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Elegir entre la emoción y la razón

«No sé qué hacer en realidad me encuentro en una situación que me esta poniendo muy nervioso. Siento que no puedo. Me cuesta mucho decidirme. ¿Y si me equivoco y después me arrepiento de lo que elegí?».

Quizás esto te suene familiar, ya sea por haberlo escuchado muchas veces de parte de alguna persona cercana, o bien porque te sucede cotidianamente. En algunas ocasiones, sentimos que nos cuesta mucho poder optar, elegir, por lo visto, la toma de decisiones, puede presentarnos ciertas dificultades.

Decidimos con quien compartir nuestro tiempo, qué ropa nos vamos a poner, qué deporte practicar y cuándo, qué película nos gustaría mirar, decidimos si iremos o no a una reunión y lo que comeremos en la cena. Las elecciones se encuentran presentes todos los días de nuestras vidas.

Así como tomamos pequeñas decisiones a lo largo del día, también debemos tomar otras que resultan más significativas. La libertad de elegir el camino que queremos transitar conlleva también a hacernos responsables para asumir las consecuencias y riesgos que podrían traer aparejadas dichas elecciones. Todas y cada una de ellas, sin dudas, que marcarán nuestras vidas.

Una decisión es una resolución o determinación que se toma respecto a algo. Se conoce como toma de decisiones al proceso que consiste en realizar una elección entre diversas alternativas y sabemos que indefectiblemente dejaremos otras alternativas de lado: o vamos por un camino o decidimos transitar otros.

Quizás sea esto lo que nos lleva a entrar en dudas, al darnos cuenta que debemos dejar de lado otras opciones que se nos presentan, o el temor a cometer errores. Solemos juzgarnos duramente y no aceptar con facilidad la posibilidad de equivocarnos.

Cuando decidimos algo, se ponen en juego tanto la razón como la emoción, solemos decir que tomamos decisiones racionalmente, pero nuestras emociones juegan un papel más que importante en este proceso cognitivo.

Las emociones influyen en nuestras reacciones espontáneas, en nuestro modo de pensar, en nuestros recuerdos, en las decisiones que tomamos, en cómo planificamos el futuro, en nuestra comunicación con los demás y en nuestro modo de comportarnos.

Podríamos decir que es un estado afectivo que experimentamos, una reacción subjetiva al ambiente, que viene acompañada de cambios orgánicos visibles, como las expresiones del rostro, el enrojecimiento o la sudoración. Tiene una función adaptativa, es un estado que sobreviene súbitamente en forma de crisis más o menos violenta y más o menos pasajera.

Cuando experimentamos una emoción solemos involucrar un conjunto de cogniciones (facultad que tenemos para procesar y valorar la información a través de lo que percibimos teniendo en cuenta nuestra propia experiencia), actitudes y creencias sobre el mundo que usamos para valorar alguna situación concreta y que por lo tanto va a influir en el modo que distinguimos dicha situación y la manera en que podemos abordarla.

Ciertamente, los sentimientos tienen más fuerza de la que podemos imaginar y determinan la mayor parte de nuestra conducta.

Al ser estados afectivos, nos van a indicar cómo nos sentimos internamente, nuestras motivaciones, necesidades y objetivos que perseguimos. Cada uno de nosotros experimentamos las emociones de manera particular, según nuestra propia experiencia de vida, y por eso decimos que son subjetivas, de manera que lo primero que hacemos, es decidir con la emoción: ¿quiero o no quiero?

Una vez que decidimos si realmente queremos algo, por ejemplo: cambiar el auto, tener hijos, cambiar de empleo o de carrera etc., etc., aparece la razón que nos guía en la toma de decisiones y es ahí donde comenzaremos un proceso mucho más complejo y donde involucraremos la reflexión, el análisis y hasta la investigación de las diferentes aristas que nos plantea el problema al cual nos enfrentamos.

Los pensamientos (la razón) son procedimientos mediante los cuales ordenamos, damos sentido e interpretamos la información disponible en el cerebro, algunos son el resultado de un sentimiento, en otros casos, es el propio pensamiento el que influye en el sentimiento y produce una emoción.

Es conveniente entonces, observar nuestra reacción emocional para luego dejar paso a la razón y poder decidir si contamos con un plan de acción para lograr aquellos objetivos que nos hemos propuesto.

Muchas veces hemos escuchado que las emociones dificultan la toma de decisiones. No se trata de reprimirlas, no debemos anular nuestros sentimientos y ser únicamente racionales, aunque tampoco podemos convertirnos en seres puramente emotivos; deberíamos conseguir el equilibrio emoción-razón, dado que la razón nos ayuda a gestionar nuestras emociones, expresándolas de la forma adecuada, es la llamada inteligencia emocional, esa capacidad que tenemos de reconocer lo que sentimos, la base de los sentimientos positivos.

Como hemos visto, las emociones deben movilizarnos y la guía de nuestras acciones la dejaremos en manos de la razón, de esta manera nuestras elecciones podrían ser tomadas sin tantos conflictos. Solo el equilibrio emoción-razón podría llegar a garantizar el bienestar personal.

 

Lic. Claudia Eugenia Torres

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