El dolor de construir lejos de casa
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El 8 de abril, Exolimar Lozada logró huir de Venezuela y pisar suelo argentino. Tal era la desesperación y la necesidad de libertad que tenía, que se vino dispuesta a trabajar de lo que fuera, mesera, camarera, vendedora, promotora, aunque allá ejercía como ingeniera civil, la profesión que abrazó con tanto amor y esfuerzo. Poco a poco va saliendo del shock que sufrió cuando se dio cuenta que estaba en la Argentina, que atrás quedaron su mamá, sus abuelos, sus tías, sus amigos, y su carrera profesional. Sin embargo nuestro país la cobijó y nuestra gente la ayudó a pasar el mal trago de emigrar repentinamente de su patria.
Por estas tierras, el destino le tenía preparado un par de sorpresas: al mes y una semana de estar acá consiguió trabajo en la empresa Vial Agro. Y de la mano de esa oportunidad, una mañana llegó a Tres Arroyos a realizar una capacitación. Su interés por las construcciones, la arquitectura y los espacios la llevaron caminando hasta la plaza San Martín. Llamaron su atención la iglesia y la municipalidad, como lo apacible de la fresca mañana de mayo.
La ingeniera venezolana sorprende a LA VOZ DEL PUEBLO cuando declara con una seguridad abrumadora: “Tres Arroyos es el típico lugar para envejecer, es el lugar para llegar, para comprar una casa y quedarte a vivir lejos del caos, del tráfico”.
Su naturalidad y frescura lleva todavía más lejos sus pensamientos en voz alta. “Me gustó mucho lo bonito que es la de Argentina, también la ciudad de ustedes que conservan cosas de muy atrás, edificaciones muy antiguas, estuve en la plaza, vi por fuera la iglesia y un edificio al lado (la municipalidad) que me gustó mucho”.
La fuerza de una familia
Se llama Exolimar Lozada porque su mamá frecuentaba a una familia en la que vivía una mujer -a la que ella considera su tía- quien le puso el nombre. Nació en Maracay, una pequeña ciudad del Estado de Aragua, tiene 28 años y su familia está formada por sus abuelos, su mamá, sus tías Carmen, Daisy, Lilian; y tres nietos de los que es la mayor. Fue al colegio público y el secundario, que en Venezuela llaman bachillerato, lo hizo en establecimientos privados.
Eligió estudiar ingeniería civil porque “me llamó siempre la atención las construcciones, los edificios, qué había detrás de ellos”. Hay que sumarle que Lili, una de sus tías, es ingeniera mecánica y eso era suficientemente motivador: “A mí me gustaba que me llamaran ingeniera, sonaba muy bien”, reconoce.
La mamá trabaja en electrónica, arregla componentes de computadoras, “yo me ponía a ayudarla y me daba 100 bolívares para que me pueda comprar chucherías. Empecé en la universidad estudiando sistemas porque creía que eso era lo que me gustaba, pero al segundo semestre me cambié y me quedé con mi carrera de la que me recibí”.
Su familia tenía muchas esperanzas puestas en ella: “Soy hija de madre soltera y cuando eso pasa las cosas cuestan mucho más, tu mamá se tiene que esforzar el triple y gracias a Dios yo conté con mi tías -que son mis otras madres- que siempre me tendieron una mano para todo”.
La vivencia de Exolimar durante su infancia la hizo más fuerte, eso de no tener un papá la ponía en desventaja, pero la ayudó al mismo tiempo a forjarse como una mujer independiente. “Cuando sos niña te afecta el hecho que tus amiguitos tengan papás y tú no tengas. Los regalos del Día del Padre yo se los daba a mi mamá, eso te hace crecer cuando tú eres hija de madre soltera, te vuelves independiente porque ves que tu mamá se sacrifica tanto, es la que hace el cambio para la conexión de gas, y lo hace porque no le queda otra. Y tú lo absorbes y sabes que tienes que seguir para adelante. Y que como mujer una puede, aunque lastimosamente todavía en el siglo XXI nos siguen viendo como el sexo débil”.
Dígame ingeniera
Exolimar también tuvo que sortear el desánimo de parte de los que no creían en ella. “No siempre consigues gente que cree en ti, siempre hay alguien que va a dudar de tus capacidades. En la secundaria no era buena en matemática y eso hizo que algunos pensaran que no iba a lograrlo, pero no porque alguien no sea buena en algo, quiere decir que va a ser mala en eso, hay cosas que por ahí no te gustan en determinado momento, pero con la formación es diferente y te profesionalizas”.
El sueño de la pequeña Exolimar, la que ayudaba a su mamá en las tareas “mecánicas”, se materializó y se fundió en palabras cuando su tía Lilian el día que presentó su tesis le dijo “muchas felicitaciones colega” y eso “me llenó de emoción, fue muy gratificante, es saber que tanto esfuerzo valió la pena”.
Para la venezolana dejar el país era “abandonar a un ser querido enfermo y dejar que se muera”, además nunca había pensado en alejarse de sus abuelos, eso realmente le partía el alma. “Despedirte de tu familia y no saber cuándo la volverás a ver es terrible, no lo puedo describir”.
Llegar a Argentina le costó bastante, tuvo que conseguir el pasaje a través de otras personas, y superar varias trabas, pero un día todo se precipitó. “De un momento a otro me avisaron que había un pasaje, entonces le pedí que me diera dos minutos para responderle. Colgué, estaba con mi mamá, le dije que al día siguiente tenía pasaje para Argentina, ella aprobó que lo aceptara y tuve que ir a despedirme rápido de todos y llegar a mi casa a hacer las maletas”, explica.
“Creo que lo peor no es tomar la decisión de irse, sino cuando cruzas la puerta de embarque y sabes que ahora el irte sí es real. Porque mientras no te vas, sólo es una decisión y ¡ya!”.
La decisiones difíciles, complicadas marcan camino, señalan el horizonte, Exolimar soñó que la llamaran ingeniera y cuando lo fue, trabajó duro para honrar a su mamá y su familia, pero pasar la vida haciendo colas para comprar cualquier cosa que ayudara a la supervivencia no era el destino que quería.
Emigrar, volar, salir, dejar, venir, llegar, arribar, todo es posible, tal vez, hasta que algún día, Exolimar elija Tres Arroyos para envejecer.
