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Vivieron en la calle con sus hijos y hoy cuentan su historia

Celia tiene 20 años. Hace dos años y medio se vino embarazada desde Paraguay, con su hermano, con la idea de seguir estudiando y conseguir un trabajo. «Y se complicó todo», dice esta joven que se golpeó con una realidad que la dejó en la calle. Pasó unos meses en un parador del gobierno porteño y después la derivaron un año y medio al Hogar Amparo Maternal con sus hijas Ivana y Lucía.

 

El siguiente paso fue estar cuatro meses en la Casa de la Mujer -un lugar que recibe a madres con hijos que pudieron superar una situación de calle- y desde hace unas semanas vive junto a su pareja Gregorio y sus hijas en Boulogne. Hoy sueña con terminar la secundaria y conseguir un trabajo estable.

 

Ésta es una de las historias de resiliencia que se escuchan en la Casa de la Mujer San Gabriel, ubicada en Vicente López, que en octubre pasado se inauguró con el objetivo de dar alojamiento, contención y las herramientas necesarias a estas mujeres para que puedan volver a reinsertarse socialmente, seguir sus estudios y conseguir un trabajo estable. En síntesis, darles una segunda oportunidad.

«Acá estoy haciendo un camino muy lindo porque me quieren ayudar de verdad. No son mentiras y pajaritos», dice María Rosa, otra de las cuatro madres que junto a sus hijos hoy viven en la Casa, que funciona con sus reglas, horarios y donde se busca que tengan una vida de comunión y solidaridad.

«Un lugar así es la consecuencia lógica de un estado social con muchas personas en situación de emergencia. Las mujeres que llegan a estar en la calle viven en un estado de vulnerabilidad y pobreza extrema y con gente de Cáritas y la parroquia San Gabriel quisimos hacer algo al respecto», explica el Padre Jorge Eduardo Scheining.

 

Miedo e incertidumbre

 

«Lo que yo pasé no se lo deseo a nadie», sentencia Isabel Torres, de 44 años, en un llanto ahogado. Junto a su hijo Dylan, de 7 años, durmió en la calle y hace un mes que ingresó en la Casa de la Mujer. «Me veía en el hospital o en el cementerio. Entonces me fui de mi casa», dice para retratar el infierno de violencia que vivía.

 

Miedo, incertidumbre y el peor desenlace: la intemperie junto a su hijo. «A veces no teníamos a donde dormir. Hacía changas para tener para comer, y me ayudaba la gente de la Iglesia. Ya no soportaba estar en la calle con él. Estaba intranquila, no dormía, o solo de a ratitos. Tenía mucho miedo por mi hijo. Un hombre puede ser que soporte estar en la calle pero una mujer no», agrega Isabel.

 Con el deseo de poder darle una vida mejor a su hijo, se acercó a una Parroquia en San Isidro en la que le consiguieron un lugar en la Casa de la Mujer. «Lo que deseo es trabajar, alquilar una casa, tenerlo bien a mi hijo y poder estar con mis otros hijos porque los extraño demasiado».

 En la Casa de la Mujer, cada una comparte un cuarto y un baño con sus hijos, tiene algunas tareas asignadas y se vive de manera familiar, compartiendo el día a día. Los chicos van de 8:30 a 16:15 al jardín Brotecitos, que depende del Amparo Maternal. «Las casas las recibe con la condición de que los chicos estén escolarizados y que las madres procuren tener trabajo. La casa pretende mucho en poco tiempo. La idea es que después de un año o año puedan reinsertarse. Estamos en la búsqueda de empleo para ellas, en la etapa de armar sus CV. Algunas han trabajado en comercios, como repositoras, en atención al cliente, o en casas de familia», explica Jorgelina Pereyra, directora de la Casa.

Las mujeres, que vienen de atravesar diferentes situaciones de abandono, violencia de género o pobreza, reciben un trato personalizado, según sus necesidades concretas, promoviendo el desarrollo para comenzar un proceso de planificación de sus vidas, consolidando su persona, en términos afectivos, sociales y económicos.

Sandra Bustamante vivía con una conocida que llama «comadre» que la maltrataba y decidió irse. «Me tenía como una sirvienta, todo para que yo pudiera estar con mi hijo. Y me quedé, embarazada, en la calle. Estuve un solo día en un parador que no me gustó. Tenés que ver cómo se pelean por un lugar», dice esta mujer que tuvo a su hija prematura, a los cinco meses.

«Pesó 650 gramos. Estuvimos internadas tres meses y desde el Servicio Social del Hospital Fernández me derivaron al hogar Amparo Maternal. Ahí estuve un año y cinco meses, y desde octubre que estoy acá», dice Sandra, mientras tiene a upa a su hija Sofía de 2 años.

En este momento, en la Casa necesitan la donación de mosquiteros, un freezer y colchones de una plaza. «Siempre la ayuda más importante es la económica y es la más difícil de conseguir. También necesitamos más voluntarios que vengan a jugar con los chicos, a estar un rato con las mamás, para apoyo escolar, mantenimiento o transporte».(La Nación)

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