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MARTES 18.06.2024
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El legado

Iris perdió la inocencia, el asombro
y la confianza hacia la gente. Antes creía
en las personas y se daba sin reparos. Eso
era antes. Ahora estaba apagada y quería
recuperar la alegría, las ganas de creer, la
esperanza, pero no sabía cómo. Entonces
comenzaron los sueños…

 En el primero, su querida abuela Venus (fallecida
cuatro años antes) estaba en la cocina
junto a su hijo (padre de Iris) preparando un
baño para las medialunas rellenas con dulce
de membrillo. Ella se encontraba junto a su
entrañable abuela, dejándose llevar por el
aroma de la masa crujiente y por sus palabras
explicándole cómo era la preparación: 

– “Con esta rica masa, a los que invites se
sentirán como en su casa”.
 Al despertar, le quedó una sensación de calidez
y cercanía con aquella niña que alguna
vez fue y que su abuela tanto había mimado. 
La noche siguiente soñó que Venus cocinaba
unos riquísimos alfajores de maicena con
un baño de limón, sus preferidos. Esa receta
única que sólo ella podía hacer, con el sabor
a cuentos de hadas, duendes, príncipes-sapos
y torres de caramelos; con sabor a su suave
sonrisa y el olor a violetas de su piel. 
– “Los alfajores de maicena, te van a aliviar
las penas”- le decía abrazándola. 
A la mañana, Iris se despertó más confiada,
envuelta en el perfume de la infancia perdida
que venía a su recuerdo como un soplo de
aire fresco para su alma hecha un ovillo. 
Otra vez, se le apareció en sueños cortando
mitades de pomelo con azúcar y vino. Se sentaban,
conservando el mismo lugar de siempre
en la mesa para comerlos y le señalaba:
 – “Para cambiar tu destino, comé pomelos
con vino”. 
Esta serie de encuentros oníricos con su
abuela la estaban transformando poco a
poco. Eran recuerdos mágicos de cuando se
sentía alegre y despreocupada. Cuando la
llamaban “torbellino” porque se llevaba el
mundo por delante y repartía sonrisas entre
la gente. ¿Dónde había ido a parar aquella
niña? 
En un sueño, Venus preparaba una perdiz
cazada por su hijo Juan: le cortaba las patas
y alas y la cocinaba en una cacerola con salsa
y condimentos, para luego agregarle arroz.
Ese aroma entre amargo y dulce como la vida,
le provocaba algo especial en sus sentidos
llevándola a otra época. 
– “Con la perdiz, recordarás para siempre
este tiempo feliz”- le susurraba al oído. 
Iris volvió a soñar: tenía 4 años y jugaba
junto a sus primos en el campo. Venus le
hacía “yemita” en los vasos Durax, que
consistía en una mezcla de yema de huevo,
oporto y azúcar. Ellos revolvían y revolvían,
en un concierto de cucharitas, imaginándose
grandes y altos por seguir los sanos consejos
de la abuela.
 – “Con esta yema de huevo, comenzarás
de nuevo”. 

