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Graduado de papá con honores

Por Valentina Pereyra


Eligió ser papá full time, dejar su trabajo, los negocios y dedicar el día completo a la crianza de sus hijos. La tragedia que golpeó a su familia lo decidió. 
Un portarretratos de doble hoja asoma entre otros recuerdos que Eduardo Groenenberg tiene sobre un mueble que preside el hall de su casa. En una foto, un niño y en la otra, una niña. Ambos están en la orilla del mar en Claromecó, con una bombachita como malla y la piel bronceada. La pequeña señala con su mano derecha hacia el niño que mira a la cámara. Dos momentos distintos, el mismo lugar. Ella parece decir: “¿Quién es este rubio que está aquí al lado?” mientras la mirada circunspecta del nene muestra el interés que años después demostraría. 

El portarretratos de doble hoja. Eduardo y Betina; una unión predestinada

El amor nació en Claromecó durante la adolescencia. Los presentó Luciano Risso, primo de Betina, y Eduardo quedó inmediatamente impactado. 
Esos veranos eran más largos que estos veranos, las vacaciones eran más vacaciones, se extendían de diciembre a marzo. Las reuniones con amigos y los encuentros en la playa se cruzaron con las miradas. El calor estival hizo el resto y sus corazones reaccionaron al estímulo irremediable del amor. 
Eduardo terminó sus estudios secundarios en el Colegio Jesús Adolescente en el año ‘79 y al año siguiente comenzó a estudiar ingeniería en Buenos Aires. Fue a la Universidad Instituto Tecnológico de Buenos Aires hasta el ‘87 e hizo posgrados en filosofía, en economía y en finanzas. Betina cursó la carrera de abogacía en La Plata y habitualmente iba a Capital con sus padres Nora y Lito que atendía en un consultorio de esa ciudad.
En los ‘90 unieron sus vidas y se juraron amor hasta que la muerte los separe, y más también. 
Pasaron muchos años para que llegaran Violeta y Juan, demasiados, felicidad que los alcanzó cuando tenían más de cuarenta años. “Vivo en carne propia lo que significa ser padre después de querer tener hijos por mucho tiempo”.
Eduardo Groenenberg y sus hijos Violeta y Juan forman un muy buen equipo que hace el recorrido de esta vida apoyándose y compartiendo lo más importante que tienen las personas: el tiempo. “Todo el día andamos juntos, estamos siempre juntos”. 
Eduardo marca con su mano una línea divisoria en el aire. De un lado pone a la actualidad y del otro, el pasado, la niñez. “El contexto de la vida es muy diferente, nací en el 1º de septiembre del ‘61 cuando el mundo cambiaba radicalmente, el hombre empezaba su exploración al espacio y todo se precipitaba de forma vertiginosa hacia esta modernidad”. 
La mano se mueve en el living de su casa hacia el termo y sirve un mate, la misma mano regresa hacia el lado invisible de los tiempos de la escuela primaria. “Viví en el campo entre San Mayol y Ochandio, durante la semana pasábamos nuestros días en el Colegio Holandés. Los viernes o sábados nos iban a buscar y de nuevo al campo”. 
El espacio que imaginariamente ocupa el presente queda ahí estático porque la mano de Eduardo apenas lo roza. “Estamos llenos de cosas que le han hecho muy mal a la gente, mientras de chicos no teníamos casi nada, y, creo que tampoco grandes necesidades de cosas materiales”. 

