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SÁBADO 13.07.2024
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Aguafuertes tresarroyenses de hoy y de siempre

Vida alejada

Vivir alejado de la ciudad por momentos es lindo y por otros momentos es feo. Por la mañana, en el horizonte, comienza a amanecer. Veo al mismo hombre de todos los días arriando las vacas, con un caballo de un pelaje moro oscuro, hacia un lote luego de haberlas ordeñado.

Miro hacia mi alrededor y sólo veo el horizonte, allí al fondo se ve la gran ciudad: edificios altos que a veces parece que compiten por su altura, autos, camiones, camionetas, colectivos que pasan por la ruta 228, se ven en miniatura como si estuviera viendo una maqueta y, más a lo lejos, se ve una cruz grande blanca. A doscientos metros recién se asoma una casa, otra quinta humilde. Pasa el transcurso del día y la señora del hombre tiende ropa ayudada por sus hijas, los hijos varones alimentan a los chanchos, arrían las vacas y ensillan a los caballos.

Llega el fin de semana, ese hermoso momento donde el paisaje comienza a oscurecer al resplandor de ese círculo naranja que algunos llaman sol. Se va escondiendo, me tildo mirándolo. Hasta que llega la noche y allá en el fondo las luces de la ciudad contaminan el paisaje.

 

Fragmentos de publicaciones locales

Nuestro padre no carecía de «don de gentes». Había sido militar en España, no puedo precisar hasta qué grado alcanzó, pero recuerdo que hablaba, algunas veces, de luchas sostenidas con los carlistas y que en nuestra familia figuraban militares de alta graduación. Mi padre no mantenía correspondencia con nadie, diciendo que quería a la Argentina, tanto o más que a España, porque ésta había sido muy mala con él.

(Francisco Huarte 1950, página 38)

 

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El sistema de comercializar del mercachifle, más corriente, consistía en el trueque de sus mercaderías, por cueros de nutria, de zorro, pluma de avestruz, de garza, cosas éstas que abundaban en los cañadones y en las Saladas. Era fácil su caza siendo un poco ingenioso para ello.

(Faustino Huarte 1950, página 46)

 

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Me he referido hasta ahora al puestero propiamente dicho. El medianero ya era otro cantar, puesto que además de ser dueño de la majada que cuidaba, el estanciero le daba el campo necesario para el pastoreo, siendo las utilidades a medias. El medianero poseía, por lo general, una jardinera o un buen break que lo hacía persona de importancia.

(Francisco Huarte 1950, página 46)

 

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Estos cajoneros llevaban sus mercaderías de tienda y mercería en dos grandes cajas cargadas sobre el lomo de un caballo, el patrón montado en otro lo tiraba del cabestro al primero, y un mocetón, también a caballo, cerraba la marcha arreando al carguero.

(Francisco Huarte 1950, página 47)

 

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Mi amigo, «el viejo e’ las víboras», también halló trabajo en las esquilas. No pudiendo esquilar por el defecto de su mano izquierda, le dio el encargado el trabajo de «la afiliada de las tijeras». Este trabajo lo desempeñó muy bien, era mañoso para arreglarlas y tijera que se tenía por inservible, la arreglaba afilando sus dos hojas bien parejas. Esto unido a sus buenos modales.

(Francisco Huarte 1950, página 53)

 

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Los hombres que estaban en la plenitud de sus fuerzas, los que podían clasificarse entre los diez y siete y los cuarenta y cinco o cincuenta años a lo sumo, eran los esquiladores y agarradores, por ser trabajos sumamente pesados. Estos últimos llevaban los animales desde los bretes al esquilador, maneándolos de tres patas cruzadas con tiras de cuero de ovejas y quitándoles todo intento de resistencia.

Los chicos corrían con un tarro de cal viva y un hisopo a curar los tajos que el esquilador le había hecho durante la faena, otros recogían los blancos vellones de las ovejas ya esquiladas. La esquila constituía el mayor ingreso de la explotación pecuaria en las estancias. El cuadro lo formaban 40 ó 50 hombres doblados en hilera alrededor de las cuatro paredes del inmenso galpón, el balido ensordecedor de centenares de ovejas que buscaban sus crías, que por haber quedado tan blancas, al haberles sacado la lana, no las reconocían, buscándolas desesperadas, hasta que después de muchas vueltas por el olor las distinguían y entonces recién dejaban mamar al goloso cordero. Toda esta baraúnda de ruidos era superada por el grito característico del esquilador que al voltear el vellón reclamaba la lata con lo que llevaban la cuenta de los animales que esquilaban en la jornada…

(Francisco Huarte 1950, página 63)

 

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¡Ay que alegría nos causaba entonces aquella cocina negra por el hollín, con una gran fogata de leña de oveja que se guardaba bien tapada con paja para que estuviera seca para el mal tiempo, que nos hacía olvidar el mal día que habíamos pasado!

(Francisco Huarte 1950, página 63)

 

Esquilas

Ya han empezado en la mayor parte de los establecimientos del partido las faenas de la esquila.

Según hemos oído lamentarse a varios estancieros el resultado de la cosecha de lana no será tan bueno como en años anteriores por lo mucho que han sufrido las haciendas con la epidemia que las ha castigado el año actual.

El rendimiento será más escaso y la calidad de las lanas, en general, bastante inferior a la de otros años, lo que unido a la poca valorización que aquel producto tiene en plaza hará que los beneficios de los hacendados mermen en una buena parte.

(El Libre del Sur, octubre de 1892)

 

 

 

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