“Enamorados” de Reta
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Textos: Horacio Arbasetti
Fotos: Lucas Chillemi
Pareciera que en Reta una de las cuestiones prioritarias no es solo atender bien al turista o al cliente, los habitantes del pueblo tratan que el visitante lo sienta como el lugar propio.
Reflejo de esto es un poco las vivencias que cuentan tanto Martín Agüero como su pareja, Catalina Grasso, de esta nueva experiencia en esta playa tresarroyense.
“A Reta ya vinimos con mi mujer el año pasado y nos enamoramos. Cumplimos el sueño de la casa en la playa, nos han tocado días increíbles uno mejor que el otro con calor. Nosotros somos de pasear mucho pero ahora no salimos, mucho tiempo en la playa. Mirás el mar y nada, es increíble”.
“A Reta ya vinimos con mi mujer el año pasado y nos enamoramos. Cumplimos el sueño de la casa en la playa, nos han tocado días increíbles uno mejor que el otro con calor. Nosotros somos de pasear mucho pero ahora no salimos, mucho tiempo en la playa. Mirás el mar y nada, es increíble”.
“Cumplimos el sueño de la casa en la playa”, y la selfie que sacó Catalina lo certifica
Siente que el clima los ha beneficiado este verano como el anterior; “venimos con suerte, tanto con el clima como con las aguas vivas que tanto nos habían dicho”.
Un pueblo amable
Destaca por sobre todas las cosas algo que marca mucho a Reta: “la calidez de la gente. Eso es lo que más nos sorprende, pero es todos los días. Desde que fuimos a comprar una sombrilla y al que la vendía le dije de una tabla y me contestó ‘llevatela y después me la traés el viernes’. Cosas increíbles porque esa persona no me conoce, pero bueno es hermoso. Si bien no vivo en capital federal, sí en el conurbano pero tampoco se ve esto. Mismo fuimos a buscar una cola de carpintero a un corralón porque se me rompió algo y se te pone a hablar todo el mundo porque acá la gente es así” cuenta Martín de su experiencia en Reta.
“Como debe ser, agrega Mónica Bie; acá vivimos así”.
Cuenta un montón de cosas vividas como la charla con el Gallego del restaurante donde suelen comer o de la persona que les cuidaba la casa que alquilaron el año pasado; “no somos amigos pero si te ven se paran y se ponen a charlar como si nos conociéramos desde siempre. Nada; es hermoso”.
Y vuelve a citar que el retense hace las cosas naturalmente, no con el objetivo de agradar “son así me parece”.
Cuenta un montón de cosas vividas como la charla con el Gallego del restaurante donde suelen comer o de la persona que les cuidaba la casa que alquilaron el año pasado; “no somos amigos pero si te ven se paran y se ponen a charlar como si nos conociéramos desde siempre. Nada; es hermoso”.
Y vuelve a citar que el retense hace las cosas naturalmente, no con el objetivo de agradar “son así me parece”.
“Un Mundo…”, que sorprende
En cuanto a la visión que le deja Un Mundo de Libros, Martín Agüero cuenta que “está muy linda, bien organizada. Las chicas se manejan bárbaro con la poca tecnología pero mejor. Veo gente que está en la sala escuchando música, creo porque les dan internet, es parte de la biblioteca porque gusta que se use. No solo para el súper investigador, yo he escuchado a muchos directores decir ‘la biblioteca está para usarse, que vengan a estudiar, que puedan tomar mate para poder hacerlo durante todo el día. La biblioteca es un espacio para todos y esta lo tiene, mientras que estoy hablando con vos miro por una ventanita y hay chicos sentados, leyendo, relajados. La biblioteca tiene que ser un espacio para eso y acá se logra, la verdad es que es un placer”.
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“Yo soy de familia de la Biblioteca Nacional” dice pues su abuelo primero, su padre luego y ahora él trabaja allí
Bibliotecario “de familia”
La historia personal de Martín Agüero tiene mucho que ver con la de la Biblioteca Nacional, no solo en este edificio sino también en el anterior, su clásica sede de la calle México, en el Barrio de San Telmo.
“Yo soy de familia de la Biblioteca Nacional, mi abuelo (José Flavio Agüero) en el mil nueve veintipico entró a trabajar en maestranza y luego como era un tipo de mucha pinta lo ponen a atender al público. Hasta que en un momento empezó a traer comida, que cocinaba mi abuela, entonces le dan el buffet. Después entró mi papá (José Nicolás), en los setenta, él era técnico en microfilmación y fotógrafo profesional, trabajó en ese área durante años y después vengo yo en los noventa. En la vieja biblioteca de la calle México yo iba de chico y había un espacio que era la Sala Estudiantil era hermoso. Este fue el segundo edificio porque el primero fue en el viejo Colegio Nacional en la Manzana de las Luces, con los años y porque quedaban chicos los espacios le dan ese de la calle México que era el viejo edificio de la Lotería Nacional hasta los noventa bien con olor a madera, a gatos. Muy de cuentos, el salón general de lectura era un espectáculo, era todo rojo, alfombras bordó, muchos de esos muebles y las luces están en la biblioteca nueva de la calle Agüero” cuenta recordando la historia y su vínculo con la Biblioteca Nacional.

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