La familia junta, compartiendo una tarde de playa en Claromecó

Cruza la frontera delineada entre el termo del mate que apoya sobre una mesa ratona en el living y su propio cuerpo, se estira y apoya la espalda en el respaldo del sillón, sonríe y mira hacia otro tiempo, “en el internado dormíamos y comíamos ahí, para mí, extraordinario porque estábamos todo el día con chicos jugando, algo que no está ocurriendo hoy. Hicimos la escolaridad con una sociedad y un mundo completamente distinto al que viven mis hijos, jugábamos todo el día al fútbol o con los autos a rulemanes. Hay una abismo que se generó con una brutal velocidad”. 
Eduardo hace una nueva diferenciación: el campo y la ciudad. “Tenía el privilegio de salir del colegio e ir al campo y encontrarme con mis primos con los que íbamos a pescar o cazar; creo que hoy los chicos no tienen esa posibilidad porque los campos se han despoblado, algo que es contra natura, pero ya no hay nadie viviendo ahí. La propuesta que da el campo es tan diferente que siento esa diferencia respecto a mi infancia y la de mis hijos que viven en la ciudad”. 
Con ambas palmas hacia abajo acaricia el aire en el que ubicó la frontera, “sin embargo se puede equilibrar esta vida en ambos ambientes”.
Otra vida 
Violeta tenía seis años y Juan cuatro cuando murió su mamá. Una tragedia que cambió sus vidas. 
Eduardo se levanta del sillón, camina hacia el mueble que aloja cientos de fotos, algunas rescatadas de sus álbumes y puestas a la vista, desnudas, otras en portarretratos. Desde allí señala las imágenes y reconstruye con ellas su historia. 
“Cuando fallece Betina, en diciembre de 2012, me quedé en Buenos Aires, pero luego, por la comodidad de mis hijos volví a Tres Arroyos y tomé el cargo en la Municipalidad como secretario de Obras Públicas; fue la primera vez que regresaba a vivir donde nací desde los ‘80. Después de casi dos años regresé a Capital y en marzo del año pasado de vuelta para acá”. 
Abre un álbum y recorre con los dedos las fotos que muestran a Juan recién nacido entre sus brazos, la sonrisa de Violeta enmarcada en el campo, en la playa, en el colegio. Otras que subrayan momentos recreativos, navidades, abrazos de su mamá, castillitos en la arena. 

Juntos desde el primer día. Eduardo y sus hijos hacen todo juntos

Violeta tiene 15 años y Juan 12, Eddie está por cumplir 60. “Soy un padre grande, estuvimos muchos años buscando a nuestros hijos. Soy un privilegiado de tenerlos, esa relación entre padres e hijos que nos conecta tanto… Cuando los tuve en brazos ya sentí esa conexión inmediatamente”. 
Fueron padres grandes, como dice Eduardo, y tenían una rutina intensa, armada desde lo profesional y familiar, por lo que reconfiguraron toda la vida para recibir a sus hijos, tan deseados, tan esperados. Betina era socia en uno de los estudios más importantes de Sudamérica y de Argentina y Eddie gerenciaba una empresa en la que se desempeñaba como desarrollador inmobiliario de forma profesional. “Tenía mi oficina en Esmeralda y Paraguay y Betina tenía la suya a dos cuadras, sobre Santa Fe, estaba a cargo de las sociedades comerciales, muy vinculada a los socios principales del estudios. Yo viajaba bastante por mi trabajo, pero cuando nacen los chicos la cosa cambió”. 
Las fotos testifican esos años felices, los asados en el rancho al aire libre, los atardeceres en Claromecó, los regalos al pie del arbolito, la inmensidad del amor en los besos que Betina da a sus hijos. “Cuando le detectan la enfermedad cerré la empresa para ponerme a criar a mis hijos que eran muy chiquitos, así que con más razón me dediqué totalmente a ellos”. 
La vida de Eduardo y sus hijos se reorganiza tras la muerte de Betina, al principio con ayuda de una muy buena empleada y con el padre de los pequeños que dejó de trabajar para atenderlos. “Acomodé mi situación financiera para poder vivir de acuerdo a mi patrimonio y poder ocuparme de mis hijos. Lo que haría una madre o la familia lo asumí solo, por eso renuncié a lo que tenía, cerré la empresa y reconfiguré mi situación para organizar todo y poder ocuparme de mis hijos, traté de resolver esa tragedia con lo que quedaba después de eso”. 
Juan y Violeta fueron a buenos colegios en Buenos Aires, Eduardo iba y venía con cuadernos, los llevaba, los traía para que no dejaran sus rutinas. “Violeta estaba muy bien, Juan no tanto, entonces decidí venir a Tres Arroyos para poder ir al campo y que las distancias fueran menores. Juan recibe atención de una maestra de apoyo que lo ayuda a salvar sus dificultades en lectoescritura, lo más importante para mí es que sea feliz, los padres tenemos la responsabilidad de criar hijos estables, sobre todo en la primera infancia”. 

