El desahogo de un clase 62
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Por Fernando Catalano
Cuarenta años después de la guerra encuentran a Marcelo Capriata con la serenidad y la claridad necesarias para poder separar al acontecimiento que lo devolvió de las islas enojado con quienes alentaron el conflicto, del sentimiento patriótico que lo llevó a transitar con ‘orgullo’ una experiencia al lado de sus compañeros con quienes cumplió “con el deber” que se les asignó.
Tiene muy en claro que no volvería a ser parte de ninguna guerra, condena tanto a la invasión de Inglaterra en Malvinas como la de Rusia en Ucrania. Si bien su corazón lo impulsaría a regresar a las islas, la razón lo lleva a ubicarse del lado de la paz. “La guerra es irracional, es el caos organizado, es tocar fondo”, afirmó el hoy empresario del rubro de la carne que en sus 74 días en el escenario de guerra llegó a ser prisionero de guerra, llevó a diario colgado un fusil que debió utilizar y vio cómo los ataques de artillería pesada, de los que llegó a ser blanco, se fueron naturalizando con el correr de las interminables jornadas.
Es por eso que las fechas vinculadas a la guerra lo encuentran siempre compartiendo momentos con los ex combatientes tresarroyenses, pero también con quienes supo forjar vínculos fuertes fuera de nuestra ciudad, como en Alvear donde este sábado tenía previsto estar para compartir momentos al lado de sus ex compañeros.
No obstante elige tomar distancia de todo evento que roce la intencionalidad política; entiende que ‘malvinizar’ es un deber que tiene por delante el Estado argentino para que los sucesos de la guerra no sólo se limiten a los actos anuales, sino que por ejemplo formen parte de los temas de estudio en las escuelas.
Es uno de ochos hermanos, y desde que volvió de la guerra, a pesar de la carga que ello supone, logró proyectar su vida en una empresa familiar. “Estoy orgulloso de haber participado al lado de gente que dio su vida sin otro interés que el de defender a la patria”, afirmó.
Conscripto a la guerra
De bajo perfil, Marcelo, aceptó hablar con la Voz el Pueblo con el tiempo necesario para sobrevolar su experiencia en la guerra. Tenía 20 años y le faltaban cuatro meses para recibir la baja. Por número alto le tocó hacer el servicio militar obligatorio de la Infantería de Marina, justo donde tenía ganas de llegar a tener su experiencia como ‘colimba’.
“No me mortificaba, no lo veía ni trágico ni grave, no estaba muy encaminado, y para mí también era una buena experiencia. A mí siempre me gustó el mar y me gustaba la idea de estar arriba de un buque”, dijo sobre su ingreso a ‘la colimba’.
“No me mortificaba, no lo veía ni trágico ni grave, no estaba muy encaminado, y para mí también era una buena experiencia. A mí siempre me gustó el mar y me gustaba la idea de estar arriba de un buque”, dijo sobre su ingreso a ‘la colimba’.
Después de dos meses de instrucción física en el Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina, en la ciudad de La Plata, fue trasladado a una compañía de ingenieros anfibios en la Base Naval de Puerto Belgrano.
“El 2 de abril nos agarra a todos muy de sorpresa. La compañía era chica, seríamos 90 conscriptos divididos en tres secciones. Me tocó la parte de comando de apoyo logístico, estaba de chofer del jefe y asistente. Pertenecíamos a la Fuerza de Apoyo Anfibio donde había dos batallones más”, contó.
“El 2 de abril nos agarra a todos muy de sorpresa. La compañía era chica, seríamos 90 conscriptos divididos en tres secciones. Me tocó la parte de comando de apoyo logístico, estaba de chofer del jefe y asistente. Pertenecíamos a la Fuerza de Apoyo Anfibio donde había dos batallones más”, contó.
(Goyo)
“Decían que los ingleses habían atacado Puerto Argentino, Uruguay dio la noticia cinco minutos antes que cayeran las bombas”, comentó abriendo los ojos buscando alguna explicación que aún no tiene
El y sus compañeros habían llegado a formar parte de esa unidad después de haber tenido una buena experiencia en la competencia interna de destrezas y disciplinas técnicas.
