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SÁBADO 22.06.2024
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«Bicha de ocho patas»

Por Raquel Poblet

Con algún nombre había que denominarla. Era hembra, eso se sabía, aunque no hubiera mucha precisión. Se hizo conocida después de los efectos. Ella caminaba por las ramas, saltaba sobre los seres mamíferos de sangre fría y el efecto era inmediato. ¿Cuál era el efecto? Que dejaba pelados a los hombres y a las mujeres. Pronto Buenos Aires se pobló de gente pelada, anteojuda y vestida de negro. A este último detalle no se le ha descubierto la causa, pero era eso lo que se veía, cráneos pelados y ropa negra. Sus portadores no se mostraban tristes ni deprimidos por el síntoma. Al contrario, disfrutaban de esa alopecia repentina. A veces la cubrían con gorras que debían ser negras, por supuesto. Algunas podían portar algún aviso publicitario con marcas de cerveza o de telefonía móvil o del gobierno amarillo que alentaba esa lúgubre estética. Ante el brote de pelusa, o de cabellitos incipientes, los infectados mismos a veces no esperaban la caída de la bicha e iban a unos sórdidos negocios de barbería y se hacían afeitar la cabeza. O, peor, a veces ellos y ellas, mujeres y hombres, usaban una máquina afeitadora para despojarse de toda capilaridad.

Quedaron ya muy pocos árboles en la ciudad y ahí se instalaron estas bichas de ocho patas sin denominación. Permítaseme llamarlas “octopodias”.
La bicha se reproducía, por supuesto. Mataba al macho después de la cópula y seguía viviendo su vida muy oronda. Los porteños la adoraban. Es que era la única fauna viva que quedaba en la ciudad. A veces, milagrosamente, los transeúntes detenían su marcha, -y digo “milagrosamente”, porque los porteños eran personas que vivían en constante circulación, circulaban y circulaban sin siquiera detenerse a mirar vidrieras o precios de telefonía móvil. Es que ya casi no había vidrieras o escaparates. Se detenían por un segundo sólo a mirar en los pocos árboles que quedaban, el nacimiento y evolución de estas octopodias, que llegaron a ser casi una plaga y a hacinarse. Veían caer el huevo, salir de él dos patitas y, muchas veces, antes de terminar su crecimiento, ya caían en la cabeza de algún calvo con pelusita para despojarlo. Era gracioso verlo. Pero empezó a dejar de ser gracioso para los dueños de las barberías. Yo me mantenía siempre alejada de los pocos árboles y así logré conservar mi cabellera. A mi amiga Estela, pelilarga como yo, le cayó una vez, una octopodia sin saber de dónde y la peló. Pobre. Le prestamos pañuelos, le conseguimos una peluca afro (le quedaba bárbara) hasta que volvió a crecerle el pelo. Mi mamá, mis hermanas, mi marido Roberto, mi amiga Carmen, su hija y su marido se cuidaban de las octopodias, pero, en general, ya lo dije, los porteños estaban encantados con este animalejo como fauna única, monopólica, encantados con esta moda de alopecia depresora, con la ropa negra y los anteojos de marco grueso y la ciudad casi sin árboles.
Es que a la gente le gusta “combinar” con el paisaje. Ser parte de un todo, y de una moda como esa “combinaba” muy bien en una ciudad de puros edificios vidriados, plazas geométricas, árboles talados, ruido ensordecedor y monótono de demolición y construcción constante. Todos querían pertenecer, ser parte del entorno.
Mi familia y amigos, a los que ya nombré, tuvimos que empezar a protegernos. Las octopodias se reproducían, se hacinaban, te caían en la cabeza. Empezamos a cubrirnos con pelucas de cotillón. O algunes con pelucas de verdad, restos de la mercadería de la antigua tienda Pozzi, otro de los negocios quebrados de la Caba amarilla. Teníamos que quedarnos en casa lo más posible. Supimos por las noticias, que las octopodias ya depilaban los brazos, piernas y los pechos peludos de algunos hombres. Igual, ese tipo de vello, en nuestra ciudad, crece con celeridad. Supimos también, que, a falta de árboles, las octopodias, se instalaban en algunas vigas metálicas de las hamburgueserías y pizzerías de la única cadena franquicia que quedaba en la ciudad.
Pero, como ocurre siempre, las desgracias tienen un final. Las depredadoras octopodias fueron muriéndose, comiéndose unas a las otras. Los pelilargos coloridos con nuestras empecinadas pelucas protectoras no les dimos la menor oportunidad. A los porteños empezó a dolerles la bocha, a tener descamaciones y a tener que cubrírsela. La ropa negra chorreaba una tinta que parecía hollín líquido. El gobierno de la ciudad no lo limpiaba. Muy ocupado estaba en sus altos negocios inmobiliarios.
Unos hippies de algún punto del conurbano empezaron a venir de madrugada con hachas y azadas a romper el cemento que cubría las plazas. Plantaron algunas flores y hasta unos arbolitos. A ese cemento residual lo fueron depositando en los alrededores de la casa del gobernador hasta dejarlo encerrado.
La ciudad se iba rescatando. Una señora que ya lucía melena corta y que se había cambiado la blusa negra por una vieja remera fucsia se puso a vomitar las hamburguesas en plena avenida del Libertador. Milagrosamente, salió publicado en la prensa y en algunas redes. La ciudad se fue rescatando. Los calvos por naturaleza fueron dejándose los cabellos que le nacían a los costados, por las sienes. Quedaban y quedan mucho más lindos.
Del gobernador se supo muy poco. Dicen logró escapar y que terminó gobernando Miami junto a su séquito de guardias. Ese quedó pelado y vestido de negro para siempre.
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