Juntos desde el primer día. Eduardo y sus hijos hacen todo juntos (Goyo Fernández)


Crecer con amor 
Los hijos de Eduardo transitan la adolescencia por lo que la dinámica de familia es más sencilla porque son más independientes. Sin embrago, no sintió que le dieran trabajo cuando asumió solo su crianza un año y medio antes del fallecimiento de su esposa. “Ella tenía un diagnóstico de muerte, así que mientras transitó su enfermedad empecé a ocuparme al cien por cien de mis hijos”.
Los chicos pasaron por varias mudanzas a las que se adaptaron rápidamente, tanto en Buenos Aires como en Tres Arroyos. “En Capital Violeta se encuentra con su barra y, además, cuando termine la secundaria va a ir a estudiar a Buenos Aires”. 
El regreso a nuestra ciudad se produjo en marzo del año pasado, justo cuando se decretó la cuarentena, así que arribaron a la casa que había alquilado, largaron la mudanza y sin desembalar nada se fueron al campo. “Estuve unos meses y la pasamos bárbaro”. 
En un álbum con tapas gamuzadas y punteras de cuero de color verde se suceden las fotos que describen los cambios constructivos del “rancho a vela” al que fueron a vivir ni bien volvieron a nuestra ciudad. Sin luz eléctrica, con una cocina Istilart a leña, molino, tanque australiano, inmensidad, velas, farolas, un tocadiscos Winco, la casita del árbol, la leña, la radio, un almuerzo y la foto de Betina poniendo la mesa debajo de un árbol. “Allí estuvimos parte de la pandemia, cuando Violeta necesitó hacer las clases, sus vecinos tenían conectividad así que la acompañaba en bicicleta, le pasaba la suya por arriba del alambrado y desde ahí se iba hasta el campo de los vecinos a estudiar y luego el camino mismo de regreso unos tres kilómetros de ida y vuelta”. 
Luego de unos meses volvieron a la ciudad, pero regresan en los tiempos libres y fines de semana porque el campo, el rancho, es su lugar en el mundo. “Cuando los chicos sean grandes voy a vivir ahí, un lugar que conocí cuando era muy jovencito y me dejó su huella porque cuando quise entrar por primera vez, me lastimé con un alambre de púas que circundaba el lugar para que no entren los animales. Es la única herida que se ve que todavía tengo, el rancho me marcó”. 

Eduardo junto a la estufa, al lado del rincón en el que atesora los recuerdos más felices (Goyo Fernández)

Eduardo camina hacia el hall de entrada de su casa, se para frente a la estufa y gira para la rinconera que guarda piezas de arte y objetos de sumo valor sentimental. Levanta el portarretratos de doble hoja que lo acompaña desde que formaron una familia. Solían hacer bromas respecto a esas fotos. Las dos están sacadas en Claromecó en los años 60 cuando Eduardo y Betina eran niños pequeños y apenas habían aprendido a sostenerse agarrados de sus pies a la arena. Eddie muestra la imagen de Betina, que en la foto tiene unos dos años, señalando hacía adelante desde la orilla de la playa, como marcándole el camino. “Cuando Betina murió me abalancé sobre mis hijos y a partir de ese momento pasamos nuestro tiempo siempre juntos. Hay una dinámica escolar y de organización, todo lo hacemos juntos, no está su mamá compartiendo las decisiones, así que ahora lo hacemos entre todos. Violeta tiene un sentido de la realidad muy importante y vamos enfrentando la adolescencia. Confío en mi hija que tiene sentido común, te dice lo que necesita, es una nena con mucha masa y tenemos un diálogo permanente. Con Juan hacemos planes, es muy cariñoso y le gusta acompañarme, están creciendo y acompaño esos cambios”. 
En la biblioteca hay más de 600 libros que a Eduardo le gusta compartir con sus hijos. “Le presto algunos a Violeta que es lectora. Juan es un chico de esta era al que le encanta la computadora y si se la saco se sienta a mirar la tele, él disfruta del campo enormemente. Cuando voy en la semana, en los espacios no escolares, él me acompaña, van desde que nacieron al rancho al que íbamos con su mamá”. 
Las fotos recuerdan los abrazos de Betina que todavía sienten en la piel. Eduardo los abraza para que ese calorcito siga por siempre. Se abalanzó hacia sus hijos, no los ahogó, los acompañó para ser. Un padre todoterreno que vive de y por amor. Violeta y Juan le otorgaron el título que él recibió con honores.
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