– “No pierdas la chispa, acordate de lo que
sos. Volvé, volvé…”.
 Iris se despertaba
reviviendo tan bellos momentos, sintiendo
y deseando ser aquella nena que buscaba
entre los matorrales los huevos escondidos. O
cuando se levantaba con el rocío y montada
en el petizo, atravesaba el campo junto a
su padre, arreando vacas de un lote a otro.
Y se sentía libre y feliz, en contacto con la
naturaleza que como toda receta, se necesita
disfrutarla para que sea sabrosa. 
Recordó también cuando Venus cocinaba
dulce de leche en la olla grande de cobre y
lo revolvía con una cuchara de madera. El
aroma impregnaba la cocina y salía al patio,
entonces los chicos raspaban la olla. Ese dulce
tibio de color claro lo comían sobre las galletas
sentados en el banco de la galería, espantando
moscas.
 En los días de tormenta, por temor a que
el granizo estropeara los sembrados, Venus
realizaba un raro ritual: dibujaba cruces con
sal en la tierra, murmurando oraciones que
misteriosamente detenían la catástrofe. Por
esto y por otros hechos mágicos, Iris creía que
tenía algo de maga. 
Revivir las noches de verano sin luz, con velas
y faroles, mucho cuento de abuela y fantasía;
disputándose el lugar para poder dormir en
el cuarto con ella. Volaba la imaginación inventando
juegos: por ejemplo a la farmacia,
donde usaban las hojas de eucalipto como
remedio para el dolor de garganta. Soñaban,
claro no tenían televisor y existía un mundo
maravilloso por explorar.
 La emoción de andar por primera vez en
bicicleta sola, sin rueditas, con los pies que
apenas alcanzaban los pedales y tenía todo
el monte, la hilera de árboles como un túnel
que le daba la bienvenida a internarse en esa
aventura. 
Le parecía escuchar el sonido del chorro
de agua helada que salía de la canilla de la
carnicería. Quizás por su cercanía al molino,
el líquido que tomaban y se refrescaban tenía
una pureza y frescura incomparable que era
un remanso para los días de verano. Si se carneaba,
los mayores llamaban a los pequeños
para comer un sándwich de morcilla recién
hecha, carne tierna con los sabores únicos de
la tierra y el pasto, de animales alimentados
naturalmente. 
Se veía corriendo junto a sus primos cazando
bichitos de luz e imaginando que eran creaturas
mágicas. Y la vez que al poner las orejas
en el suelo, les parecía escuchar el lenguaje
de las hormigas. 
Recordó cuando su papá atrapó un escuerzo
y le hizo pis en los ojos, encegueciéndolo por
unos minutos. 
Se acordó cuando con su prima Violeta encontraron
una culebra y tocaron la flauta, con
la intención de encantarla y que se moviera al
ritmo de la melodía. Por suerte salieron ilesas
de la experiencia, pero por supuesto recibieron
un gran reto. 
Cuando los mayores los obligaban a dormir
la siesta, tiempo de descanso que se les hacía
interminable, ya que nunca dormían esperando
ansiosos por bañarse en el tanque. 
Evocó con nostalgia cómo esperaban la
llegada de sus abuelos y tías del pueblo con
libros de cuentos, golosinas y juguetes. Ella y
sus primos se quedaban parados en la entrada
del monte y saltaban de alegría cuando veían
el viejo auto aparecer. 
Por las noches de calor se tiraban en el
pasto para mirar el cielo abierto y puro, así
contemplaban la caída de una estrella fugaz
con sorpresa y estremecimiento, para pedir
un deseo. 
Iris no volvió a soñar con su abuela pero
algo sucedió en el cumpleaños número uno
de su hija. Había heredado de Venus algunos
utensilios de cocina como la batidora, balanza,
moldes, palo de amasar, espátula, aunque los
tenía olvidados en un rincón. Ese día, cuando
fue a hacer la torta se acordó de dichos elementos
y los colocó sobre la mesa. Cuando se
disponía a realizar la preparación sintió una
presencia sutil a sus espaldas. No tuvo miedo,
sus manos eran guiadas con precisión en la
mezcla de ingredientes y una voz susurrante le
indicaba los movimientos. –“Tamizá la harina
despacio”, –“Batí la manteca con el azúcar”,
-“Agregá los huevos, el chocolate blando y una
cucharadita de esencia de vainilla”. Y así paso
a paso, hasta finalizar el proceso. Entonces le
invadió una sensación de confianza y familiaridad
y cuando sacó la torta del horno, supo
que sería la mejor, la más deliciosa que haría. 
Comprendió el mensaje que Venus le dejó:
en la vida como en las recetas hay que ir al
corazón, a la esencia que a veces olvidamos…
Porque lo auténtico, lo verdadero se transmite,
se recupera. La cocina requiere de un ritual, ese
legado que le dejó Venus y que Iris lo guardó
para que nunca, nunca se pierda y llegue a
su pequeña hija Alma y a los miembros de la
familia que están por venir.
* La autora es tresarroyense, periodista y escritora
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