“Conocí a (Pedro) Giachino, había pasado al Batallón 1 de Marina, recuerdo haberle hecho una mudanza dentro de la fuerza, me regaló una insignia. Y también al cabo segundo Ernesto Urbina –que era enfermero de mi agrupación- tuve el privilegio de conocerlo”, comentó en relación al primer fallecido durante la recuperación provisoria de las islas, y sobre uno de los primeros heridos durante esos momentos.
“Conocí a (Pedro) Giachino, había pasado al Batallón 1 de Marina, recuerdo haberle hecho una mudanza dentro de la fuerza, me regaló una insignia. Y también al cabo segundo Ernesto Urbina –que era enfermero de mi agrupación- tuve el privilegio de conocerlo”, comentó en relación al primer fallecido durante la recuperación provisoria de las islas, y sobre uno de los primeros heridos durante esos momentos.
“Así nos enteramos”
“La noche previa al desembarco del 2 de abril estábamos en una formación, en una plaza de armas. Eramos 1800 soldados. El jefe de esa semana -Teniente Bardi- como había un poco de indisciplina nos llamó la atención”, recordó.
Mientras estaban en pleno ‘baile’ con ‘carrera mar, cuerpo a tierra’ les dijo: ‘parece mentira’. “Nos hizo ver que éramos unos chiquilines cuando había compañeros nuestros que estaban entrando en guerra. Y miro a uno como quien no cree”, repasó Marcelo para describir el contexto en el que comenzaron a darse cuenta que algo pasaba, aunque los superiores aun no les informaban.
Pero al día siguiente encontraron la bandera a media asta. Los cocineros que les preparaban el desayuno y que estaban arriba desde las 3 de la mañana, comenzaron a susurrarles que se habían recuperado las Malvinas, mientras les servían el mate cocido con pan.
“Así nos enteramos. Después nos llevaron a la formación, nos dieron el parte y contaron sobre el desembarco. Nos pusimos a trabajar para alistarnos. Fuimos elegidos porque habíamos sido una compañía que se había destacado en el año naval. Salimos en tres vuelos, fui en un Hércules de la Fuerza Aérea con otros 36 hombres y dos camionetas”, describió.
“Así nos enteramos. Después nos llevaron a la formación, nos dieron el parte y contaron sobre el desembarco. Nos pusimos a trabajar para alistarnos. Fuimos elegidos porque habíamos sido una compañía que se había destacado en el año naval. Salimos en tres vuelos, fui en un Hércules de la Fuerza Aérea con otros 36 hombres y dos camionetas”, describió.
Salieron hacia las islas el 7 de abril después de haber tenido todo el equipamiento listo desde hacía dos días, y al llegar fueron destinados a las afueras de Puerto Argentino.
“Fuimos para empezar con la defensa. Después de ocupar las islas, nos encargamos de hacer obstáculos y campos minados. Estuvimos veinte días trabajando sobre el terreno hasta el 2 de mayo cuando hundieron al crucero General Belgrano. También fue el primer ataque aéreo a la isla con bombas al aeropuerto. Estábamos a siete kilómetros pero ubicados sobre el mar. Lo vimos como por televisión, en vivo y en directo”, dijo en referencia al primer ataque inglés.
“Fuimos para empezar con la defensa. Después de ocupar las islas, nos encargamos de hacer obstáculos y campos minados. Estuvimos veinte días trabajando sobre el terreno hasta el 2 de mayo cuando hundieron al crucero General Belgrano. También fue el primer ataque aéreo a la isla con bombas al aeropuerto. Estábamos a siete kilómetros pero ubicados sobre el mar. Lo vimos como por televisión, en vivo y en directo”, dijo en referencia al primer ataque inglés.
“Nos encargamos de hacer obstáculos y campos minados. Estuvimos veinte días trabajando sobre el terreno hasta el 2 de mayo cuando hundieron al crucero General Belgrano”, contó Capriata
Curiosamente recuerda que aquella primera agresión les fue ‘anunciada’ mientras escuchaban radio Carve, de Uruguay. “Decían que los ingleses habían atacado Puerto Argentino, Uruguay dio la noticia cinco minutos antes que cayeran las bombas”, comentó abriendo los ojos buscando alguna explicación que aún no tiene.
