El valor de las palabras…
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El verbo blasfemar se relaciona etimológicamente con lastimar. Quien pretende lastimar así al otro, también se lastima a sí mismo y al lenguaje, ya que el propósito de dañar cambia el sentido normal de estas palabras y las convierte en afrentas para el destinatario. Vivimos un tiempo en el cual se puede decir cualquier cosa. Desde ex mandatarios, políticos, sindicalistas y periodistas No importa, a pesar que el idioma castellano es rico en expresiones idiomáticas.
Pero el exceso de la mala palabra proviene en primer lugar del abandono de la conciencia de las buenas, fuertes y ricas palabras que tanto se precisan en una comunidad de seres tan lastimados como lo hemos sido, y lo seguimos siendo, tantos argentinos. Y también se olvida que existen entre nosotros grandes hablantes, grandes cantantes, grandes poetas, grandes actores y actrices, que tanto saben de las palabras nuevas y fuertes que necesitamos. Y grandes maestros que conocen la tradición de una lengua que nos ha dado a Borges y a Sarmiento, a María Elena Walsh y a Pizarnik: una literatura que Carlos Fuentes ha calificado como la mejor de América Latina.
El panóptico era un sistema carcelario -todavía visible en Ushuaia, que hoy cumple 133 años- en el cual todas las celdas se comunicaban, en forma concéntrica y aislada, con un núcleo de vigilancia permanente. Nuestra vida cotidiana ha erigido un panóptico doméstico en el que una pantalla central nos envía mensajes idénticos pero nos hunde al mismo tiempo en el aislamiento mutuo y nos infunde, a menudo, una visión recortada del mundo, a la que adherimos con plena voluntad.
Desde ese nuevo panóptico no sólo se reparten vulgaridades sino que se excluyen tenazmente los caminos de las palabras hermosas, de los poemas compartidos, de los diálogos reflexivos y de la gracia sin insidia. En una palabra, nos están prohibidos, en gran medida, los caminos que profundizan el gozo del arte verbal entre participantes y oyentes.
En ausencia de pan, fomentamos el circo. Discriminamos tercamente a aquella zona de la población que pide el pan de la palabra, porque no ha olvidado todavía su genuino sabor. Sólo háblame, y te diré quien eres.
Pero lo peor es que al callar damos cuenta del silencio complaciente de una sociedad que no quiere oír hablar y que parece haber renunciado a tener algo que decir; una sociedad que no quiere que se revisen, en serio, la estructura tributaria ni los acuerdos federales, que no ve nada complicado en las lógicas contradictorias del consumo y del ahorro, de la producción y del gasto. Una sociedad que no quiere aceptar –dijo alguna vez Alejandro Katz- que los contratos fundamentales están vencidos, o rotos, o viciados: el contrato educativo, que obliga a los docentes, a los alumnos y a las familias; el contrato sindical, que obliga a los dirigentes, a los empleadores y a los empleados; el contrato del servicio público; el contrato de los gobernantes; el contrato de la palabra que enuncia las virtudes cívicas.
Cuando sobran, las palabras abruman, pierden eficacia y el discurso en lugar de persuadir, aburre. También son ociosas cuando elogian en demasía, resaltan lo obvio o intentan convertir en trascendente lo trivial. Nunca son peores que cuando se utilizan para ocultar la verdad en lugar de revelarla.
“Las palabras –dijo José Saramago. no son ni inocentes ni impunes, por eso hay que tener muchísimo cuidado con ellas, porque si no las respetamos, no nos respetamos a nosotros mismos”.
Escribe Ernesto Martinchuk
