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Escribe Stella Maris Gil

Las farmacias

24|09|17 21:30 hs.

Adónde irían los dolientes antes de la existencia de las farmacias, a aliviar sus fiebres, las toses, mordidas de perros y tantos males. O las mamás angustiadas porque su nene se tragó una bolita o se puso un botón en la nariz o aquel muchacho que se accidentó en el trabajo... ¿Adonde acudían? Por supuesto a las boticas (del griego bodega). Allí se proveía todo lo necesario para la salud. El boticario, antecesor del farmacéutico, era consultado continuamente y preparaba cremas y ungüentos muy requeridos. Con el tiempo se exigió el título universitario y algunas boticas continuaron con ese nombre pero los remedios eran y son controlados por los profesionales egresados de las universidades.

En esos locales, antaño, se proveía entre otros, de aceites desagradables, como el de hígado de bacalao, que era de ingestión diaria casi todo el año, una tortura para los chicos, en lucha "feroz" con sus madres cuando le acercaban la cucharadita con la maloliente sustancia; ni que decir del aceite de ricino. La untura blanca se utilizaba para aplacar catarros, se untaba en el pecho y era dueña de un olor penetrante. Sobre estos temas supo decir Francisco de Quevedo "por el mal olor y el asco que provocan tales remedios, se huyen las enfermedades del cuerpo". Era común la cura, también, con antiguas recetas caseras. Con el tiempo fueron siendo suplantadas, aunque por lo bajo, casi en secreto, algún dependiente aconsejaba algo que no estaba en los vademécum. 


El farmacéutico en plena acción


Ir a la botica o a la farmacia de acuerdo a las épocas era el recurso más rápido para calmar dolores. Bien entrado el siglo XX, ya con profesionales universitarios, los remedios se vendían bajo receta expedida por médicos. A veces no residían en la región, y atendían en los hoteles donde pernoctaban. "Ahora todos son específicos de laboratorio con sus respectivas marcas", aunque, como he dicho algún remedio casero, por ahí se filtra; "una barrita de azufre que se frota para sacarse el dolor reumático", y tantas alquimias que perduran a través del tiempo, como también los yuyos medicinales que siempre estaban en las casas...¿y ahora? 

Hoy día poco queda de la rebótica, denominación que recibía la habitación que estaba detrás de la principal de la botica, donde se elaboraban los artículos sanadores. Era el corazón del negocio, "con sus tubos, probetas y pipetas, con el mechero siempre encendido y su delicadísima balanza y sus papelitos; con sus frascos de vidrio y de porcelana con impresionantes latines grabados, donde se guardaban las drogas rigurosamente, creaban en conjunto el singular clima, no exento de algo esotérico". Ahí adentro, sin que los clientes entraran. 


El mostrador que perteneció a la farmacia Casinghino (Colección Andrés Errea)


Hoy si prestamos atención, en los gruesos anaqueles de madera de las farmacias más antiguas están los grandes frascos de vidrio donde se colocaban las sustancias que luego conformarían algunos de los remedios.

Los descendientes
Martín, de la farmacia Cepeda, y Susana, de la farmacia Franco Argentina, descendientes de generaciones de farmacéuticos, ambos profesionales universitarios, corretearon de niños los locales donde trabajaban sus padres. Susana recuerda a su abuelo Alberto "en ese laboratorio de La Argentina. A mi me encantaba. Era una mesa muy grande, cuadrada y yo veía las balanzas, las cremas, todo se preparaba allí. En la Franco, que compró su papá a Elvira Falcione de Simonetti, estaban los frascos grandotes, hermosos, y me dijo papá, que Elvira se los iba a llevar para sus nietos". 


El fundador de la saga de los Cervini: Alberto Cervini


"Todo lo hacían en ese lugar, los veía haciendo las píldoras, las cápsulas de rápida acción...".

La Farmacia Argentina fue fundada en 1888, por don Jacinto R. Eliçagaray con domicilio en Colón 147. "En 1905 se comenzó a construir el edificio que sería el definitivo en Colón y la calle del Mercado de Abasto" (archivo Susana Cervini). Alberto Cervini, empleado de la firma, la compra, junto a Alberto Camarero en 1924 y allí siguió hasta que falleció en 1968. "La farmacia siguió bajo la conducción de sus hijos". Hoy, la Argentina funciona en la planta baja del moderno edificio Cervini, diseñado por el matrimonio Héctor Crubellati y Ligia Benedetti y construido por la empresa de José Zurita en la década del 70.

Martín Baquedano por su parte recuerda que "viví de niño todo esto de acá. En mi infancia las cajitas desechadas siempre se veían, me dejaban ver cómo hacían los preparados. Estudié para seguir un poco la tradición y mantener el comercio". Hoy, él y sus tres hermanos siguen el diario trabajo en esa esquina de avenida Rivadavia y San Lorenzo.

