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LUNES 22.07.2024
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El futuro

Las señales de noticias están atiborradas de información referida a las primeras decisiones ejecutivas del nuevo presidente norteamericano. El mundo (una parte, es cierto) no termina de sorprenderse de que el principal país del planeta tenga como primer mandatario a un sujeto de apariencia caricaturesca, parecido a un bravucón con peluquín que se lleva todo, y a todos los que no piensan como él, por delante. Y quizá, ese sea el mayor problema: un señor de esas características puede ser impredecible.

Más tarde, soy espectador de un documental en una señal de cable que cuenta la historia de Donald Trump. Una biografía nada original y que se podría sintetizar en pocas palabras: ambición desmedida, falta de escrúpulos, egocentrismo, nacionalismo de bar y visión simplista del mundo. Una sintomatología política que los latinoamericanos conocemos bien, pero en este caso, el blondo líder, posee a mano un maletín que contiene claves atómicas.

Luego, claro, su promesa del muro, acompañado de los reclamos mexicanos en contra, con la voz cantante de un presidente, Enrique Peña Nieto, al cual el orgullo nacional le ayudará a aumentar su popularidad que no llega al 15 por ciento. Disputas peligrosas que unen ideas dañinas y bárbaras con necesidades políticas diversas. Me voy a leer, dije. Para distraerme un rato de un mundo un tanto desaforado que insiste en volver al pasado más temido.

Comenzó muy bien, hasta que leí lo siguiente: «…Trump le había hecho un juicio por 5000 millones de dólares a The New York Times, posteriormente desestimado por un juez, por haber escrito en 2006 que su fortuna era sólo de 150 millones a 200 millones de dólares, en lugar de los miles de millones de dólares que afirmaba tener el magnate. En la cultura de Nueva York, a diferencia de la de California, lo importante eran las apariencias…». Dios me libre, pensé. A pesar de que otros pasajes del libro insistían en recordarme que ya Obama estaba surfeando en su Hawai natal y que su sucesor era un histórico megalómano, seguí con la apasionante obra periodística de Andrés Oppenheimer «Crear o morir. La esperanza de América Latina y las cinco claves de la innovación» (2014). El libro, que recorre experiencias de innovación (mapeos del cerebro, impresoras 3D, viajes a Marte, autos que se manejan solos, formas de trabajo colaborativas, makers) en distintas partes del mundo, es un reporte alentador, curioso y estimulante del camino de la creación científica, tecnológica y empresarial que se da ahora, mientras usted lee esta nota.

Pero un dato de esta investigación, resaltó en forma especial en mi cerebro: los espacios creativos contienen, entre otras características, una visión positiva del fracaso. Traducido: el error como fuente de aprendizaje. Una cualidad, por cierto, que potencia la inclinación al riesgo y a la experimentación. Error, fracaso, derrumbe, quiebra, términos que conforman el ADN creativo.

La de Richard Branson, (dueño de Virgin), Pep Guardiola (entrenador de fútbol) o Gastón Acurio (chef y difusor internacional de la comida peruana), son algunas de las historias que Oppenheimer relata con pasión, incredulidad y rigor periodístico. Un paseo por el presente futurista en el cual vivimos y muchas veces ignoramos. Aunque a veces aparezca Donald Trump. Por suerte, para confirmar lo que algunos pensamos de él.

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