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Fangauf: el emblema de Dunamar


A solamente cuatro días del Centenario de Claromecó, recordamos una nota publicada el 14 de abril de 2013 con Angel Fangauf, quien falleció
en junio de 2014. El testimonio y pensamiento del hacedor de un paraíso



Por Alejandro Vis

Angel Fangauf sale de su casa para recibir a este diario y deja en claro en su actitud que se encuentra con la mejor predisposición para llevar a cabo la entrevista. Parado en el acceso a la propiedad donde vive en Dunamar, sobre calle Belgrano, saluda con amabilidad y espera indicaciones del periodista y la reportera gráfica. Está acompañado por Rodolfo, uno de sus dos hijos. Son las cinco de la tarde de un día de semana y Angel cumple en primer lugar con la producción fotográfica, para luego sí sentarse a conversar en el interior de su casa. 

Dunamar es el lugar que eligió de joven, cuando Ernesto Fridolín Gesell -el padre de Isabel, quien sería luego su mujer- le planteó el desafío de concretar la fijación de médanos y de incorporar árboles. «La idea era transformar un desierto en un oasis. Un desierto de arenas movedizas convertirlo en un paraíso», explica. 
Reside en la misma casa donde vivió desde que llegó a Dunamar, en la década del 50. El 30 de noviembre pasado cumplió 90 años y muestra una vitalidad admirable que puede apreciarse -por ejemplo- cuando conduce su automóvil por las calles del barrio parque o en sus pasos firmes y rápidos al caminar. Conserva en su memoria recuerdos y vivencias, que describe con claridad. Enumera detalles y aspectos puntuales cuando habla del trabajo, de la multiplicación de plantaciones en una zona que era muy agreste. En cambio, se limita a pronunciar pocas palabras al ser consultado sobre los reconocimientos, como la imposición de su nombre en enero último a una plazoleta; «es muy lindo», indica. No es que no les otorgue importancia, simplemente evidencia el perfil bajo que lo ha caracterizado, más allá de la valoración de su tarea que hacen los vecinos de Claromecó. 

La «selva grande» y la «selva chica» 