De todas maneras debió pasar algo que definitivamente lo hizo entrar en razón sobre lo que estaba pasando. Ocurrió que un avión de la Fuerza Aérea Argentina pareció haber atacado a sus propios soldados en tierra. “Era un caza ametrallando, le habían tirado, era nuestro. El piloto se eyectó y murió; pero sus balas picaban cerca nuestro. Me tuve que tirar cuerpo a tierra y mi compañero quedo shokeado, lo manoteo y lo tiro”, sostuvo al describir la reacción que lo hizo caer definitivamente.
“Después vas naturalizando los hechos. Vivís con el arma colgando permanentemente, el fusil cargado. También hacíamos voladura de las bombas con retardo que tiraban los ingleses, había que hacerlas detonar”, explicó.
“Después vas naturalizando los hechos. Vivís con el arma colgando permanentemente, el fusil cargado. También hacíamos voladura de las bombas con retardo que tiraban los ingleses, había que hacerlas detonar”, explicó.
Base criolla
Entre los logros de las acciones bélicas de las que participó destaca especialmente la forma en que se las arreglaron para disparar un misil Exocet, desde tierra, cuando sólo habían sido confeccionados para ser dirigidos desde un buque a otro.
“Fue un logro de los argentinos. Eran mar-mar, de buque a buque, luego se implementó en los aviones Súper Etendard. Como Argentina ya sufría el embargo de armas no podía recibir armamento y los franceses nos habían vendido las armas a medias. Entonces se dijo que podía ser tirado desde una platea de tierra cuando se acercaran los buques de noche a hacer el ablandamiento con los cañones. Las fragatas barrían y bombardeaban con artillería toda la noche donde estaban las tropas”, contó Marcelo.
“Fue un logro de los argentinos. Eran mar-mar, de buque a buque, luego se implementó en los aviones Súper Etendard. Como Argentina ya sufría el embargo de armas no podía recibir armamento y los franceses nos habían vendido las armas a medias. Entonces se dijo que podía ser tirado desde una platea de tierra cuando se acercaran los buques de noche a hacer el ablandamiento con los cañones. Las fragatas barrían y bombardeaban con artillería toda la noche donde estaban las tropas”, contó Marcelo.
Una vez diseñada la plataforma que se necesitaba para tirar el Exocet desde tierra, todas las noches para que los ingleses no sepan que los soldados argentinos contaban con ese misil, dispusieron de una logística diaria para ocultarlo.
“Era un carro con dos misileras, con un gran generador. Se instalaba una unidad de tiro, un radar arriba de una camioneta, y todas las noches se lo sacaba y lo llevábamos al lugar –supuestamente- indicado para tirar. Era cerca del aeropuerto, era bajo y a la altura de un buque. Se ponían todas las noches la misileras, se instalaba y a la madrugada se sacaba. El tema era que el buque se tenía que poner en el blanco. Fue un logro importante, se hizo un engendro con una unidad de tiro de una antiaérea inglesa, hasta con elementos ingleses se armó ese artefacto”, dijo el ex combatiente tresarroyense.
“Era un carro con dos misileras, con un gran generador. Se instalaba una unidad de tiro, un radar arriba de una camioneta, y todas las noches se lo sacaba y lo llevábamos al lugar –supuestamente- indicado para tirar. Era cerca del aeropuerto, era bajo y a la altura de un buque. Se ponían todas las noches la misileras, se instalaba y a la madrugada se sacaba. El tema era que el buque se tenía que poner en el blanco. Fue un logro importante, se hizo un engendro con una unidad de tiro de una antiaérea inglesa, hasta con elementos ingleses se armó ese artefacto”, dijo el ex combatiente tresarroyense.
“El primer disparó erró. El segundo no salió. Pero el tercero dio en el blanco –vía radar a 36 kilómetros de distancia- pero se lo adjudicaron a la Fuerza Aérea para no delatar la posición. Los ingleses nunca supieron que el misil ese estaba ahí”, apuntó.
Incluso durante una noche en la que Marcelo participaba de la custodia del Exocet, los ingleses comenzaron a barrer la costa con artillería. La sensación entre los soldados argentinos era que habían sido descubiertos, y en consecuencia dejaron la posición con el poderoso misil incluido.
(Goyo)
Fue un logro importante, se hizo un engendro con una unidad de tiro de una antiaérea inglesa, hasta con elementos ingleses se armó ese artefacto”, dijo al describir cómo se disparó exitosamente el Exocet
Pero a unos cincuenta metros el enemigo volvió sobre sus pasos, sin descubrir la posición de los argentinos.