Los hermanos Baquedano son nietos de aquel Cruz, oriundo de Rojas, vecino de don Ernesto Sábato y su familia. Se había recibido en la Facultad de La Plata. Instaló la farmacia, la bautizó con su apellido, en Cascallares, "pueblo de calles de tierra donde había mucha vida". Estaba también la farmacia Perfumo. Después comenzó la construcción de la ruta y la gente que trabajaba en el asfaltado de ella se instaló temporariamente en el lugar y mandaba a sus hijos al colegio. Cuando se terminó la ruta, la gente empezó a irse para Tres Arroyos. Cruz vendió su negocio a Delma Esperanza Soldavini, esposa del médico del pueblo, y compró la Cepeda de Tres Arroyos. Señorial edificio de 117 años "iba desde IBTA hasta que terminaba donde está hoy Azconegui". Las aguas que llegaban a todas las casas provenían de la bomba que estaba en el sótano de la farmacia, todavía se conserva en el mismo lugar; "abastecía a todo el edificio. Cuando pasaba algo iban todos a la farmacia para que Cruz la controlara y volviera el agua. Hoy está tapiada".

Y hablando de sótanos, una de las exigencias que se tenía para la habilitación de los establecimientos era que debían tener un sótano por su temperatura apropiada y no cortar la cadena de frío que requieren algunos medicamentos. Después llegaron las heladeras.

En diversos momentos, Martín y Susana, junto con la farmacéutica Marta Cervini, me introdujeron en el mágico interior de sus farmacias y pude ver lo que a veces no vemos: los frascos azules y marrones, están ahí "todavía conservan algunas drogas originales de esa época. Ya no se usan; frascos traídos de Alemania, tienen cierre hermético, tricapas, no entra aire por ningún lado porque las drogas no tienen que recibir aire, porque si no empiezan a degradarse. Hasta que apareció el plástico". Se conservan las balanzas con sus pesitas de bronce. 

Sentí el movimiento continuo de personas que entran y salen, me dijeron sobre la cantidad de registros que hay que llevar de las ventas diarias que insumen mucho tiempo; también que siempre tiene que estar presente el farmacéutico en el lugar, es una exigencia dispuesta por ley; me contaron que muchas veces la urgencia de algún cliente confunde el rol del farmacéutico con el de médico, como a veces sucedía antaño. Es verdad, las consultas son válidas pero solo dentro de las competencias del profesional. Y ni qué decir de las recetas que vienen con la letra indescifrable de algunos facultativos.

Datos
De los archivos que me obsequió el investigador dorreguense Funes Derieul puedo rescatar la existencia de la primera botica de Tres Arroyos en 1887, a tres años de la fundación de la ciudad. Se llamaba Botica del Pueblo, de Pablo Rubio y familia. De 1890 es la Botica Central de Martín Mansilla. El idóneo farmacéutico que tenía era Estanislao Zubieta. De 1891 es la primera Farmacia Italiana de Antonio Meneghini, rematada en diciembre del mismo año por falta de pago de alquileres del local, que era de Juan Chidichimo.  

El tiempo pasa
En 1928 existían 16 farmacias. Algunas cambiaron de denominación. En 1935 se redujeron a 13: Franco-Argentina, Casinghino, Cepeda, Cervini, Domínguez, Etcheverry, El Indio (dos locales), Libertad, González, Lombardi, Pirola, Puchulu. Quedan varias farmacias del pasado con edificio nuevo o renovado y también algunas nuevas ubicadas en distintos sitios de la ciudad. 

En Orense
En La Palma, ya en 1913, además de ropa, hilos, telas, etc., se vendían medicamentos que no necesitaban receta. Tenía el slogan "de todo como en botica" (Libro del Cincuentenario de Orense) Ozuna (no sabemos desde cuando estuvo) le vendió la farmacia a Obdulio Bisso, farmacéutico, recibido en Rosario, que se instaló aproximadamente en el año 1942 y estuvo hasta 1956. Continuó Leopoldo Garagnani, idóneo. Luego siguió Juan Constantinesco (farmacéutico) desde 1964/1965 aproximadamente hasta 1995. 

En forma simultánea desde 1992 Daniel Sáez estuvo a cargo de la farmacia, siendo el farmacéutico Ariel Landa. Sáez vendio en 2015 a Esteban Martínez que es el actual propietario de Farmacia Orense (Datos proporcionados por Cabodevila).

La tecnología trajo cambios
Marta Cervini fue testigo de las transformaciones. Estudió en Rosario. "La carrera estaba dentro de un hospital, donde hacíamos sí o sí las prácticas, armábamos las ampollas que cerrábamos con un mecherito, luego las esterilizábamos". La mayoría de los medicamentos se elaboran en los laboratorios. A Tres Arroyos la proveen las droguerías de Bahía Blanca y de Azul. Las obras sociales complicaron el trabajo burocrático y el consumo de tiempo, pero benefició la economía de los pacientes. 

Martín dice de los farmacéuticos que "somos una comunidad, nos auxiliamos unos a otros". Existe el Colegio local que en la actualidad preside el farmacéutico Lamberta.

Todos vamos a las farmacias, los jóvenes con pocas recetas, los ancianos con largas listas de remedios. 

Todos traspasamos la puerta de salida con la esperanza que el malestar o la enfermedad va a terminar o se aliviará. El farmacéutico le dijo que tomara el jarabe cada 6 horas, lo va a cumplir, como sus abuelos lo hacían, pero con la diferencia que se lo preparaban ahí mismo, detrás del salón de atención al público.

Todo ha cambiado y la electrónica ha simplificado las cosas.

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