Fangauf sostiene que puertas afuera está «la selva grande», mientras que posee una quinta en su propiedad a la que denomina «la selva chica». Asegura que no inicia el día muy temprano; «más o menos», responde sobre el horario de comienzo de la jornada, y explica que «salgo a hacer algunas actividades en la quinta. Hay para entretenerse; en todo caso buscar hormigas, que siempre andan, y controlar malezas que no son convenientes. Por lo demás, el término malezas para mí no existe porque todo en la naturaleza tiene alguna finalidad, cumple una función». 
También suele recorrer el bosque que habitualmente es identificado con su apellido, otro lugar de trabajo para la familia. Una tranquera con candado actúa como barrera para el ingreso al predio, principalmente para evitar acciones imprudentes como el encendido de fuego, que pueda poner en riesgo la abundante arboleda. Posee vacas que consumen el pasto y contribuyen así a controlarlo; «el principal motivo es evitar que pase lo que ocurrió en el verano en dirección a Reta, cerca del Médano Blanco, donde se produjo un incendio. Se logra que el pasto no se seque, hay brotes tiernos y el riesgo se reduce mucho». 
Deja en claro que la tranquera con candado no implica que el ingreso esté prohibido. «Es para todos puedan disfrutar y cuando quieran pasar, lo pueden hacer -afirma-. Lo tenemos con llave para tratar que no vaya gente con la idea de hacer un fueguito, un asado o tomar unos mates. Para evitar eso permanece cerrado y controlado». 
 Un autodidacta 
Es hijo de alemanes y nació en la capital federal, donde vivió los primeros años de su infancia. Luego la familia se mudó a Cipolletti, provincia de Río Negro, donde instaló un vivero de plantación de frutales. Relata que «por entonces nos agarró tos convulsa. Eramos seis hermanos. Nos recomendaron aires de mar y mi padre, a los más atacados, nos cargó en el coche y salimos a conocer toda esta zona. Yo tenía 12 ó 13 años. Fue cuando conocí Claromecó». 
Con precisión, hace referencia a «los chalets de la familia Bellocq» y comenta que «en una tranquera había un viejito, dejaba pasar a los que podían pasar. Los caminos, por supuesto, eran precarios». 
Dos décadas más tarde, junto a Ernesto Gesell, se radicó para dar inicio a la fijación de los médanos. «Vine el 1° de octubre de 1953 y enseguida me largué con todo -indica-. Era cuestión de encarar y no aflojar». 
Se requería de perseverancia e intuición. El día a día tenía mucha mayor importancia que una inspiración ocasional. Argumenta que «soy criado en la Patagonia, traía algo de conocimiento sobre desiertos y plantaciones. Uno va viendo y se va incorporando al medio ambiente, hay que trabajar mucho con la intuición». También había desarrollado tareas con médanos en el sur de San Luis y en Córdoba, con otras técnicas y principalmente para recuperar terreno que luego se destinó a la ganadería». Con estudios primarios y una gran capacidad de aprendizaje como autodidacta, supo entender la manera de interactuar con la naturaleza. 
Cada paisaje plantea dificultades particulares. En este sentido, comenta que «hay poca literatura porque es muy cambiante. Me puedo poner a escribir sobre los trabajos que hemos hecho, pero aplicado en Dunamar. En la siguiente zona ya hay que hacer un plan distinto. Cada lugar es único, tiene su personalidad». 
Había una sola casita y abundaba la arena. Ante la propuesta de Gesell, admite que «en la primera salida que hice estaba medio asustado. Lo pensé un poco y consideré esto es interesante, es un desafío. Y lo encaré». 
La radicación de vecinos y turistas formaba parte de un proyecto orientado claramente al futuro, propio de quienes tuvieron una mentalidad pionera en Dunamar. «Cuando yo vine ya estaba el proyecto y parte de las calles. Pero dentro de la zona loteada había médanos vivos, necesitábamos fijarlos sí o sí», subraya. 
Una de las razones que le otorgaba complejidad a las actividades es que se debía «hacer simultáneamente todo». Fangauf manifiesta que tenían que abarcar «desde el arroyo hasta el Médano Blanco. Si uno se quedaba en un lugar y fijaba esa parte, cuando se quería acordar estaba la próxima duna encima. Mientras que en el Médano Blanco, por razones de las corrientes marítimas, hay una transición natural».
Además de tener en cuenta la totalidad de la superficie, establecieron etapas para ir modificando los niveles y alturas; «la duna muy grande conviene ir fijándola en la base y que se vaya corriendo, arriba es muy seco y agarra todo el viento», argumenta. 
El equipo que se conformaba para estas tareas se desempeñaba principalmente en otoño y en primavera. Por razones relacionadas con el clima, «en verano y en invierno no se hacía prácticamente nada. En el resto del año tenía tres o cuatro personas que colaboraban conmigo, era más apacible. No se podía contar con más porque no constituía una actividad que produjera en el corto plazo, de decir planto, siembro y a fin de año cosecho». 
Tampoco es una zona que brinde las condiciones adecuadas para la forestación, porque «se encuentra muy castigada por los temporales del sur. No da madera buena, pero igualmente algo se puede obtener. Se hizo una pequeña explotación, con resultados positivos». 
Los logros tardarían en llegar. Hacía falta una mentalidad preparada para el largo plazo, así como ejercitar la paciencia y el temple frente a las adversidades. Sostiene que «se alternaba el médano con la tosquilla, características propias de un gran desierto. Los pocos pastos naturales que venían espontáneamente, a medida que avanzaba la arena sucumbían y nacían otras plantas nuevas». 
La amistad lo unió con el ingeniero agrónomo Gerardo Paolucci, uno de los referentes en el desarrollo y plantación de especies que hicieron posible la creación de la Estación Forestal. Fangauf señala que «yo iba a mirar cómo trabajaban allá y él venía a conocer lo que estábamos haciendo en Dunamar. Fue una gran ayuda». Paolucci llegó a Claromecó cuando aún no había culminado su carrera, lo que hizo años después, con una postergación que obedeció a la dedicación plena que brindó a la generación del Vivero de la localidad. 

