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Tres Arroyos, DOMINGO 14.04.2024
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Soledad

Lo vislumbro frente a su vieja
computadora de escritorio.
El monitor símil televisor,
de los primeros que sacó IBM allá
por el año ochenta y siete. Sobre
un viejo y deslucido escritorio de
roble está desparramado todo el
aparataje. Un gabinete, el teclado,
lentes y varios libros muchas
veces repasados. El clima es frío
a esta altura del año. Pancho lo
padece. Sus muchos años, el estar
muy quieto y la humedad del
cuarto pese a la fuerte calefacción
le demandan mucho abrigo. Ropa
sobre ropa y una bufanda de lana
que rodea el cuello. 

Pancho se atrincheró en la antigua
casona materna el mismo
día en que el mundo se detuvo y
el país se cerró. La radio ubicada
desde siempre sobre la mesada de
granito de la cocina, entre interferencias
y algunos ruidos dio en
alto volumen la noticia del confinamiento
obligatorio. Era preciso
guardarse y temeroso así lo hizo. 
Pasaron los días y también los
meses. El virus fue diezmando los
abuelos y abuelas y también algún
rebelde que por ser más joven se
sintió seguro. 
No ve a sus nietos desde hace
mucho. Al principio los padres se
los llevaban y los veía a través del
vidrio de la ventana. Pegadas sus
caritas haciendo morisquetas y poniendo
las manitas. Han quedado
los vestigios de lengüitas y dedos
con dulces como mudo testimonio
de que vinieron a verle al abuelo. 
De sus hijos algunos cumplen y
se ocupan de que al necesitado
sujeto no le falten alimentos y
muera ya no de tristeza sino de
inanición. Los que viven fuera de
la ciudad argumentan que no se
puede viajar. Pancho afortunadamente
desconoce que con solo
un permiso y los cuidados del caso
podrían darse una vuelta de tanto
en tanto y verse las caras. Con
barbijo y distancia los que todavía
lo visitan alcanzan provisiones a la
puerta de la vivienda. Un escueto
saludo para extender las bolsas
que el veterano va a desinfectar
y almacenar en el armario. Sin
muchas palabras, porque el dialogo
sensibiliza y se corre el riesgo
de empezar a llorar y tal vez no
poder parar. 
Misión cumplida. Acalladas las
culpas. Otra cosa no se puede.
Hay que aislar a los viejos. Es lo
que hay. 
Y así Pancho tiene lo necesario
y sigue sobreviviendo al Covid.
Todas las mañanas sabe de algún
par que se fue al otro barrio, ese
del que ya no se vuelve. 
Despierta tarde porque el sueño
lo vence avanzada la madrugada.
Desayuna entre las migas de la
cena y luego arrastrando torpemente
las pantuflas se traslada
hasta el venerable escritorio. 
Para el almuerzo una suerte de
sopa guiso con lo que encuentra
a mano. Un cocido a fuego lento
en la memorable marmita de fundición
porque la artillería dental
ha sufrido algunas bajas. 
Vía telefónica se conecta con los
amigos que fueron los habitués en
la mesa de café. El dialogo no es
por este medio tan fluido como
antaño. Tampoco satisfactorio.
Faltan los gestos, falta el tono de
voz, el mirarse y el adivinarse. En
la emblemática mesa se discutía
de política, economía y también
se inventaban, entre risotadas,
algunas proezas sexuales. Ostentaciones
poco probables por
aquello de las comorbilidades
propias de la senectud. Más que
nada, expresiones de deseo. 
El gallego fue un ejemplar de
buen ver. Alto y corpulento, de
rasgos armónicos y ojos verdes
enmarcados por espesas cejas tan
oscuras como lo fue su cabello.
Pestañas pobladas, resabio de
los moriscos que invadieron la
península. 
Fue un irresistible seductor y
tuvo varias reinas con y sin corona.
La primera oficial le dio dos
hijos y la segunda también dos.
Se jactaba de que todos los había
hecho igualitos. 
Las que siguieron fueron más
bien una dinastía de pasiones
conforme a los años de experiencia
en esas lides y de urgencia
por el escaso tiempo restante. Le
dejaron recuerdos de noches muy
encendidas y la billetera no tan
abultada. 
En estos meses de encierro obligado,
superados ya los necesarios
de un embarazo, Pancho ha nacido
a un tiempo de introspección
y dialogo interno. Se ha cuestionado
sus deslices y devaneos. Y
ha concluido sin culpas en que
no fue tan malo. No ha matado a
nadie. Solo ha sido un poco infiel.
Donde está escrito que el hombre
debe renunciar a vivir muchos y
variados amores. Lo triste y que
no tiene remedio es que hoy en
día está solo. Y parece que este
será su destino buscado o no. El
Covid en compañía de alguna de
sus dulcineas otra cosa sería. Pero
ahora en reclusión solo le queda
echar mano a los recuerdos…
y respirar… y esperar. Pasar el
tiempo sin desesperar porque
todo llega. 
El otro día despidió desde su
vetusta computadora a un amigo
de la infancia. Se enteró por el
periódico que día a día plancha
para desactivar el potencial virus.
Con un nudo en la garganta le
dedicó unas pocas palabras en su
muro. Y el “adiós amigo de la infancia”
sonó a un “hasta pronto”
resignado. 
Por las noches deambula un
poco sosteniéndose con el bastón
y con alguna pared amiga que lo
afirma. Camina la casa, se tarda
frente a los retratos de familia y
por último se despide de su madre,
que joven y lozana lo mira tiernamente
desde una fotografía amarronada.
Finalizada la recorrida, ya
en el baño el espejo le devuelve la
imagen de un desconocido. Él se
siente interiormente como aquel
semental al que se daban vuelta
las mujeres para mirarlo. Conserva
intacta la oratoria con la que
caían embelesadas en sus fuertes
brazos. Y pensar que ahora por un
piropo pueden demandarle por
acoso. Por dentro es el mismo, no
ha cambiado. Se conmueve con las
mismas melodías y le entusiasman
los acostumbrados recuerdos. El
envoltorio es lo que está deteriorado
y descuidado. Saluda al extraño
del espejo con un hasta mañana
y le hace la venia. Camina luego
fatigosamente hacia el lecho. Una
vez recostado, con dos almohadas
que alivian su respiración, recita
quedamente aquel “Angel de la
guarda, dulce compañía no me
desampares ni de noche ni de
día…” que su amorosa madre le
enseñara de pequeño. Inexorablemente,
como cada noche, el
piadoso descanso llegará.
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