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Aguafuertes tresarroyenses de hoy y de siempre

En la segunda entrega de la publicación de alumnos que en 2016 cursaron 5° 2ª ESA en la Escuela Agropecuaria, se presenta el primer relato. Para empezar a apreciar el trabajo literario de los estudiantes, realizado en el marco del Bicentenario de la Independencia.

 

La quinta

Se vuelve una rutina de todos los días salir, entrar y volver otra vez a lo mismo. El correr de las horas que en ocasiones impacienta a las personas, y que en otras, realmente parece no importar, está presente en todo momento.

Eso es lo que reflexiono, como muchos, cuando entro en ese camino, a veces feo y a veces lindo. Percibiendo si algo ha cambiado o no, si el alambre a un costado está roto o algo desarmado. Si aquel árbol que está justo en una esquina no cayó. Es así como recorro el primer trayecto de este camino, el cual generalmente hago en silencio, ya que prefiero callar después de un día poblado de ruidos y histeria ajena. Es por ello que aprovecho el lugar, porque sé que al bajarme de allí, el sitio al que llegaré, al que muchos llaman «campo» va a estar, al igual que la cuidad, bastante poblado, inundado de sonidos, como el motor de una máquina o el grito lejano de aquellos que charlan a la distancia mientras trabajan. Todo esto parece bastante extraño debido a que el campo se contempla como un sitio de completa libertad y soledad. Pero puedo percibir que aquí eso no sucede, la gente parece brotar por momentos, y en otros parecen desvanecerse por lluvia. Y entonces… Llegan las 12 del mediodía: el punto de reunión para la peonada, donde maquinistas, ingenieros y mensuales se juntan a comer esperando impacientes que llegue aquella mujer de cabellos negros que lleva la comida en sus manos. Aquella dama que luego se retirará a su casa para almorzar con su esposo como lo hace todos los días. Los dos solos, uno al costado del otro, lo que en un principio parecía molestarles por el silencio de una casa vacía luego de 4 hijas criadas, junto con sus «ma… pa…» que ya no se escuchan desde la habitación. Eso es lo que les pasa cuando no parecen estar sus chicas. Pero al caer la tarde, muy cerca de la ida del sol parece asomarse la más «chiquita», como dicen ellos y, como digo yo, la número cinco, la quinta.

 

FRAGMENTOS DE PUBLICACIONES SOCIALES

Pampas y sembrados

Arados de varias rejas y de ocho o diez caballos; anchas sembradoras; revoloteo de gaviotas sobre los surcos y bandadas de pajarillos en los cuadros recién sembrados; esto es lo que más se impone a la vista en los doscientos kilómetros que separan a Tres Arroyos de Bahía Blanca.

Puede decirse que toda la llanura, tan vasta y fecunda, es una presa docilísima de los arados, que cumplen la misión de transformarla.

Es evidente que el campo quiere desquitarse de las pérdidas de otros años. El campo se rehabilita, quiere entrar otra vez en la prosperidad.

Donde no negrean los cuadros recién arados o sembrados, es que ya está en marcha el avenal, decorando con su verdor el paisaje.

La verdad es que los campos incultos son muy escasos, de modo que si el tiempo acompaña, si las lluvias son oportunas y no hay fuertes heladas al granar el cereal, habrá grandes cosechas, recolecciones sofocantes y abrumadoras, capaces de ofrecer perspectivas maravillosas para los vendedores de autos.

Abunda también la hacienda. Parece mentira que puedan sustentarse tantos ovinos y bovinos en unas tierras tan revueltas por la reja. Sin embargo, allí están ellos por millares; da gusto contemplar esos grandes rodeos de animales mansitos, robustos y confiados, a los que, seguramente, no les espera otro porvenir que un próximo viaje a los insaciables mercados de Buenos Aires.

Hacienda y sementeras; cielo y horizonte infinitos; muestras categóricas del progreso y las esperanzas del hombre; todo esto se contempla incesantemente en la marcha, para recreo y aliento del espíritu.

Hace seis o siete décadas, el indio era aún el señor en estas pampas, el dueño casi absoluto de estas estancias y chacras donde en estos momentos vemos cantar nuestra civilización, que significa un ideal superior de convivencia.

Entonces teníamos el desierto, la soledad, el pajonal; hoy tenemos las noblísimas y productivas tareas de la agricultura y la ganadería, motor y alimento de tantas otras labores.

El avance es admirable. La llanura se ha transformado, superando los más ardientes vaticinios de los conquistadores. Su aspecto presente no puede ser contemplado sin emoción por quienes conocen su ayer, es decir la historia de su antigua soledad. (Gorraiz 1936, página 3).

 

El progreso con su ímpetu incontenible iba invadiendo todo, comenzando entonces a implantarse las primeras chacras en esta zona, que modificarían completamente el sistema de explotación de aquellos campos vírgenes, cambiando, por consecuencia, el hábito y las modalidades de sus pobladores.

El puestero de este modo terminaba la misión de darles a los predios rurales argentinos, el arraigo de hogar; un nuevo elemento con fuerza incontenible venía a desalojarlo, como él suplantó al primitivo gaucho mensual, único peón en las primeras grandes estancias de la provincia, verificándose de este modo, la eterna renovación que exigen las etapas que van marcando el progreso en todos los países nuevos como el nuestro.

El primer síntoma de la nueva modalidad que arrasaría con los viejos sistemas, fue el cambio de mayordomo. Al criollo bondadoso, comunicativo, tolerante y servicial con todos, desde el puestero al mensual, le sucedió un «inglés criollo oriundo de la otra banda».

(Faustino Huarte, 1950, página 98).

 

Esos lecheros- Hemos oído lamentarse a muchos, ¡y va de quejas contra los abastecedores!, de la pésima calidad de eso que se expende en el pueblo con el nombre y ciertas apariencias de leche, aunque a decir verdad la mayoría de las veces de todo tiene menos de tan sabrosa y alimenticia sustancia.

El agua y algunas otras cosas están muy en boga entre los señores lecheros y sería muy de desear que ya sea por el inspector municipal o por quien corresponda, se sentara la mano sobre los que mistifican con sus productos al vecindario.

Alguna multita y volcar a unos cuantos los tarros de lo que llaman leche, creemos no vendría mal para escarmiento de los que no tienen reparo en explotarnos tan inicuamente.

(El Libre del Sur, 1897)

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