Doctor Allende
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Esto no es un secreto. Es apenas una experiencia infantil, como las han tenido muchos lectores. Experiencias guardadas que hay que contar. Para que la democracia exista para siempre
Por Raquel Poblet
Esquinas. Esquinas hay muchas, pero son pocas las que quedan grabadas en la memoria. Esquinas con romances, esquinas con arte, esquinas con murales, esquinas con transas, esquinas con algún crimen, esquina con alguna boutique de ropa que te encanta, esquinas que te encantaron y que ahora son un horrendo edificio, esquinas de casas hermosas, esquinas arboladas, esquinas con farol y compadrito. La esquina de Callao y Rivadavia, la esquina de la confitería El Molino con el bar Suarez enfrente, el Congreso y su plaza. La confitería El Molino tenía unas vidrieras fabulosas, Buenos Aires estaba en esplendor y la calle Callao era fabulosa también y hasta tenía y tiene tango propio. Bueno, vayamos entonces ahí, a ese lugar, la esquina de El Molino. Fue un 12 de septiembre. Exactamente en el año ’73. Vimos todo por televisión. ¿Quién dijo que antes se transmitía menos? Vimos todo. Santiago de Chile en blanco y negro. Había tanques, o eso veía yo. O serían tractores con explosivos, Muchos militares saltando de cajas de camionetas. A las fuerzas armadas chilenas les gustaban y les siguen gustando las camionetas y los lanza aguas. Mi mamá me dijo: “esos chorros de agua son fuertísimos. Te pegan y te duelen.” Todo el mundo chileno en blanco y negro corría entre brumas. Se vio el Palacio de la Moneda también adentro del humo. “Esa es la casa de gobierno de allá” me dijo mamá. Los cuatro hermanos mirábamos la tele. Los dos más chicos, Pablo y Virginia jugaban, miraban y nos miraban a nosotros, a mi hermana Susana, a mamá, a papá y a mí atentos, casi sin sentarnos.
Admirábamos al doctor Allende. ¿Estaría adentro de la casa llena de humo?
Todo había empezado el día anterior, el día once. Y este día, que era el día siguiente, con toda la tele transmitiendo, mi papá dijo: ¿Vamos a ver la marcha de todas las juventudes políticas?” Yo, enseguida grité: “¡¡¡Sííííí!!!”
Mamá no quiso. Susana y los otros se estaban durmiendo. Era de noche. Nos abrigamos y salimos. Caminamos unas pocas cuadras porque vivíamos a la vuelta. Nos paramos ahí, mi papá y yo de la mano de él. Ese día no vi las vidrieras de El Molino. No se me antojaron las masitas, ni los chocolates, ni las cajas con bombones. De espaldas a los maravillosos escaparates, vimos la calzada, vimos a todas las juventudes. A todas. A todas las de los sindicatos, como Smata, la Uom, las sesenta y dos, la Uocra, toda la CGT, la Ctera, la Asociación argentina de actores, los compañeros gráficos, vimos la larga columna de la juventud peronista, la de la UES, la de la far, la de Montoneros, la del Erp, vimos otras de agrupaciones que desconocía, vimos la del FIP, vimos muchas con carteles del Che Guevara, de la juventud frondicista del Movimiento de integración y desarrollo; vimos la juventud radical, sí, y también la del partido de la derecha de aquel momento, llamado Nueva fuerza; sí, increíble. Vimos juventudes universitarias de todas las carreras y agrupaciones, vimos juventudes católicas, vimos curas, novicias, monjas y más sindicatos. Todos cantaban, todos coreaban:
“Atención, atención,
atención, atención,
toda la cordillera
servirá de paredón”.
También cantaban:
“Allende, Allende,
no se suicidó;
lo mataron los yanquis
la puta que los parió”.
Yo saltaba. A mis once años admiraba a esa juventud. Eran mi modelo, mis ídolos. Yo sería como ellos, con el pelo largo, los pantalones anchos abajo y con esa energía. Mi papá estaba quieto. Observaba sin moverse.
Pasaron cinco décadas y la muerte del presidente Salvador Allende sigue en el misterio. Chile siempre me pareció un país demasiado sufrido. Y no me equivoco. Ojalá cambie alguna vez su suerte. Se lo merece. Un país que dio a Allende, a Pablo Neruda, a Víctor Jara se merece años de felicidad.

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