 En familia 

Ernesto Gesell compartía un proyecto con su hermano Carlos Idaho, quien en la década del 30 adquirió terrenos costeros -donde años después se formó Villa Gesell- para fijar las arenas y llevar adelante una forestación tendiente a abastecer a la fábrica de muebles de su familia. Pero surgieron diferencias y decidió llevar adelante un emprendimiento en Claromecó. «Acá era todo un poco más difícil por el tipo de arena, la ubicación más al sur y debido a que se trata de un lugar que está expuesto a los temporales», comenta Fangauf.
 Su padre conoció a la familia Gesell en Alemania, por lo cual el vínculo es muy anterior al hogar que conformaron Angel e Isabel. «Se hizo ciudadano argentino cuando vio que venía la Segunda Guerra Mundial -menciona-. Dijo, con una, basta. Y no estaba de acuerdo con el régimen de Alemania en ese momento. Sus hijos nacimos en este país». El abuelo de su esposa era el reconocido economista Silvio Gesell. 
Cuando surgió el desafío de controlar las dunas, no dudó en radicarse en Dunamar porque «había que encarar la tarea con todo, sin contemplaciones de ninguna clase. Los que más sufrieron fueron mi señora y los chicos, no tenía tiempo para ellos». 
Por este motivo, destaca que «la familia me acompañó siempre». Piensa unos segundos y lo reitera: «Fue así, ya lo creo. Mis dos hijos colaboraron siempre. Rodolfo es ingeniero agrónomo y Carlos trabaja con colmenas, entre otras actividades. Me han ayudado en todo lo que hizo falta». 
Habla de los primeros tiempos, con «inviernos muy duros. No había reparo, los temporales castigaban con todo. En un principio tuvimos un carrito con dos caballos y después pudimos conseguir un jeep para andar y controlar. Y en una etapa siguiente, incorporamos un tractor de doble tracción que facilitó mucho todo». 
No había ramas, por lo cual era necesario ir en busca de paja de lino a los campos de la zona. Se debía aprovechar al máximo lo poco con que se contaba. Plantaron tamariscos, que son muy resistentes, una variedad de acacia, pinos, eucaliptos y otros árboles. Ernesto Gesell aportó el financiamiento y realizaba visitas de manera frecuente; en este sentido, dice que «le gustaba esto y ver como de a poco se iba modificando». 
 En el bosque
Fangauf invita a recorrer el bosque, ubicado detrás de los médanos en dirección a Reta. Camina unos cien metros para sacar el auto de un garaje ubicado en otra cuadra y con el acompañamiento de Rodolfo, describe las características de la copiosa arboleda que se encuentra cruzando una tranquera, en el predio que tiene unas 450 hectáreas. 
Allí las plantaciones se empezaron a incorporar meses después de asumir el desafío de fijar los médanos. En consecuencia, algunas especies tienen poco menos de sesenta años. 
Transita por el sendero de memoria. Es parte del paraíso que creó en mucho tiempo de esfuerzo. A los 90 años lo disfruta, lo comparte con este diario y lo valora. La misión ha sido cumplida y él observa, con satisfacción, cómo pudo llevar adelante el desafío. Pensó que valía la pena y claramente, tenía razón. 
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 La ficha 
Lugar y día de nacimiento: ciudad de Buenos Aires, el 30 de noviembre de 1922. Sus padres eran alemanes 
Su familia: Se casó en 1955 con Isabel Gesell, quien falleció el 13 de mayo de 2006. 
Tuvieron dos hijos: Carlos y Rodolfo. 
Estudios: primarios. Se formó principalmente como autodidacta y a partir de su experiencia laboral 
El fallecimiento: la desaparición física de Angel Fangauf tuvo lugar el 18 de junio de 2014 
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