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Abuso Sexual Infantil (ASI)

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Por Graciela Mirmi (*) 

Entre las múltiples formas que adopta
la violencia familiar, se encuentra el
maltrato hacia las niñas, niños y adolescentes,
siendo el abuso sexual, uno de los
aspectos más difíciles y complejos de detectar. 
Debemos recordar que esta conceptualización
es bastante reciente, ya que históricamente
niños y niñas han sido víctimas de todo
tipo de malos tratos, abuso y vejámenes, sin
que estos hayan sido tipificados como tales. 
Si nos remontamos a la historia de la humanidad,
veremos las atrocidades cometidas
con los niños/niñas, quienes distaban mucho
de ser “sujetos de derechos”. 
La tipificación de Maltrato y Abuso Sexual
Infantil, aparece tardíamente como síndrome
en la medicina, y recién en el siglo XX, en la
década del 70, es aceptado el concepto de
“Maltrato Físico, Emocional, Negligencia y
Abuso Sexual Infantil”, y es entonces cuando
comienzan a aparecer las primeras organizaciones
en defensa de la infancia. 
En las últimas décadas, el ASI ha suscitado
un gran interés tanto en la comunidad científica
como en la sociedad en general, debido
a su prevalencia y consecuencias a corto y a
largo plazo. Hoy el problema está planteado,
aunque con diferentes niveles de abordaje. 
El Abuso Sexual Infantil es uno de los aspectos
más dolorosos en lo que respecta a la
vulneración de los derechos en la infancia. 
Es evidente que en todo el espectro del
desempeño profesional se ha avanzado en la
consideración y el debate de esta temática y
por la publicidad dada a este tipo de delitos
se logró una mayor sensibilidad social. 
Sin embargo, la detección y asistencia se
realizan aún hoy en un marco de mucho prejuicio
y desconocimiento. Quienes trabajamos
en estas problemáticas sabemos lo difícil que
ha sido, y es, enfrentar estos desafíos. 
El ASI incluye en su definición cualquier tipo
de actividad de tipo sexual entre un adulto y
un niño o niña, donde no hay consentimiento,
o este no puede ser dado por la inmadurez
o dependencia de la víctima, que no comprende
totalmente lo que está ocurriendo y
se encuentra entrampado en una situación
confusa, con un adulto que tiene una posición
de poder y autoridad sobre él/ella. 
Este puede -o no- ser un acto violento
y comprende un abanico de posibilidades
que van desde el exhibicionismo, manoseo
de genitales, participación en material pornográfico,
hasta el coito con penetración
vaginal o anal. 

Es un tema en el que no se puede
andar con posturas tibias, nunca
debemos perder de vista que los
únicos que no tienen voz propia
son las víctimas

El ASI es común a todas las sociedades,
estratos económicos, sociales y culturales.
Estudios estadísticos han informado de cifras
en la población general que oscilan entre un
30/35 por ciento con una prevalencia media
de alrededor 20 por ciento en mujeres y 8 por
ciento en varones. 
Además, su presencia ha sido documentada
tanto en países desarrollados como en vías
de desarrollo. 
En nuestro país, en el año 1991, se efectuó
una investigación entre estudiantes de la Universidad
de Buenos Aires y se determinó que
más de un 20 por ciento de los encuestados
habían sido víctimas de algún tipo de ASI.
Ese mismo trabajo mostró una distribución
de 25 por ciento niñas y 12 por ciento niños,
no muy diferente a los resultados que arrojan
investigaciones de otros países. 
La experiencia clínica y diversas investigaciones
determinan que los autores de los
abusos son, en más de un 80 por ciento de los
casos, adultos conocidos de la víctima, y en su
mayoría miembros de la familia. 
Si bien nos resulta fácil explicarle a un
niño/niña, que debe desconfiar de personas
extrañas, es mucho más difícil cuando lo que
se intenta decir es que debe estar atento y ser
crítico hacia el mundo adulto en general y los
miembros de la familia en particular. 
Esto produce una gran confusión y sentimiento
de desprotección (¿Cuidarse de
quienes lo tienen que cuidar?). 
El abusador sabe que está transgrediendo y
como todos los delincuentes se protege para
no ser descubierto. Su alternativa es imponer
la “Ley del Silencio”. Este silencio no sólo lo
impone quien abusa, también lo hace la sociedad
en su conjunto, y así se convierte en
cómplice. La víctima, al ser menor, inmaduro
y dependiente, a merced del adulto que tiene
una posición de poder o autoridad sobre él,
queda indefensa ante esta situación, termina
aceptando y adaptándose a ella para sobrevivir,
esto se denomina “Acomodamiento o
Síndrome de Acomodamiento de la Víctima”. 
Los niños/niñas tienden a ocultar los hechos
por vergüenza, sentimiento de culpa,
amenazas de castigo o el miedo a no ser
creídos, lo que contribuye a que el abuso siga
manteniéndose en un hermetismo difícil de
develar, por eso cuando un niño/niña relata
una situación semejante “Siempre hay que
Creerle”. 
¿Qué debemos hacer si se sospecha o se
conoce un caso de ASI? 
Hay que saber que nunca se debe trabajar
solo, es un tema de gran complejidad, que
produce un gran desgaste y requiere la intervención
de varios actores. 
¿Hay que denunciar? Sí, hay que denunciar
“Siempre”. El silencio sólo protege al abusador
y nunca a la víctima. 
Es de vital importancia como medida preventiva
la Educación Sexual Integral desde
temprana edad, el conocimiento del cuerpo
y el concepto de lo que es íntimo, privado. 
Hay mucho por hacer, la sociedad está
tomando conciencia de la magnitud del problema
y es un tema en el que no se puede
andar con posturas tibias, nunca debemos
perder de vista que los únicos que no tienen
voz propia son las “Víctimas”. 
Todo lo que podamos aportar desde
nuestros lugares de trabajo, desde nuestros
hogares, por poco que pueda parecer,
significará un gran avance en esta lucha
por proteger y respetar los derechos de
los más desprotegidos, los niños, niñas y
adolescentes. 
(*) La autora es pediatra MN 62445-MP 1337
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