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      El legado

      6 de noviembre de 2022 | 09:39
      El legado
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      Iris perdió la inocencia, el asombro
      y la confianza hacia la gente. Antes creía
      en las personas y se daba sin reparos. Eso
      era antes. Ahora estaba apagada y quería
      recuperar la alegría, las ganas de creer, la
      esperanza, pero no sabía cómo. Entonces
      comenzaron los sueños…

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       En el primero, su querida abuela Venus (fallecida
      cuatro años antes) estaba en la cocina
      junto a su hijo (padre de Iris) preparando un
      baño para las medialunas rellenas con dulce
      de membrillo. Ella se encontraba junto a su
      entrañable abuela, dejándose llevar por el
      aroma de la masa crujiente y por sus palabras
      explicándole cómo era la preparación: 

      – “Con esta rica masa, a los que invites se
      sentirán como en su casa”.
       Al despertar, le quedó una sensación de calidez
      y cercanía con aquella niña que alguna
      vez fue y que su abuela tanto había mimado. 
      La noche siguiente soñó que Venus cocinaba
      unos riquísimos alfajores de maicena con
      un baño de limón, sus preferidos. Esa receta
      única que sólo ella podía hacer, con el sabor
      a cuentos de hadas, duendes, príncipes-sapos
      y torres de caramelos; con sabor a su suave
      sonrisa y el olor a violetas de su piel. 
      – “Los alfajores de maicena, te van a aliviar
      las penas”- le decía abrazándola. 
      A la mañana, Iris se despertó más confiada,
      envuelta en el perfume de la infancia perdida
      que venía a su recuerdo como un soplo de
      aire fresco para su alma hecha un ovillo. 
      Otra vez, se le apareció en sueños cortando
      mitades de pomelo con azúcar y vino. Se sentaban,
      conservando el mismo lugar de siempre
      en la mesa para comerlos y le señalaba:
       – “Para cambiar tu destino, comé pomelos
      con vino”. 
      Esta serie de encuentros oníricos con su
      abuela la estaban transformando poco a
      poco. Eran recuerdos mágicos de cuando se
      sentía alegre y despreocupada. Cuando la
      llamaban “torbellino” porque se llevaba el
      mundo por delante y repartía sonrisas entre
      la gente. ¿Dónde había ido a parar aquella
      niña? 
      En un sueño, Venus preparaba una perdiz
      cazada por su hijo Juan: le cortaba las patas
      y alas y la cocinaba en una cacerola con salsa
      y condimentos, para luego agregarle arroz.
      Ese aroma entre amargo y dulce como la vida,
      le provocaba algo especial en sus sentidos
      llevándola a otra época. 
      – “Con la perdiz, recordarás para siempre
      este tiempo feliz”- le susurraba al oído. 
      Iris volvió a soñar: tenía 4 años y jugaba
      junto a sus primos en el campo. Venus le
      hacía “yemita” en los vasos Durax, que
      consistía en una mezcla de yema de huevo,
      oporto y azúcar. Ellos revolvían y revolvían,
      en un concierto de cucharitas, imaginándose
      grandes y altos por seguir los sanos consejos
      de la abuela.
       – “Con esta yema de huevo, comenzarás
      de nuevo”. 

