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«Claromecó es nuestro paraíso»

Claromecó es una suerte de crisol de procedencias. Son muy pocos los habitantes de esta localidad nativos del lugar. Un amplio porcentaje de la población estable proviene de otras ciudades, de otras realidades, casi siempre de grandes urbes. La gran mayoría de quienes han optado por vivir en el pueblo, lo han hecho escapados, del ruido, del estrés, de la inseguridad, de la locura generalizada que representa vivir en una metrópoli en el siglo XXI.

Estas personas, por regla general, han resignado algo para instalarse en Claromecó, casi siempre relacionado con lo económico. Han privilegiado la calidad de vida por sobre otras cosas. Sin pretender hacer un estudio sociológico ni mucho menos, existe una especie de ADN claromequense, que está relacionado justamente con este fenómeno. Al ser una localidad donde la gran mayoría es foránea, los sentires y realidades de dichas personas son muy diferentes. Eso generalmente contrasta con el punto de vista del nativo, y también con el tresarroyense que es asiduo de la localidad.

Es precisamente por eso, que Claromecó suele ser tildado de problemático o difícil, casi siempre eje de polémicas y posturas encontradas. Pero así como por un lado parece que es imposible ponerse de acuerdo entre claromequenses, también es verdad que todos, o una amplia mayoría, comparten un sentimiento muy arraigado con el lugar. Y una característica que también se repite en casi todos los casos: el que llega a vivir a Claromecó, no se quiere ir más. Hasta le molesta viajar a Tres Arroyos por alguna circunstancia.

 

Rigo no se va

En forma reciente, una nueva historia de este tipo se sumó a las tantas ya existentes. El comisario Pablo Martín Rigo decidió hace muy pocos días quedarse a vivir en Claromecó, resignando un ascenso y un muy buen puesto que le ofrecían en La Plata. A raíz de los recientes cambios en las cúpulas policiales, las autoridades determinaron que el comisario mayor Eduardo Quintela ocupase la jefatura de la Superintendencia de Seguridad de la capital de la provincia. Y Quintela había recurrido a un hombre de su confianza para que lo secunde en dicha labor: Rigo. Este último tenía casi todo listo para emigrar y asumir en su nueva función, pero a último momento optó por no aceptar el ofrecimiento. Tomó junto a su esposa Miryam una decisión de vida como fue quedarse a vivir en Claromecó. Otro matrimonio que prefirió la calidad por sobre la cantidad.

Contento, sonriente, Rigo atiende a LA VOZ DEL PUEBLO en su despacho de la Estación de Policía local. Sabe que ha tomado una decisión de esas que cambian el rumbo de una vida, o de varias vidas. Porque Pablo y Miryam serán papás dentro de unos meses, y ahí está acaso el punto principal de la decisión que tomaron. Viviendo en Florencio Varela, el matrimonio había buscado durante mucho tiempo tener un hijo, y hasta había perdido un embarazo. Todo producto de lo mismo, el estrés, la locura generalizada, el infierno de vivir en la jungla de cemento. Al poco tiempo de instalarse en Claromecó llegó la feliz noticia, y todo se desarrolla con absoluta normalidad. Es más, ese hijo ya tiene nombre, es un varón y se llama Mateo Natanael.

 

Estrés

Pablo comienza a relatar su historia, y lo hace desde un principio. Dice que «hubo un montón de factores que hicieron que uno llegue a Claromecó. Nosotros no tuvimos suerte buscando un bebé, y el estrés fue fundamental. Mi señora trabajaba de cosmetóloga en una escuela de estética, y además lo hacía en un gimnasio junto con su hermana. Yo entraba a las ocho de la mañana, y salía a las ocho de la noche del día siguiente. Es mucho el caos y uno no da abasto en una comisaría del conurbano, por más que tenga segundo jefe, jefe de calle y demás. Yo dormía una noche en casa y otra en la comisaría. De vez en cuando mi señora me acompañaba a la noche, pero si pasaba algo yo me levantaba. O en mi casa me llamaban a la madrugada por algún allanamiento, o enfrentamiento de bandas, o robos complicados con tiroteos y demás».

Rigo es contundente, dice que «o escapábamos de ese caos o nos enfermábamos. Yo tenía problemas de estómago, dolores de cabeza, presión alta. Estuve cuatro años como titular de dependencia con ese ritmo, y antes, durante nueve, fui titular del servicio de calle. Y un compañero mío que estaba a cargo la Comisaría Quinta de Quilmes, se tomó unos días de vacaciones y le dio un ACV, a los 42 años. Ese fue el botón de alarma, la señal que indicaba que había que cambiar el rumbo».

Prosigue el relato sosteniendo que «para mudarnos acá nos ofrecieron el flete, nos prestaron dinero para instalarnos, es como que todo se daba para que nos vayamos. Nos sorprendió que esta gente amiga nos daba una mano de esa manera, es como que nos echaban, pero en el buen sentido. Y ahora pasó al revés, nos teníamos que ir por mi nueva función, y surgieron una serie de cosas que nos advertían que nos teníamos que quedar. No había casa que nos gustara para alquilar, incluso encontramos una a un precio no muy caro, que estaba a cuatro cuadras de donde iba a trabajar yo en La Plata, y no nos gustaba la fachada», cuenta el comisario.

