupo se daba así: elegían al gallo. De hecho, propuse que fuese llevado a un gallinero, donde -amén de alternar con sus congéneres-, podría "pisar". Es decir, apelé al instinto de reproducción de mis familiares, buscando que se condolieran de Cocó, virgen a la sazón. No tuve eco. Sólo saqué en limpio que las niñas aprendieran el ciclo reproductivo de las aves, pero el gallo allí continuó, comiendo y cagando.

Dormía en el eucaliptus del fondo, bastante arriba como toda gallinácea. Al parecer es instintivo. Por mi parte, seguí esquivando excrementos y cuidando el portón, pues mi conciencia me impedía permitir su escape y posterior arrollamiento por auto o camioneta. Es lamentable reconocerlo, pero era el único que se hacía mala sangre. Sacaba el auto con cuatro ojos.

Dijo Oscar Wilde que lo peor que puede sucedernos es que nuestros deseos se cumplan. Puedo jurar sobre la Biblia que jamás deseé que apareciese con un ala rota. Porque si de desear se trata, jamás quedo a medio camino. Siempre adjudiqué el estropicio a un gato.

Siguieron sin novedad los días de Cocó, como no sea que empezó a pisarse las plumas del ala rota al caminar. Luego le vi sangre.

El veterinario especialista en aves jamás vino, amén de aclararme que no tenía un alambre con forma de gancho en la punta, como usan en las chacras. Y el gallo Cocó seguía sangrando, y se pisaba las plumas.

De modo que llamé a un señor que vivió su vida en una chacra. Práctico, bondadoso y dispuesto, preparó su alambre cazador y vino. Engañé al gallo -mente inferior e instinto voraz- con unas simples migas de pan y en un tris estaba atrapado. Para mi sorpresa ni mosqueó. Se dejó atrapar. "A ver, tengameló", pidió el señor. Lo atrapé por ambas patas y le levantó el ala rota. Debajo era una masa sanguinolenta. El señor negó con la cabeza, diagnóstico clarísimo.

Por compromiso me dio algunas directivas, pero siempre con poco énfasis. La curación y los paliativos eran formulismos de mera cortesía. Los días de Cocó estaban contados.

Le pregunté si sería tan amable de -llegado el caso- degollarlo cristianamente. Hombre de pocas palabras sólo se encogió de hombros. Y luego enumeró las especies que había degollado en su vida de chacarero: lechones, corderos -pollos y gallinas, obviamente- y otras especies domésticas y aún silvestres.

Pero ya he hablado de la dinámica de grupo de mi sacrosanto hogar: me sacaron del culo. En vano argumenté sobre sufrimientos innecesarios y modos de evitarlos. Ellos eligieron al gallo, una vez más. Por esos días, Cocó ya no pernoctaba en las alturas del eucaliptus. Quizá allí recibió el daño, acaso usaba sus alas para pasar de una rama a otra y ganar altura. Como fuese, dormía sobre el borde de una Pelopincho, cerca de la casa ¡qué cuentas sacaría su cerebro de pollo! 

En setiembre de 2015 nevó en Tres Arroyos, Sudamérica. Como tengo algunos frutales, los azahares y la nieve formaron una combinación japonesa. Una maravilla, que se repite un par de veces por lustro.

Admiraba yo esa belleza, cuando alguien apartó los cortinados de una ventana trasera, y luego me avisó que me olvidara de las dificultades de Cocó. Blanco como era en vida, yacía sobre el piso nevado. Previo a entrar en sus exequias, debo recordarles que vivo frente al Gigante de Huracán, y que el día anterior se había desarrollado ese concurso de chillidos denominado Fiesta del Color. Ese día sólo quedaban grandes bolsas de basura en la vereda, como suele suceder. Negras, como las bolsas que nosotros utilizamos en casa. 

Pero ya les he dicho que en mi casa elegían al gallo. De modo que fui hacia el fondo con la pala, regresé con la pala y, en suma, fui visto por todos con ella en la mano. Pero nadie me vio cruzar la calle con una bolsa negra, que disimulé sobre otras bolsas igualmente negras, para regresar presto. Y con cara de yo no fui. Tampoco nadie se preguntó sobre su última morada.

La carroza de Cocó fue un gran camión de ruidoso motor y baliza sobre el techo. Su cortejo, ágiles muchachos que corrían a la par, gritándose indicaciones entre sí.

La historia de Cocó podrá no ser alegre, así contada. Comió, bebió y -eso sí- no conoció gallina. Que, digámoslo, hay algunas verdaderamente sexys. Esas coloradas, rellenitas y bien formadas

No sé si fue feliz sin conocer gallina, decía. Pero, amigos: si sobrevivir en un gallinero es parecido a sobrevivir en un grupo familiar... no sé. La ley del gallinero jamás me fue propicia: hasta un gallo atorrante, venido de quién sabe dónde, tenía más banca que yo. Que en paz descanse.

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