La inesperada reacción de un superior, con la que Marcelo afirmó no estar de acuerdo, fue la de dejar a la vista el dispositivo “para que vean de qué somos capaces los argentinos”.
La inesperada reacción de un superior, con la que Marcelo afirmó no estar de acuerdo, fue la de dejar a la vista el dispositivo “para que vean de qué somos capaces los argentinos”.
Rápidamente aclaró que a “esa arma la patentaron, hoy la tienen ellos en Gibraltar montada sobre cañones. Es una base para disparar Exocet de tierra a un misil mar-mar. Tendríamos que haberla destruido para que no la descubran y después reconstruirla”, dijo lamentándose.
Días de guerra
Mientras transcurrieron los últimos días en el escenario de la guerra, Marcelo, también tuvo que lidiar con escenas sacadas de una película.
“En varias oportunidades me tocaron ataques sorpresa estando solo. Eran los que más sufría porque tuve que tomar decisiones y de eso dependía mi vida. Había que llevar cosas, buscar gente, alimentos. Una vez cruzando la pista veo que había soldados que empiezan a correr en un alerta rojo por un ataque aéreo; me tiré de la camioneta, corrí a un costado porque las bombas que ellos tiraban hacían un agujero de un diámetro de seis metros -por cuatro de profundidad- después emanaba agua. Corrí buscando alguna piedra para que no me alcance una explosión; entonces crucé el agujero de una bomba y me quedé ahí con el agua hasta la cintura. Dos bombas en el mismo lugar no pueden caer, pensé”, dijo al relatar uno de aquellos momentos.
“En varias oportunidades me tocaron ataques sorpresa estando solo. Eran los que más sufría porque tuve que tomar decisiones y de eso dependía mi vida. Había que llevar cosas, buscar gente, alimentos. Una vez cruzando la pista veo que había soldados que empiezan a correr en un alerta rojo por un ataque aéreo; me tiré de la camioneta, corrí a un costado porque las bombas que ellos tiraban hacían un agujero de un diámetro de seis metros -por cuatro de profundidad- después emanaba agua. Corrí buscando alguna piedra para que no me alcance una explosión; entonces crucé el agujero de una bomba y me quedé ahí con el agua hasta la cintura. Dos bombas en el mismo lugar no pueden caer, pensé”, dijo al relatar uno de aquellos momentos.
En otra ocasión mientras hacía la voladura de una bomba con retardo –junto a ingenieros- tuvieron que evadir el ataque de otro avión que descargó una bomba que viajó paralela a la tierra a unos 20 metros encima de ellos, y pudieron ver cómo ‘hacía patito” sobre una pista delante de sus ojos para luego explotar a 200 metros de su ubicación.
En ese mismo sitio, al verse en desventaja, se despertó la creatividad. Sobre ese mismo trazado dibujaron un cráter con arena para que a la vista de los aviones se viera un pozo de bomba, para que no tiren más. Y funcionó. Hasta los Hércules propios lo esquivaban.
Otra anécdota que Marcelo enumeró lo colocó en una trinchera esperando que concluyera un ataque aéreo. Una vez finalizado debió atravesar los galpones del aeropuerto y cruzar la pista para buscar a un oficial, y al regreso una falla en la camioneta hizo que ésta se detuviera, mientras pudo volver a poner en marcha el vehículo estalló el galpón por el que debían pasar y que había sido atacado.
En su interior había quedado una bomba con retardo que nadie había advertido. “Esos diez segundos en los que falló la camioneta me salvaron la vida”, dijo al repasar los recuerdos de su paso por la guerra con 20 años de edad.
Una semana prisionero
La batalla del Monte Tumbledown fue para Marcelo Capriata la más dura que pudo ver a lo largo del conflicto. Fue la que terminó con la rendición del ejército argentino.
A partir de esa circunstancia los soldados de ambas naciones llegaron a convivir en las calles de Malvinas aun armados, pero con la guerra concluida.
Los argentinos debieron entregar las armas y en su caso Marcelo tuvo que dejar en la casa de la gobernación los registros de los campos minados.
“El trato no fue malo, había actitudes verbales feas, recuerdo haber andado con el fusil al hombro un día más hasta que dejamos las armas”, contó.
Los argentinos debieron entregar las armas y en su caso Marcelo tuvo que dejar en la casa de la gobernación los registros de los campos minados.
