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El «Nobel» en conservación de animales: «Hay esperanza, depende de nosotros»

El martes pasado ganó el premio Indianapolis Prize, equivalente al “Nobel” en conservación de animales. Es argentino y por su labor en la protección de pingüinos, constituye un referente mundial. En un diálogo con La Voz del Pueblo, dijo que “es fundamental usar mejor los recursos naturales”


Por Alejandro Vis 


 Preparación, trabajo y buenas intenciones, además de mucha perseverancia. Pablo Borboroglu utilizó estas palabras cuando habló de la manera en que se pueden cumplir los sueños, el martes pasado al agradecer por el premio Indianapolis Prize. Se trata de un reconocimiento considerado como el equivalente al “Nobel” en conservación de animales y Pablo, al que sus conocidos llaman Popi, es el primer latinoamericano en recibirlo. El premio fue creado en 2006 y lo organiza el zoológico de la mencionada ciudad de Estados Unidos.
 Nació en Mar del Plata, por los estudios universitarios vivió en Trelew y luego se radicó en Puerto Madryn. Tiene 53 años y ha desarrollado una amplia tarea para el cuidado de los pingüinos, tanto en Argentina como en muchos otros países.

 Desde Londres, ciudad donde se anunció el ganador de Indianapolis Prize, dialogó en forma telefónica con La Voz del Pueblo. Es biólogo por la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, doctor en Biología por la Universidad Nacional del Comahue, investigador del Conicet, fundador y presidente de Global Penguin Society (GPS), organización que se originó en 2009. 

Son diversas las circunstancias y experiencias que lo vincularon con la conservación de especies. Contó, en una ocasión anterior al recibir el Premio Rolex a la Iniciativa en 2019, que “la primera persona que me habló de un pingüino fue mi abuela Melania, que vivía en Comodoro Rivadavia”.
 También tuvo una incidencia muy importante en su vida el derrame de petróleo que se produjo en 1991 en el sur del país, que afectó a aproximadamente17.000 pingüinos. Por entonces, era estudiante de biología y junto a algunos compañeros, crearon un centro de rehabilitación en Punta Tombo, provincia de Chubut. 

Con la mirada en el camino recorrido, mencionó en la conversación con este diario a personas que fueron muy importantes en su crecimiento personal y profesional. En sus tiempos en la universidad, Pablo fue guía de turismo y de manera casual, como parte de esta tarea, conoció a Hans Lukas «Luc» Hoffmann , confundador de la organización Fondo Mundial para la Naturaleza; un ornitólogo, conservacionista y filántropo suizo, autor de más de 60 libros; que falleció en 2016. “El decía que la manera de lograr las cosas es trabajar con gente adecuada -recordó-. Y yo tengo un equipo impresionante. Luc procedía de la familia Roche, un naturalista millonario, pero muy simple y humilde. Fue miembro clave del consejo consultivo de Global Penguin Society”.

 “Un frente en común” 

Este año hubo 51 seleccionados al premio Indianapolis Prize, 6 finalistas y luego de todo el proceso de evaluación, Pablo Borboroglu fue el ganador. Es una semana especial, porque también le otorgaron la distinción Icono del Siglo XXI (Century Icon Awards), entregada el viernes 19 en Londres; “me incluyeron en la categoría Premio Inspiracional. No es un evento ambiental exclusivamente, sino que abarca diversos campos”, puntualizó.
Un aspecto central es la divulgación de la ciencia. “Conicet te pide publicar investigaciones, son trabajos que suelen tener su espacio en revistas especializadas del exterior, en inglés. Es material que sería bueno que se difunda en el país. Me interesa que la ciencia esté disponible y sea amigable”, reflexionó. 

La formación de Global Penguin Society se produjo para generar acciones ante “el gran impacto del petróleo, con miles de especies muertas cada año”. Pablo se vio movilizado por el interés de “ir más allá de los documentos que reportan muy bien los problemas. Había que crear algo, que tenga utilidad para provocar cambios. Hay muy buenos científicos, vimos que hacía falta armar un frente en común”. 

Es una organización dedicada exclusivamente a la conservación de las 18 especies de pingüinos del mundo y sus hábitats. Con tal finalidad, dispone de “planes de manejo”, logró la creación de áreas protegidas y le otorga un rol central a los programas educativos. 

“Impulsamos un modelo de ciencia para detectar los problemas, acercarse a los gobiernos y facilitar el financiamiento internacional. De esta manera, todos ganamos”, observó. Al respecto, agregó que “muchas veces no es que no haya voluntad. Falta capacidad operativa y de financiamiento”.

 Como consecuencia de estas acciones, se establecieron cerca de 13 millones de hectáreas de áreas marinas y costeras protegidas; 6500 chicos visitaron colonas de pingüinos; se distribuyeron gratuitamente 5000 libros sobre el tema en países hispanoparlantes; y se vieron beneficiados 2.400.000 pingüinos. 
Entre las prácticas que cuestiona, Pablo pone el foco en “el desarrollo petrolero gigante”, sobre lo cual dijo que “la exploración en la zona de Mar del Plata es el caso que más trascendió, pero hay muchas áreas fijadas para una actividad similar desde Tierra del Fuego hasta Buenos Aires. Es muy preocupante”. 

