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      La leyenda de Toribio

      12 de diciembre de 2020 | 18:37
      La leyenda de Toribio
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       Se lo veía al mediodía, o al anochecer. Más frecuentemente en invierno que en el verano. De rostro enjuto, con marcas de tiempo. Surcos profundos, de sudor y lágrimas. Piel áspera y castigada. Cuero curtido por inclemencias y soledad. Don Toribio era flaco, de estatura baja, cara chupada y brazos nervudos. Tenía tal aspecto gastado, triste y envejecido, que era imposible aventurar su edad. Podía vérselo en el pantano del camino a la estancia Fondo de la Legua. A veces caminando, encorvado, por la barrosa calle angosta. Otras, sentado en el desvencijado cajón de madera cubierto con un cuero de oveja, amarillento y de olor rancio, junto al poste que soportaba la tranquera de entrada a la querencia. Un caballo alazán, de largas crines al viento, pastando en derredor sin alejarse en demasía era, junto a los teros, la única compañía. Vista de pajas vizcacheras y cardos de flores azules, a ambos costados del camino. Alambrados en altura, cual suerte de acantilados. El suelo pantanoso. Toribio era parte del paisaje. Si alguna vez tuvo familia no lo supimos. Era de pocas palabras. Los dientes, si los había, nunca los mostró. Creo que no sabía sonreír o quizás no tuviese motivos para hacerlo. Labios finitos descoloridos y siempre apretados. Mirada huidiza de ojos brillantes, como los de un animal al acecho. 

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      Los vehículos de aquellos tiempos eran grandes y pesados. A fin de sortear caminos rurales, intransitables en los días de lluvia, se colocaban dos neumáticos especiales en el eje trasero. Pantaneros, con un dibujo profundo, como con tacos de goma. Se conseguía así un mayor agarre en el barro. Pero había tramos donde pese a la pericia del conductor estos no eran suficientes para atravesar los barrizales. El paraje de la estancia del Fondo de la Legua era uno de esos trechos especialmente intransitables en días de lluvia. 
      Era común quedar atascado en las huellas del fangal. Entre bramidos del motor y fuertes empellones para delante y para atrás las peripecias acababan con la camioneta encajada de costado, hundida finalmente en la profundidad de la zanja, junto al alambrado, contra la barranca y los pajonales. En esta instancia complicada de la travesía era cuando aparecía Don Toribio. Se arrimaba, lento y cauteloso, como un zorro. 
      – ¿Lo saco? Preguntaba, sin mediar ningún saludo, con la voz cascada de aislamiento y cigarro. Los forasteros esbozaban una sonrisa de incredulidad que rayaba entre el asombro y la burla. Los lugareños, conocedores del asunto, sin más, entregaban una damajuana con vino. Era menester llevarla en un rincón de la cabina por si acaso las lluvias y como tributo para Toribio. 
      Don Toribio empuñaba del cogote la paga y la colocaba cuidadosamente junto al cajón. Luego silbaba llamando al alazán. Colocaba el freno y otros enseres y lo montaba para en definitiva remolcar a los encajados. Hundía las patas en el barro el animal y bufaba sacando vapor por los hollares. 
      Agachaba el pobre bruto la cabeza por el grandísimo esfuerzo. La cuerda tensa, tirando el caballo, y rugiendo el motor, se salía del atolladero. 
      Toribio desenganchaba entonces al titán del salvataje, levantaba el rebenque a modo de único saludo y se alejaba hacia la tranquera mientras los auxiliados continuaban viaje. Una ración de avena premiaba al corcel esa noche. 
      Y así repetidamente, día tras día. De los honorarios invernales guardaba damajuanas con la preciada bebida para los días secos del verano. Algún chaparrón copioso le significaba contribuciones en medio del estío pero no era frecuente que esto sucediera. Cuando el camino estaba seco Toribio no se veía. En algún camastro de las tantas habitaciones de la vieja población de la estancia se abandonaba a los efectos del vino que libera el sentir, soñando entre las volutas del humo de su cigarro.
      La comisión de vialidad rural se abocó varias veces al emprendimiento de llenar con tosca ese vado y acabar con el problema. Por una u otra causa la decisión se postergaba y creo que era el destino que se aliaba con Toribio. 
      El último agosto, los temporales arreciaron. Y como era de esperar para media mañana ya había un encajado en el lodazal. 
      El conductor manoteó la damajuana y haciendo visera con la mano buscó la silueta del rescatista que estaba tardando en venir. El caballo pastaba tranquilamente, cada tanto mirando hacia el pantano. En la soledad del lugar, apagado el motor, solo se escuchaba el chillido de algún carancho y
      ladridos a lo lejos. El hombre cansado de esperar, ya fastidiado, se bajó del vehículo dando un portazo. Hundió sus botas de goma en el fangal y salió caminando bajo la lluvia mansa en busca de la ayuda con algún tractor. 
      Toribio nunca llegó.
       A la semana llegaron los camiones con tosca. Pesados rodillos compactaron el pantano. De Toribio nunca más supimos. El alazán continúa vagando en las cercanías. Junto al camino, ahora consolidado, la misma tranquera y el cajón, ya sin el cuero que alguna alimaña se ha robado. También, olvidadas, hay dos opacas damajuanas, casi vacías. Hay quienes dicen que son sobrante de las póstumas copas del guardián del
      pantano. Otros que aseguran que son las damajuanas que algún trasnochado deja ahí por si Toribio reaparece en las noches de lluvia. Y no faltan quienes aseguran haber visto brillar en noches de verano, unos ojos enrojecidos flotando cerca de las pajas de la tranquera. Las damajuanas siguen estando allí, nadie osa apropiárselas y no hay quien pase sin mirar. 
      Los hay incluso que se bajan, afirmando que justo ahí en la tranquera se percibe el aroma a tabaco de un cigarro. 
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