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Que el árbol no tape el bosque

Por Diego Jiménez

En noviembre se decide mucho en la política nacional. El balotaje del 19 no es una elección más y exige reflexión para no caer en la confusión y el arrebato que muchas veces se genera desde algunos comunicadores y desde la dirigencia interesada en su propio triunfo.

 Si tomamos distancia de las figuras en disputa y miramos la escena con más atención, calibrando el ideario más profundo de cada uno de ellos, sacando el decorado y las frases electorales, descubrimos que son muy diferentes y que están inmersos en visiones y tradiciones opuestas. 
 Uno, claramente, por sus apoyos locales e internacionales, por sus posiciones políticas y económicas, representa una nueva derecha que avanzó en el mundo occidental a causa de los errores de la denominada política tradicional. Es esa, una ola política que conceptualmente abreva en la visión más ultramontana del liberalismo y que olvida adrede o por ignorancia supina, la herencia de la revolución francesa y sus mutaciones en pro de la mejora social y económica que se vienen produciendo a lo largo de los últimos dos siglos y que mejoraron sustancialmente la vida de las personas. Avances, los mencionados, defendidos y en ocasiones profundizados por el conservadurismo democrático. Una oleada que detesta al Estado, pero se olvida que es una construcción histórica que evoluciona y cambia. 
 Por otra parte, su ultra mercadismo no funcionó nunca en la historia. Benjamin Disraelí, acaso el más liberal de todos, ministro conservador de la Reina Victoria del Reino Unido, decía en el apogeo del Imperio británico “el libre cambio es un expediente”. Más elocuencia que su frase, imposible. La impostura ideológica oculta los reales procesos históricos. Una falacia al descubierto. 
 El peligro de estas posiciones radica en que desdeñan a la política y la convierten en un instrumento de la economía. Parecen decir, negando la historia y la filosofía, los seres humanos primero comerciamos y luego nos constituimos en comunidad política. Algo a todas luces inexacto. 
 El nombre de quien encabeza esta visión es aleatorio, el peligro son las consecuencias que está generando esta oleada mundial: intolerancia, xenofobia, desprotección de las minorías y visiones extremistas de la vida económica.
. Los argentinos, ombliguistas a ultranza, descuidamos lo que pasa en el mundo y centramos el universo en nuestro país. No atendemos que esa visión intolerante global, ancla en nuestra realidad llena de injusticias y la utiliza para justificar sus posiciones situadas en los bordes del Estado de Derecho. Además de comunicarlas con destemplanza, violencia verbal, contradicciones y carencia conceptual. 
 La otra fuerza en juego representa una visión más tradicional de la política, que está inserta en el entramado histórico argentino y en lo que Alan Rouquié denominó extremo occidente. Es una versión con contradicciones, ejecutada a lo largo del tiempo con aciertos, y errores. Especialmente con yerros en materia económica y social que afectan a gran parte de quienes habitamos este país. 
 Pero los desaciertos no son ni fueron causados por la democracia como sistema, garante de una ciudadanía con derechos que puede, de este modo, elegir como vivir. Son dos cosas distintas. La democracia no tiene la culpa de los males que padecemos, como las visiones de la nueva derecha quieren mostrar. Lo que perjudica la vida de las personas son las malas políticas. Muchas, claro, aplicadas en este sistema. 
 Por eso esta visión tradicional nos genera recelos, nos confunde, nos llena de preguntas y contradicciones internas. ¿Cómo separar lo que tiene de bueno y es permanente de lo malo, que con una buena política se puede corregir? Sus groseros errores, el entramado de corrupción que la asola, como a los socios nuevos de la días atrás autodenominada “anti casta”, nos conmueve y nos impulsa a decisiones emocionales. Es natural. Vemos las últimas fotos de la crisis que padecemos y olvidamos muchas de las cosas que nos permiten y permitirán censurar legítimamente las malas administraciones. Y lo peor que nos puede ocurrir: el olvido de cuarenta años de democracia que nos ayudó a vivir en paz y procesar nuestros desacuerdos institucionalmente. 
 Lo que está en juego el 19 no es anti o a favor de. Tampoco la eliminación de tal o cual visión política. En todo caso, si alguna cosmovisión no nos gusta, como decía el ex ministro de Cultura de la Nación, Pablo Aveluto en una entrevista, compitamos y ganémosle en elecciones libres. Tampoco están en juego nuestras emociones. 
 Está en juego la democracia, como regla de vida política a pesar de la mala praxis de quienes administraron el país bajo su ala; el pluralismo, como manera de entendernos; lo colectivo por sobre las salidas individuales. Tres conceptos básicos que son imprescindibles para afrontar una empresa extremadamente difícil signada por la desigualdad, la pobreza, la alta inflación y el reingreso de la Argentina al mundo. 
 Con dudas, con pesar y con angustia. 
 Sin aventuras, sin saltos al vacío, sin ausencia de equilibrio. Sin el olvido de lo que supimos conseguir. Sin oleadas de oscuridad que hoy anochecen el mundo democrático. 
 Sin que el árbol tape al bosque.           
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