En realidad eran excusas que el matrimonio estaba buscando inconscientemente para no irse.

Sostiene Pablo que «cuando llegó la posibilidad del ascenso, uno enseguida dijo que sí, porque la oportunidad era buena. Pero cuando hubo que armar los bolsos no podíamos, ya tenía las cajas para la mudanza, el flete contratado, pero no pudimos armar un solo equipaje, así, no pudimos».

 

Copetonas

Rigo y su esposa llegaron a Claromecó el año pasado, ya que conocían la zona. Tienen un terreno en Copetonas, cuya historia también es digna de ser contada. Relata Pablo que «yo estaba que explotaba con el tema del trabajo, con los problemas cotidianos, y decidimos irnos de vacaciones. ¿Dónde? No importa, salimos. Después de manejar 17 horas terminamos en Puerto Madryn, a ver las ballenas. Era enero, olvidate, no había ninguna. Fuimos a bucear, pasamos unos días de descanso y nos volvimos. En el regreso pasamos por Sierra de la Ventana, y nos llamó la atención y nos gustó esta zona, veníamos por ruta 3. Pasamos por Tres Arroyos, por Tandil, hicimos un regreso tranquilo. Volvimos entusiasmados con esta región, por la cercanía del mar. Apenas llegamos nos metimos en la computadora, a ver si había algún terreno para comprar, por curiosidad nomás. Encontramos que había lotes en Copetonas, en pesos y cuotas fijas. No habíamos terminado de llegar, y nos volvimos a conocer Copetonas, no teníamos ni idea de su existencia».

«Al llegar nos encontramos con personas que estaban viviendo y venían del Gran Buenos Aires igual que nosotros, vimos el terreno y fuimos a conocer Reta. Nos gustó que en la entrada hubiese un puesto policial de control, cosa que después implementamos también acá en Claromecó. Tomamos el tiempo de la tardanza entre la playa y el terreno, hablamos con el hombre y nos fuimos. A la semana volvimos otra vez y cerramos el trato. Vimos que el pueblo era tranquilo, que tenía un banco, un mercado, varios almacenes, colegio, un geriátrico, nos gustó».

De esa manera fortuita Rigo y señora llegaron a esta zona, hasta que se dio la posibilidad de asumir como comisario en Claromecó. Cuenta Pablo que «con el comisario Quintela trabajamos muchos años juntos, aprendí mucho de él, lo respeto mucho. Como era jefe de esta región, lo llamé y le pregunté si había algún puesto para mi, y justo se dio que el anterior jefe de Claromecó (Maximiliano Palmieri) había pedido el traslado por problemas familiares. Le comenté a mi señora, y durante la misma charla telefónica con Quintela ya le dije que sí, y así llegamos».

Rigo, continúa su relato: «Dejamos todo de un día para el otro. A mi ya me habían ofrecido ser jefe de la Policía Local, la jefatura distrital, o en la DDI, es decir que ya tenía perspectiva de ascenso. Retrasamos todo eso, mi señora tuvo que dejar la clientela de cosmetología y las alumnas de gimnasia, tomamos una decisión muy importante y nos vinimos».

 

Paraíso

El 5 de setiembre de 2016 Pablo Martín Rigo asumía como nuevo titular de la Estación de Policía Comunal Claromecó. Empezó allí una nueva historia, que más tarde se transformaría en una nueva gran decisión, esa que se tomó hace muy pocos días, esa que cambia la vida de las personas y establece un punto de quiebre. Pablo y Miryam decidieron quedarse a vivir en Claromecó, cerca de su terreno en Copetonas, donde ya planean construir una casa para la que tienen todos los espacios y lugares ya diseñados y pensados.

Pablo, Miryam, Mateo Natanael y quien sabe cuántos hijos más, viviendo en la casa de sus sueños, y en el sitio que eligieron. Rememora Rigo que «al poco tiempo de vivir acá nos enteramos de la llegada de Mateo, y como los chicos vienen con un pan debajo del brazo, salió también esta oferta laboral. En primera instancia dije que sí, pero bueno, nos arrepentimos. Justo se dio que no estaba el jefe, no habían firmado el despacho, pedimos la suspensión del trámite, y tuvimos suerte porque nadie se enojó ni se ofendió, no alcanzaron a hacer el trámite, porque si se hubiese hecho, me tendría que haber ido igual. Dios estuvo con nosotros también en esta decisión, y acá estamos, para quedarnos en este paraíso»

Fútbol a la claromequense

El comisario Rigo suele establecer comparaciones sobre lo que significa ser policía en Claromecó y en el Gran Buenos Aires, con realidades completamente distintas. Entre las anécdotas que cuenta está la de su primera semana como titular de la dependencia de Claromecó. Le avisaron que el domingo había fútbol. Relata que «yo tenía preparado el chaleco naranja, guantes de látex, alcohol en gel, y detectores de metales. Claro, yo en Florencio Varela tenía que cubrir partidos de Independiente, Racing, Quilmes, Defensa y Justicia y Berazategui. Miles de personas en las canchas, y acá la gente mira el partido desde arriba del auto tomando mate. Allá no se puede entrar a la cancha ni con un encendedor».

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