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DOMINGO 23.06.2024
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Consejo de mujer

¡Qué pinta tenía el turco! y cuántos nombres. Yo era chica, pero no sé qué era, si el convertible blanco, el oro del reloj y los anillos o los ojos, pero tenía mucho arrastre, tanto como nombres. Para mi mamá era Pepito, para la madre de él Josecito, para la hermana José, para la novia Negro y para la secretaria el señor Abraham. Sí, Graciela lo llamaba por el apellido, pero usted sabe que eso no quiere decir nada, aunque se traten de usted.

El nombre, más que por sí mismo, vale por cómo se lo dice y cómo se lo escucha. Emisor y receptor, podía ser más dulce el apellido que el apodo Negro, sólo por la forma en cómo se o decía y la manera en que se sentía y escuchaba.
La novia pronto dejó de serlo para convertirse en esposa. Intervino la madre de ella y le dijo al turco, único candidato:
 – ¿Ve este jarrón? Es grande y pesado. Si en un mes no se casa con Susanita se lo parto en la cabeza.
Era evidente que a la señora mayor no le gustaba el aire de patrona de la secretaria, ni las estrellas que salían de sus ojos y de su futuro yerno cuando se los veía juntos.
Con mamá fuimos al casamiento. Estaba linda la novia, fina de blanco, y entró a la iglesia con paso triunfal. A mí me pareció que tarareaba la marcha de San Lorenzo. El turco, impecable, sonreía, y yo creo que ingenuamente.
Se casaron con cuatro padrinos. La madre de la novia se sentía tan protagonista que no podía quedar fuera del altar. Si ahí lo había llevado al yerno.
Graciela, la secretaria, también estaba. Se quedó con mamá y conmigo. Lloraba, tal vez de alegría o de pena. Hay gente que llora por todo.
La fiesta fue espléndida. Fastuosa. Con Orquesta y gente de largo.
Pasó el tiempo sin vernos y nos invitaron al bautizo del primer nene. Rubio, hermoso, ojos azules, rizos, en nada parecido al turco.
Susana apenas se casó dejó de trabajar e instaló a su mamá en el piso suntuoso que el turco compró.
Yo pensé que la madrina sería Graciela, tan amiga del señor Abraham, pero no, fue su abuelita tan dispuesta siempre. Graciela en esa fiesta estaba otra vez con mamá y conmigo porque no se sentía cómoda con el resto de los invitados de Susana y su mamá. ¡Qué fiesta! Había de todo. Los negocios del turco andaban muy bien.
Y siguieron más nacimientos. Los chicos crecieron y ellos también. Hasta fui al casamiento del primogénito.
El turco estaba cansado, viejo, más sin ganas de nada. Susana tenia siempre la misma expresión cómoda de la vida. Graciela lucía canas y tristeza. La señora mayor había fallecido.
El turco dijo que vendería la empresa porque ya no andaba bien. Graciela pasaba a trabajar con la competencia que había tenido el señor Abraham y donde él mismo la hubo recomendado.
Y el “ya no andaba bien” fue un total desastre.
Del piso suntuoso pasaron al dos ambientes donde las voces de Susanita resonaban fuertes. Ni Graciela recibía ayuda de su ex patrón.
Un día Susana decidió darse por enterada de la relación de Graciela con su marido. En verdad, lo sabía desde el noviazgo.
La citó a una confitería. Se podrían haber encontrado en casa de una de ellas. Ambas sabían dónde vivían.
Susana le dijo que no soportaba la infidelidad de su marido y prefería que se lo llevara ella. Graciela contestó que jamás destruiría un hogar tan bien formado.
Cuando me lo contaron, no lo podía creer. Ahora ninguna de las dos quería al turco pobre.
El jarrón grande y pesado apareció hecho añicos una mañana. Nunca supimos quién lo rompió, si el señor Abraham, el turco o el Negro.
Si harem quieres tener, arregla tus cosas para no padecer. Esto es un sabio consejo de mujer.

Marina “Perla” Villanueva

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