La belleza de perdurar
:format(webp):quality(40)/https://lavozdelpueblocdn.eleco.com.ar/media/fotos/2017/11/16/lvp.lvp.jpg)
Franco Vaccarini pasó sus días en la zona de campo de Lincoln hasta que viajó hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde empezó a formarse como escritor. Sobre el escenario de El Fanal, en la inauguración de la cuarta feria “Erase una vez” que organiza el Colegio Holandés, el escritor paseó sus conocimientos y desplegó una enorme variedad de buenos consejos, anécdotas muy instructivas e interesantes, pero más allá de eso entusiasmó, apasionó y llenó de esperanzas al público juvenil que lo escuchó atentamente.
“Tengo la prueba tangible de una carta que le escribí a los 18 años a mi hermana, que es profesora de letras y mi compinche, mientras hacía el servicio militar en Bahía Blanca, en Puerto Belgrano”, señala el reconocido escritor a LA VOZ DEL PUEBLO, en referencia al momento exacto en que decidió ser escritor. “Pero al tiempo me di cuenta de que uno no decide la vocación y así supe que la misma estaba estimulada por cuestiones que tuvieron que ver con mi infancia, con mi papá, que tenía una especie de vocación que nunca desarrolló”, argumenta, al describir momentos de su vida que lo acercaron a la escritura. Y continúa: “Yo lo veía escribir en la cocina de la casa y, sin dudas, creo que a ese niño que vio a su padre escribir tranquilo, reflexivo, le gustó tanto esa imagen… ¡Tanto como para que me gustara hacer lo mismo!”
Momentos compartidos
Sentados frente a frente, el escritor y la cronista, en las sillas vacías que habían dejado los alumnos de las escuelas secundarias presentes en la inauguración de la feria cuando se levantaron a recorrer El Fanal, Franco Vaccarini se muestra cómodo, feliz de compartir ese tiempo y ese espacio. El clima bullicioso, la conversación interrumpida por pedidos de firma de libros, de fotos y preguntas, no impidió que el escritor continuara atrayendo la atención de este diario que quería saber más.
“Tan importante fue la imagen de mi papá escribiendo, como leer Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, a los trece años; El extranjero de Albert Camus, a la misma edad; Julio Verne de más chico, una conjunción de factores que hicieron prender la llama de la vocación en mí”, sigue profundizando sobre su elección.
Gestos
Franco Vaccarini reconoce un gesto de su hermana como “un honor para mí” porque los cuentos que escribió su papá se los pasó ella, que es a quien le gusta armar la memoria familiar. “Somos 8 hermanos, tenemos 14 tíos, muchos primos, es un árbol genealógico con muchas ramas y tenemos mucha información de mis abuelos para acá”. Así como se lo confesó a los alumnos que fueron a El Fanal a escucharlo, dice que “los cuentos de mi papá los tengo en mi escritorio y quiero empezar a pasarlos a máquina. Además me importa saber cuáles eran las preocupaciones que tenía -que seguro, en general, fueron del campo, porque era agricultor-, no los leí todos todavía, pero espero eventualmente ver la posibilidad de publicarlos. Son cinco o seis cuentos escritos por él a los 16 años, en 1940, que tienen cincuenta páginas, por lo que no era algo más, sino algo importante”, destaca.
Trabajo previo
Siempre resulta intrigante saber “cómo se cocina” un cuento, una novela, una historia. Conocer las habilidades, la investigaciones que hay que desarrollar, moviliza de igual manera que descubrir qué hace que nazca en Franco Vaccarini una idea y se plasme en las páginas de sus libros. “Siempre hay algo que me obliga a documentarme, en la última novela uno de los personajes principales es un periodista de una radio de un pueblo. Por eso -como le conté a los chicos en la charla- tuve que investigar un poco cómo podía ser un programa policial en una radio ya que en los pueblos, como el que yo imaginaba, no había hechos policiales. El periodista hace sus programas más de literatura y de algunos crímenes de los que se habla a nivel nacional, así que siempre hay una investigación, aunque sea una historia contemporánea”, afirma.
Describe algunos datos que necesitó conocer antes de abordar algún relato: “Si la historia ocurre en un bosque cordobés quiero saber qué árboles hay en ese lugar, si transcurre en las montañas de Ushuaia quiero saber cuántos metros tiene el glaciar Martial o cuántos habitantes hay en Ushuaia, en qué sector vivían los yámanas, en qué sector los selknam, si son historias, leyendas de los pueblos originarios o en los libros como El Cruce o Historia de una epopeya, que hablan de San Martín y que requieren de conocimiento previo. En todas las historias me fortalece conocer la vegetación, el paisaje de lo que necesito mucho apropiarme, en general escribo de los lugares que conozco”.
Memoria e imaginación
Otros ejemplos lo van descubriendo. En “Cómo llegar vivo al sábado” la historia transcurre en lugares reconocibles de Buenos Aires y es contemporánea, pero también “tengo historias de ciudades que no conozco, como Londres. Ambienté una historia de un siglo que no conozco, como el XIX y en una ciudad a la que nunca fui, pero incluso en esas historias como El misterio del holandés errante, donde el personaje es un periodista, averigüé que en Londres ya había periodismo independiente y que podía ser posible que un periodista viajara a otra ciudad a hacer una crónica. Me inspiré mucho en los años 80, en que vivía en Buenos Aires y me moría de hambre solo con el periodismo”.
Y agrega: “Fue cuando decidí dedicarme a la literatura porque descubrí que no era lo mismo, así que elegí trabajar en una oficina y luego en casa”. También suele publicar en algún medio, pero desde el lugar de escritor. “En Clarín escribí la nota Tengo 8 hermanos pero a veces quisiera ser hijo único y cuento la historia de cómo fue crecer con ocho hermanos en una familia de costumbres muy formales y tradicionales, de padres campesinos, donde se valoraba mucho la educación, los libros. La memoria tiene que ver con la imaginación, algunas veces no se tiene memoria de todo sino de un contexto y se completa con imaginación. En Página 12 escribí la nota Volver al miedo de mi película preferida, pero lo hago desde un lugar bien personal”, relata.
Se queda con muchas ganas de seguir profundizando en la tarea del escritor, pero un grupo de alumnos del Hogar San José lo requiere, tienen mucho para preguntarle y allí se va, con su sonrisa y su excelente disposición para atender a todo el mundo.
