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LUNES 15.07.2024
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El tren partió

Escribe Valentina Pereyra

Fotos Zulma López *

Baldomero esperó más de dos horas la llegada de Remigia. La vendedora de boletos le informó que el tren llegaría a las seis después de parar en cada estación para dejar o subir pasajeros, encomiendas y mercaderías. “El tren no pasa una vez”, pensó. 
El andén le pareció corto, hubiera necesitado más espacio para llevar su cuerpo de aquí para allá como bola sin manija. Hubiera deseado que ese maldito tren arribara a horario. 
Se acomodó el sombrero y entró a la sala donde se vendían los boletos para tomar un poco de aire fresco. Se acodó a la barra de madera que separaba la ventanilla de la sala de espera del pasaje y miró entre los barrotes hacia el descampado. 
“¡Cómo viajará en esa máquina infernal!” pensó y hasta tuvo dudas de que llegara sana y salva. 
La estación de tren de Tres Arroyos tejía historias mientras el silbato impertinente de la locomotora anunciaba una nueva partida. 
El reloj del andén, testigo de despedidas y bienvenidas, de pañuelos manchados de saludos y penas, marcaba despiadado las horas. 
Dos años después de la fundación de Tres Arroyos, los pobladores del lugar, todos los que había, se amontonaron al borde del nuevo camino de hierro, que ensamblaron los trabajadores del Ferrocarril del Sud, para recibir al primer tren que arribaba frenético e insolente. 
Habían pasado unos cuantos años de aquel histórico momento, pero Baldomero tuvo pocas veces el coraje para abordar el tren y sólo lo hizo por negocios. Los ingleses cubrieron el recorrido desde la capital hasta Bahía Blanca y fue ese gran avance que le permitió a Remigia visitar a sus abuelos y a Baldomero conocerla. Ella vivía en Juárez y el camino de las galeras se había vuelto bastante peligroso e inseguro para una joven de buena familia y educación impecable. 
Baldomero saltó a las vías y cruzó hacia el tinglado en el que esperaban los que abordaban desde Tres Arroyos a Capital. Buscó un banco y como no encontró se sentó arriba de unos sacos de harina apilados para llevar a los cargueros.

El tinglado ubicado frente a la estación, lugar donde se aprestaban los que viajaban desde Tres Arroyos hacia Capital

Acomodó su cabeza entre ambas manos y miró sin ver hacia los rieles relucientes que tenían pocos años. 
El jefe de la estación salió del hall principal acompañado del ayudante portador de la llave del buzón. Baldomero los vio atareados, uno aprestándose para recibir al pasaje y el otro, colocando y sacando buenas y malas noticias encerradas en papeles rectangulares o cuadrados surcados por letras más o menos redondeadas. 
Dos letreros de hierro esmaltado de Patent Enamel Co. Birmingham enmarcaban el ingreso a la estación de Tres Arroyos. Remigia los iba a leer y tendría la certeza de haber llegado, de que su amor la estaría esperando y que con permiso de sus padres podrían casarse.

Dos letreros de hierro esmaltado de Patent Enamel Co. Birmingham enmarcaban el ingreso a la estación de Tres Arroyos

Perdido en sus pensamientos imaginó a Remigia paseando por la orilla del mar. Se lo iba a proponer, así aprovechaban y sacaban boleto para Orense. Hacía dos años que Bartolomeo no visitaba los campos de esa zona, podría revisar los sembrados, hablar con el capataz con el que mantenía comunicación permanente a través de las cartas que llegaban por tren. Le mostraría a su futura esposa las tierras que tanto amaba. 
Pensó en la cuenta que abrió en el Banco Provincia unos años antes, ni bien inauguró la sucursal del pueblo, y recordó que ese mes podría duplicar su saldo cuando los cargueros, más veloces y eficaces que las carretas, llevaran toda la cosecha a Bahía y a Lobería. Tenía suficiente para construir la casa que deseaba compartir con Remigia. 
Sacó del bolsillo el reloj que había heredado de su abuelo y el papelito en el que la señorita de la boletería escribió el horario de arribo del tren. Faltaban quince minutos. 
El sol se metió sin permiso entre las cabriadas y golpeó la frente de Baldomero sin piedad. Debajo del chambergo apareció una gota de transpiración que le mojó un rulo endemoniado que no se fijó a la gomina. Se secó la frente con el puño de la manga de su saco y con un movimiento brusco se lo quitó para usarlo como abanico y aguantar la temperatura que bajaba del techo del tinglado. 
Un rato después aparecieron los obreros del molino y cargaron a la zorrita las bolsas de harina en las que se había sentado, para llevarlas al galpón principal a la espera del carguero que llegaría de un momento a otro desde Copetonas.
Sin asiento y muerto de calor, Baldomero volvió a cruzar las vías hacia la estación. 
De a poco se había empezado a poblar el lugar. Los parientes de los pasajeros, los curiosos, los que venían por sus correspondencias, los comerciantes en busca de las encomiendas y él. Las mujeres se apantallaban con sus bolsitos, los hombres buscaban guarecerse de los rayos irrespetuosos debajo de los letreros y otros cerca de las palancas desde donde un empleado manejaba los cambios de rieles. 