“El trato no fue malo, había actitudes verbales feas, recuerdo haber andado con el fusil al hombro un día más hasta que dejamos las armas”, contó.
La condición de prisionero se extendió por varios días más. En una oportunidad, contó que fueron llevados al aeropuerto para esperar que los vayan a buscar. “Había una incertidumbre bárbara por lo que iban a hacer con nosotros; venía un helicóptero inglés cargada 40 de los nuestros, se los llevaba a un buque. Y después supimos que en un buque trasladaron a los prisioneros de guerra hasta Puerto Madryn. Pero imaginábamos que te subían y te tiraban al mar”, confesó.
Durante esos días no les faltó comida, pudieron alimentarse con las sobras de alimentos que ellos mismos tenían.
Antes de iniciar el viaje de regreso al continente, Marcelo recordó que un oficial inglés en un correcto español los despidió. Les dio la mano y les dijo: “lo lamento mucho las guerras son así, algunos ganan, otros pierden”.
Antes de iniciar el viaje de regreso al continente, Marcelo recordó que un oficial inglés en un correcto español los despidió. Les dio la mano y les dijo: “lo lamento mucho las guerras son así, algunos ganan, otros pierden”.
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(Goyo)
“Hacía una semana nos estábamos matando y este tipo se tiró en la cubierta de panza, quedó todo mojado y embarrado para rescatar al ‘flaco’ que se había caído, yo ni reaccioné. Le dieron hasta ropa de ellos porque quedaban como 15 minutos hasta salir de las islas”, recordó
No fue la única actitud con la que resultó sorprendido el ex combatiente tresarroyense de Malvinas, porque una vez que subió a los remolcadores que luego los llevarían al buque para el viaje de regreso al país, ocurrió algo más.
“Había dos ingleses jovencitos que te agarraban del brazo para que dieras un salto de un metro, te ayudaban a pasar. Termino de pasar y siento atrás mío ‘plaf’; lo único que vi fue la gorra. El que venía atrás mío se cayó al agua, venía muy pegado a mí. Me quedé inmóvil. No tuve ni reflejos, pero los dos ingleses que estaban ahí se tiraron cuerpo a tierra en el barco, lo manotearon y lo sacaron. Hacía una semana nos estábamos matando y este tipo se tiró en la cubierta de panza, quedó todo mojado y embarrado para rescatar al ‘flaco’ que se había caído, yo ni reaccioné. Le dieron hasta ropa de ellos porque quedaban como 15 minutos hasta salir de las islas. Se vino con ropa de los ingleses”, describió.
“Había dos ingleses jovencitos que te agarraban del brazo para que dieras un salto de un metro, te ayudaban a pasar. Termino de pasar y siento atrás mío ‘plaf’; lo único que vi fue la gorra. El que venía atrás mío se cayó al agua, venía muy pegado a mí. Me quedé inmóvil. No tuve ni reflejos, pero los dos ingleses que estaban ahí se tiraron cuerpo a tierra en el barco, lo manotearon y lo sacaron. Hacía una semana nos estábamos matando y este tipo se tiró en la cubierta de panza, quedó todo mojado y embarrado para rescatar al ‘flaco’ que se había caído, yo ni reaccioné. Le dieron hasta ropa de ellos porque quedaban como 15 minutos hasta salir de las islas. Se vino con ropa de los ingleses”, describió.
El buen trato recibido de parte del enemigo lo impactó. Sobre todo porque supo que compañeros suyos fueron castigados por ´saquear´ contenedores con alimentos.
Una vez en Argentina recuerda que las autoridades del ejercito los ‘guardaron’ en un galpón del puerto. “A la segunda noche nos sacaron y nos embarcaron. Me tocó volver en el rompehielos Almirante Irizar de la Armada, y a los diez días nos dieron la baja”, dijo al terminar la entrevista que quedó registrada. Pero la charla todavía tuvo, al menos, una hora más por delante.
Una vez en Argentina recuerda que las autoridades del ejercito los ‘guardaron’ en un galpón del puerto. “A la segunda noche nos sacaron y nos embarcaron. Me tocó volver en el rompehielos Almirante Irizar de la Armada, y a los diez días nos dieron la baja”, dijo al terminar la entrevista que quedó registrada. Pero la charla todavía tuvo, al menos, una hora más por delante.

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