Una de las principales amenazas para estas aves es la contaminación marina, con una incidencia muy importante de los plásticos. “Cada día intentamos aportar en una cultura de más respeto -sostuvo-. Simplemente, le pedimos a la gente dejar los lugares como si nunca hubiera ido. Cuando concurre a las playas y a otros espacios públicos”. 

Pide tener en claro que “la economía la manejan los consumidores. Si ellos cambian, obligan a los productores a modificar también sus decisiones. Si todos compran de manera sustentable, determinados productos se dejarán de utilizar y el daño va a ser menor”.

 Recuperación 
Un reflejo gratificante de su obra se percibe en colonia El Pedral, ubicada en Punta Ninfas, provincia de Chubut. Pablo descubrió en 2009 que allí había solo seis pares de crías de pingüinos y el área fue designada posteriormente como un refugio para la vida silvestre. “Siempre hablamos de pares porque miramos el nido, en la actualidad hay en el lugar más de 4000 parejas”, valoró. 
Por entonces, junto a colaboradores, vieron que “el hábitat era espectacular, pero había muchos disturbios. Estaba lleno de basura, plásticos, y había circulación de cuatriciclos en la zona. Los pingüinos si detectan que no es seguro, abandonan el sitio”. 

Es un predio privado y se acordó cerrarlo. Puso de manifiesto que “los propietarios son personas excepcionales. No fue fácil, por las actitudes de personas que no cuidan. Pero en la medida en que la colonia fue creciendo, cuando hubo más de cien parejas, se originó el refugio de vida silvestre”. 

 La protección permitió diversos beneficios, además del impacto medioambiental positivo. Hubo un desarrollo del ecoturismo y se crearon puestos de trabajo. Asimismo, El Pedral es una de las reservas donde se trabaja mucho en educación, porque “llevamos cientos de chicos a sacar plásticos. Hay un proyecto científico integral”. 
Se mostró satisfecho por la evolución notoria y la multiplicación de pingüinos, si bien advirtió que “aun así siguen habiendo disturbios. Personas que transitan en cuatriciclos, un mal uso en algunos casos. Hay que seguir insistiendo para modificar conductas”. 

 Una necesidad 

Dentro de las dificultades más importantes, mencionó que “en las provincias es insuficiente la legislación ambiental para proteger la fauna. Los delitos ambientales no están en el Código Penal. Hay fiscales ambientales en algunas provincias y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”. 
 Hizo referencia al caso de un hombre que usurpó un campo lindero a la reserva natural de Punta Tombo y con una topadora aplastó 140 nidos de pingüinos en noviembre de 2021. Puntualizó que “Chubut no tiene fiscalía ambiental”. 
En provincias del norte se presentan situaciones similares. Argumentó que “matan animales como el yaguareté y los autores son penados porque tienen drogas o armas sin registrar, pero no por el delito contra la fauna”. 

 Perspectiva 

Pablo conoció muchos países, lo que le brinda “una perspectiva acerca de aquello que funciona y lo que no”. Le están prestando especial atención en esta etapa a “Nueva Zelanda, donde hace 61 millones de años aparecieron los primeros pingüinos. Tiene actualmente siete especies y del pingüino de ojos amarillos hay solamente 1500 parejas”. 
 Tuvo la oportunidad de integrar una misión científica a la Antártida, junto a expertos, lo que describió como “impresionante. Para mí, es como si hubiera ido a la Luna”. Detectaron “la desaparición de algunos glaciares y fauna que está conquistando el lugar, por el cambio climático”. 

Contribuyó en la creación de áreas protegidas no solamente en Argentina. Participó activamente en Chile para la preservación del pingüino rey. Relató que “hace aproximadamente 120 años en la explotación ballenera, cuando disminuía un poco la actividad, cazaban pingüinos para hacer aceite. Esto afectó muchísimo al pingüino rey. No obstante, hace 20 años empezaron a asentarse nuevamente en el sur de Chile, nosotros colaboramos. El lugar está creciendo, hay un uso turístico del Parque Pingüino Rey de Bahía Inútil, donde también se encuentran otras especies”. 

 La experiencia como docente le aportó conocimientos y enriqueció, de esta forma, su mirada. “Fui ayudante de cátedra en Argentina, aunque no tenía mucho tiempo porque me quería dedicar a la ciencia e investigación -explicó-. Luego una asociación con la Universidad de Washington hizo posible que mis alumnos cursaran allá, así como vinieron estudiantes desde Estados Unidos”. 
 En el cierre de la entrevista, Pablo planteó que “si se generan las condiciones, la naturaleza se restituye y las especies responden. Es fundamental usar mejor los recursos naturales, hay esperanza. Depende de nosotros».       
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