Las palancas de cambios de rieles

“Ya nadie viaja en diligencia”, pensó Baldomero al que el progreso lo había beneficiado más de la cuenta. Su abuelo y su padre padecieron los embates de los malones, los saqueos y los malos caminos que se construyeron bordeando los arroyos y esquivando a Cafulcurá. A él le había tocado otra época, ya el camino de las Postas recorría varios poblados y los carreros llevaban la mercadería y la siembra hacia las Casas de Comercio. El tren impulsó su negocio. 
Abrió una oficina cerca de la plaza principal y el trabajo como operador y comerciante de granos empezó a prosperar. 
A Remigia la conoció en su negocio una mañana del invierno del año anterior. Llegó con su abuelo, don Jorge Baldesarri, que tenía que cobrar un cheque por una venta realizada. Baldomero no pudo dejar de mirarla, fue eterno el momento en el que extendió su mano para saludar a la joven. Deslizó suavemente sus dedos por los de la chica y el frío del ardor estremeció su nuca. Ella sonrió y se apartó para que los hombres pudieran hablar sus temas de hombres. 
Baldomero escribió su dirección postal en un papelito que acurrucó entre el índice y el pulgar hasta dejarlo caer, en un descuido de Baldesarri, en la palma de su nieta. 
Los trenes cargueros pasaban a diario por la ciudad y Baldomero tenía la costumbre de acercarse hasta los galpones del barrio de la estación para controlar su embarque. De paso, esperaba a que el empleado encargado del buzón abriera la puerta para sacar su correspondencia. Si había mucha gente y tenía que esperar, caminaba hacia la fuente del león que rugía agua bendita. Allí los más religiosos se persignaran antes de montarse al tren que metía más miedo que confianza. 
Unos meses después de su encuentro con Remigia recibió la primera carta de la joven que le agradecía su amistad y le contaba cómo pasaba sus días en Juárez estudiando piano y aprendiendo bordado. 
Todos los domingos Baldomero esperaba al operario a cargo del buzón y dejaba la carta que viajaría hasta las manos de su amada. Y todos los viernes pasaba a buscar la respuesta de la chica.
En la anteúltima carta le propuso matrimonio y le envió el boleto de tren para Tres Arroyos. “Véngase mi querida y bien amada”, escribió. “Sus padres le darán permiso para visitar a sus abuelos. Una vez aquí, me presentaré a la casa del benemérito Baldesarri y le pediré su mano. Hemos hecho negocios juntos, me conoce bien y sé que no despreciará tal oportunidad de ver a su nieta bien casada y bien amada”. 
La última carta que recibió de Remigia la leyó sentado en un banco bajo el techo del andén. La impaciencia ganó su voluntad y sus dedos rasgaron el sobre sin cuidado. “Mi muy querido y amado Baldomero”, escribió la chica. “Mis padres me autorizaron para que viaje a visitar a mis abuelos. Ayer mi mamá me preguntó por el destinatario de las cartas que me ve escribir a diario. Cuando le dije que se trataba de un hacendado que conocí en Tres Arroyos, amigo de mi abuelo, me ha preguntado todo sobre usted. Casualmente, esa noche, invitaron a cenar al hijo del médico de Juárez del que mi mamá me habló mucho. La velada fue agradable, pero no pude dejar de pensar en usted y en lo poco que falta para verlo”. 
El humo anunció la llegada del tren, un pitido suave se filtró entre las acacias y confundió a los gorriones. Baldomero pegó el salto y se paró lo más cerca que pudo del borde del andén y quedó haciendo equilibrio para no caer a las vías. 
El amontonamiento y cotorrerío se multiplicó a medida de que el humo se hacía más visible y golpeaba a las nubes para abrirse paso. El silbido se convirtió en un pitido penetrante e inconfundible. El cambista y el operario que ayudaban a bajar los bultos y encomiendas se pararon en el extremo sur del andén mientras que el jefe de la estación chillaba con su pito para que la gente guardara fila cerca de la puerta de ingreso al hall.

La barra de madera separaba la ventanilla de la sala de espera del pasaje

La máquina furiosa y fría echaba fuego por la chimenea y las chispas de los frenos decoraban los rieles a lo largo del último trayecto hasta parar. 
El ayudante de carga bajó los paquetes, los baúles y arcones, los bultos, los linyeras esperaron su oportunidad para quedarse con algún objeto olvidado o comida que se cayera a las vías o en el andén, los parientes corrían de ventanilla en ventanilla y Baldomero paseó por las distintas bajadas esperando a que Remigia asomara su hermosa cara rosada y sus cabellos rojizos. 
Poco a poco el gentío se alejó y el jefe de estación le dio la orden al cambista para que prepare la palanca correspondiente, mientras controlaba en el nivel que los rieles se ajustaran a la medida necesaria para que no hubiera ningún accidente. 
Baldomero pidió permiso para subir al tren, buscó en todos los vagones, gritó el nombre de su amada, nadie respondió. Bajó y desesperado corrió hasta la confitería de la estación donde el guarda trataba de refrescarse bebiendo un gran vaso de agua. 
Le preguntó por una pasajera, por su pasajera, la describió y le dio su nombre. El hombre hurgó en los bolsillos de su uniforme y sacó el listado, Remigia no figuraba.
Corrió de nuevo hacia el andén y la buscó entre la gente. De pronto escuchó su nombre y se sobresaltó, era el operario encargado del buzón que le acercaba una carta. La abrió. 
“Mi muy querido Baldomero, quiero agradecerle su amistad y su amor. Mis padres tienen otros planes para mí y no puedo oponerme”. 
Y en el mismo sobre, otra nota más breve todavía. “Señor Auzmendi, le solicito dejar de escribirle cartas a mi hija, ya está comprometida y usted no hace más que confundirla”. 
Baldomero caminó hacia el cartel cegado por las lágrimas y la furia, escuchó el pitido. 
Cruzó las vías y el tren partió. 
*Integrante del grupo del taller de fotografía de Marianela Hut en el CCE. 
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