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El Almacén de Arbasetti


Por Horacio Arbasetti
Volver a Claromecó para mí fue fácil, los tiempos han cambiado y quizás este recorrido lo tendría que haber hecho no por la ruta 73 sino por el Camino Viejo, el de tierra. O haber entrado bordeando el Vivero Dunícola que hoy le dicen “Estación Forestal” para poder sentir esas cosquillas que provocaban el camino de las lomas, esas que hacían descomponer a mi madre Olga. 
El camino de vuelta fue diferente y confieso que a pesar de haber estado sólo dos días “trabajando” en La Villa como yo le digo me pegó fuerte. Fue como volver al pasado, a reencontrarme con los viejos amigos, compañeros de colegio algunos, más grandes o de mi misma edad. Pero, en definitiva, volver a mis raíces. 
Y digo esto porque a pesar de que no vivo ahí, cuando me preguntan sostengo con orgullo que “soy de Claromecó”, porque lo siento así. Aunque muchas veces me enoje ver las pequeñas disputas que existen, pues no conducen a hacerlo más nuestro y más grande. Son mis pensamientos y mis propios mambos quizás o como contó uno de los entrevistados “los de Claromecó somos difíciles, ni buenos ni malos, difíciles”. 
Un almacén particular
Pero bueno, dejemos de lado eso y vayamos a lo esencial: el Almacén de Ramos Generales Casa Arbasetti. Lo nombro así porque desde que mi abuelo Isidoro lo compró, allá por 1937 perteneció de una u otra forma a la familia hasta 1974.
Primeramente se instaló una parte de los diez hermanos -Antonio, Rodolfo y Enrique con sus esposas y mi viejo Norberto que era soltero- ya que los restantes vivían en Tres Arroyos con el almacén de la calle Lucio V. López y Falucho, para luego, con los años, quedar en manos del tío Enrique y mi padre.
Digo almacén de ramos generales porque si bien no había “de todo, como en botica” muchas de ellas existían. 
Pisos de pinotea, dos grandes mostradores, estanterías altísimas y hasta un altillo que por ambos lados de los mostradores se alzaban rematando los cielorrasos también de madera. En uno de los mostradores, que comenzaba en la pared de avenida 26, una estantería vidriada donde se guardaban los vasos de todos los tamaños -de vermouth, vino, ginebra o licor- para servir las copas a los parroquianos. Al lado un gran descorchador de botellas, el mostrador que seguía y dos balanzas Bianchi casi pegadas una con otra. Remataban ese espacio en el esquinero tres grandes campanas de vidrio para los quesos roquefort, sardo y “Mar del Plata” o cáscara colorada y al lado de esto una estantería donde colgaban los salamines y longanizas de Anselmo. 
Detrás de todo esto grandes estanterías, una heladera verde de ocho puertas donde se guardaban las bebidas de todo tipo, la soda y el queso mantecoso, porque por salut hubiera sido la marca de algún desodorante o crema de manos. Más estanterías, una escalera con dos descansos que llevaba al altillo y la puerta de entrada a la casa de los tíos Enrique y Angelita, porque ellos vivían con mis primas Stella, Enriqueta y Liliana en el mismo almacén.
Del otro lado, el panorama era igual pero en el mostrador estaba la máquina de cortar fiambre, las vitrinas con golosinas, una gran caja registradora (que hoy tiene Daniel Chedrese en su casa, según me contó) y más mostradores y estanterías. El centro del salón con tres grandes vitrinas donde había desde cubiertos, ollas y cristalería, hasta calentadores Bram-Metal y faroles Petromax o lámparas a querosén. Eso, a groso modo, tenía el salón.
Debajo del almacén, un gran sótano con ese olor a humedad penetrante que guardaba los quesos de todo tipo, cajones de sidra y champagne, algunas de vinos muy especiales y muchos de los fiambres que no necesitaban heladera, custodiados por “hermosas” arañas que metían más de un susto cuando alguno de los viejos -papá o Enrique- nos decían, a mis primas o a mí, “andá a buscar al sótano…’.
Un gran depósito con poco alisado de cemento y mucho piso de tierra remataba uno de los costados que daba de espaldas a la Panadería Bel-Mar.
En el patio, cuatro cocheras que guardaban autos de otras personas y alguna de las camionetas que tenían para repartir y un gran galpón donde estaba el camión. Porque siempre recuerdo que nosotros, hasta mediados de los 70, nunca tuvimos auto, solamente camión y/o camioneta De Soto, Fargo o Dodge, solo alterados por alguna Chevrolet que cuando era chico recuerdo. 
En resumen, esto es un poco la descripción de lo que era ese gran almacén y digo “gran” no solo por el tamaño sino por la variedad de cosas que tenía dentro. 

Isidoro, Norberto y Enrique Arbasetti con parte de la familia

Todos trabajaban 
 Como todo negocio de Claromecó era bien de familia, ya que en invierno mi padre y mi tío se ocupaban de atenderlo con alguna esporádica ayuda de mi tía Angelita o mamá. Pero en verano -que de por sí era muy largo, de diciembre hasta marzo- mis tres primas, Stella Maris, María Enriqueta y Liliana Inés se sumaban junto a mi hermana Patricia y yo a atender. Había horario de cierre al mediodía -las 13- pero a la noche era otro el sistema, solamente alterado porque tío Enrique empezaba de una punta con la escoba en mano y la regadera cargada de agua con acaroína para indicar que la jornada terminaba. 
Las tareas estaban bien marcadas porque cada uno tenía su rol durante la jornada, dado que había que hacer “el reparto”. Y dependía de la situación, cuando era chico resultaba todo un paseo con mi viejo o el tío, pero ya después de los 14… si había llegado tarde al almacén porque la noche anterior había volcado “mal” a consecuencia de haber salido Norberto me esperaba con la grata sorpresa de que el reparto del mediodía a las casas de la playa era “todo mío”… “Te gusta salir, y bueno te tiene que gustar despertar” era el comentario. No me quejo porque de esto algo me quedó.

Tiempos de cambio
La clientela era más que amplia, pues hasta que comenzaron a proliferar otros almacenes en el pueblo pocos podían igualar al volumen. La mayoría de los habitantes de esos tiempos compraban “con libreta” aún los que venían de veraneo desde Tres Arroyos y clientes muy grandes de la capital federal. A los claromequenses la vida les sonreía a veces porque había buena pesca, pero en general los inviernos eran duros. La construcción, hoy rival de ésta, antes poco aportaba y en muchos casos había que “aguantar” el pago de la libreta a fin de mes, sumado a que esto también se repetía con algunos clientes de Tres Arroyos que venían en verano.
Los tiempos cambiaron y un día, cansados de trabajar decidieron terminar con el viejo almacén. Recuerdo una cena que se hizo en mi casa con la presencia de tres de los amigos que siempre habían estado con mi viejo: Carlos Di Croce, Ricardo Robles y Mario Reynoso. Le propusieron ayudarlo para que le comprase la parte a mi tío y así seguir el con nosotros; “no” les dijo, “la sociedad arrancó como Arbasetti Hermanos y termina así” y ese fue el final. 
En marzo de 1974, después de una gran cena con amigos, muchos de sus proveedores y clientes se bajaron las persianas del local de avenida 26 y 9 para -como almacén- nunca más abrir… 
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