      – “No pierdas la chispa, acordate de lo que
      sos. Volvé, volvé…”.
       Iris se despertaba
      reviviendo tan bellos momentos, sintiendo
      y deseando ser aquella nena que buscaba
      entre los matorrales los huevos escondidos. O
      cuando se levantaba con el rocío y montada
      en el petizo, atravesaba el campo junto a
      su padre, arreando vacas de un lote a otro.
      Y se sentía libre y feliz, en contacto con la
      naturaleza que como toda receta, se necesita
      disfrutarla para que sea sabrosa. 
      Recordó también cuando Venus cocinaba
      dulce de leche en la olla grande de cobre y
      lo revolvía con una cuchara de madera. El
      aroma impregnaba la cocina y salía al patio,
      entonces los chicos raspaban la olla. Ese dulce
      tibio de color claro lo comían sobre las galletas
      sentados en el banco de la galería, espantando
      moscas.
       En los días de tormenta, por temor a que
      el granizo estropeara los sembrados, Venus
      realizaba un raro ritual: dibujaba cruces con
      sal en la tierra, murmurando oraciones que
      misteriosamente detenían la catástrofe. Por
      esto y por otros hechos mágicos, Iris creía que
      tenía algo de maga. 
      Revivir las noches de verano sin luz, con velas
      y faroles, mucho cuento de abuela y fantasía;
      disputándose el lugar para poder dormir en
      el cuarto con ella. Volaba la imaginación inventando
      juegos: por ejemplo a la farmacia,
      donde usaban las hojas de eucalipto como
      remedio para el dolor de garganta. Soñaban,
      claro no tenían televisor y existía un mundo
      maravilloso por explorar.
       La emoción de andar por primera vez en
      bicicleta sola, sin rueditas, con los pies que
      apenas alcanzaban los pedales y tenía todo
      el monte, la hilera de árboles como un túnel
      que le daba la bienvenida a internarse en esa
      aventura. 
      Le parecía escuchar el sonido del chorro
      de agua helada que salía de la canilla de la
      carnicería. Quizás por su cercanía al molino,
      el líquido que tomaban y se refrescaban tenía
      una pureza y frescura incomparable que era
      un remanso para los días de verano. Si se carneaba,
      los mayores llamaban a los pequeños
      para comer un sándwich de morcilla recién
      hecha, carne tierna con los sabores únicos de
      la tierra y el pasto, de animales alimentados
      naturalmente. 
      Se veía corriendo junto a sus primos cazando
      bichitos de luz e imaginando que eran creaturas
      mágicas. Y la vez que al poner las orejas
      en el suelo, les parecía escuchar el lenguaje
      de las hormigas. 
      Recordó cuando su papá atrapó un escuerzo
      y le hizo pis en los ojos, encegueciéndolo por
      unos minutos. 
      Se acordó cuando con su prima Violeta encontraron
      una culebra y tocaron la flauta, con
      la intención de encantarla y que se moviera al
      ritmo de la melodía. Por suerte salieron ilesas
      de la experiencia, pero por supuesto recibieron
      un gran reto. 
      Cuando los mayores los obligaban a dormir
      la siesta, tiempo de descanso que se les hacía
      interminable, ya que nunca dormían esperando
      ansiosos por bañarse en el tanque. 
      Evocó con nostalgia cómo esperaban la
      llegada de sus abuelos y tías del pueblo con
      libros de cuentos, golosinas y juguetes. Ella y
      sus primos se quedaban parados en la entrada
      del monte y saltaban de alegría cuando veían
      el viejo auto aparecer. 
      Por las noches de calor se tiraban en el
      pasto para mirar el cielo abierto y puro, así
      contemplaban la caída de una estrella fugaz
      con sorpresa y estremecimiento, para pedir
      un deseo. 
      Iris no volvió a soñar con su abuela pero
      algo sucedió en el cumpleaños número uno
      de su hija. Había heredado de Venus algunos
      utensilios de cocina como la batidora, balanza,
      moldes, palo de amasar, espátula, aunque los
      tenía olvidados en un rincón. Ese día, cuando
      fue a hacer la torta se acordó de dichos elementos
      y los colocó sobre la mesa. Cuando se
      disponía a realizar la preparación sintió una
      presencia sutil a sus espaldas. No tuvo miedo,
      sus manos eran guiadas con precisión en la
      mezcla de ingredientes y una voz susurrante le
      indicaba los movimientos. –“Tamizá la harina
      despacio”, –“Batí la manteca con el azúcar”,
      -“Agregá los huevos, el chocolate blando y una
      cucharadita de esencia de vainilla”. Y así paso
      a paso, hasta finalizar el proceso. Entonces le
      invadió una sensación de confianza y familiaridad
      y cuando sacó la torta del horno, supo
      que sería la mejor, la más deliciosa que haría. 
      Comprendió el mensaje que Venus le dejó:
      en la vida como en las recetas hay que ir al
      corazón, a la esencia que a veces olvidamos…
      Porque lo auténtico, lo verdadero se transmite,
      se recupera. La cocina requiere de un ritual, ese
      legado que le dejó Venus y que Iris lo guardó
      para que nunca, nunca se pierda y llegue a
      su pequeña hija Alma y a los miembros de la
      familia que están por venir.
      * La autora es tresarroyense, periodista y escritora
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