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Tres Arroyos, LUNES 15.04.2024
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Payasos todo terreno

Sin las narices, los payasos y payasas de Había Una Vez se sentaron a charlar con LA VOZ DEL PUEBLO para jugar otro juego. Esta vez había que dejar por un ratito el niño que le da vida a sus clowns y contar lo que cada uno de ellos siente y quiere cada vez que sale a ser «payaso todo terreno».

Pero fue imposible no divertirse, los chistes, las cargadas, las sonrisas inundaron la sala de estudios y lectura de la Biblioteca Sarmiento, lugar elegido por la compañía para hacer la nota. El grabador circuló por la mesa de mano en mano, de boca en boca, se convirtió en el juguete del día que guardó el alma de cada uno de los personajes y especialmente de cada una de las maravillosas personas que los encarnan. 
Cada uno con su personalidad, cada quien con su humor o mal humor, los artistas que decidieron hacer reír, emocionar, hacer sentir por un momento que vale la pena dejar las preocupaciones estériles y cambiarlas por deseos de más y más amor salen a un nuevo escenario, el de la entrevista periodística.
 La Compañía Había Una Vez se conformó en 2015 cuando «nos dimos cuenta que la ciudad de Tres Arroyos necesitaba más payasos», explicó el profesor Gerardo Christensen. «Este mundo que descubrí había que contagiarlo -continuó- por eso empecé a dar clases en la Biblioteca Sarmiento y a mitad de año, cuando todos los asistentes al taller ya tenían nombre y vestuario, le pusimos el nombre a la Compañía. Y ahí arranca la aventura».

Los payasos 
«A partir de las clases de clown empezamos a descubrir que una vez que te metes no salís más», expresó entusiasta Antonela. Pero es necesario que se presenten, Había Una Vez está integrado por Antonela Galván, «Charita»; Juan Pablo Osses, «Pistón»; Micaela Galván, «Pachu»; Laura Arias, «Susanita»; María Melián, «Lucerita Pepona»; Diego Wilgenhoff, «Timol»; Cintia Daddario, «Caprichosita»; Cintia Flores; «Titi»; Sofía Urrutia, «Rosita»; Gerardo Christensen, «Dientitos»; Javier Oroquieta, «Adolf»; Estefanía Galván, «Peque»; Tomás de la Lama, «Humberto Porras», Virginia Amézaga, «Corita Corazón»; Claudia Racciatti, «Ricotita»; y Mariana Monsalvo, «Lupe». 

Los payasos explican que «nos escondemos detrás de la máscara tan pequeña que es la nariz y eso nos permite jugar y olvidarnos del yo social»

Los integrantes de la Compañía Había una Vez coinciden en que «todo lo hacemos a partir del juego, así nos animamos a hacer cosas que sin la nariz no podríamos, pero con la nariz puesta nacen los personajes, ‘el tímido’, ‘el malo’, todos se fueron conformando con el juego», expresó Antonela. 
Cintia explicó que «el niño que cada uno tiene adentro se potencia y va conformando la personalidad del payaso». Gerardo, que tiene más experiencia, cerró las ideas anteriores expresando que «nos escondemos detrás de la máscara tan pequeña que es la nariz y eso nos permite jugar y olvidarnos del yo social». 
Había Una Vez es un grupo de payasos todo terreno, se adaptan a la situación y juegan mucho entre todos. María contó que «cuando venimos a clase jugamos y resucitamos a ese niño que tenemos dentro. Es un payaso que se adapta a la calle, al escenario, a un cumpleaños, a una plaza, sin límite de edad porque estamos conectados con todas las personas, podemos ir a un club, a una plaza a un hospital». 
Entonces Cintia fue determinante: «Si estás serio te vamos a hacer reír», afirmación a la que todos adscriben con enormes sonrisas y anécdotas que se cruzan por arriba de la mesa, alrededor de la que todos están sentados. Gerardo -tratando de hacerse escuchar entre la divertidísima ida y vuelta de comentarios y gestos- dijo: «Llegamos a la persona, entablamos la conversación, con la improvisación, lo que hacemos es lo que en teatro se conoce como romper esa cuarta pared. Despertamos al niño dormido que es el que se empieza a descubrir a partir de las clases de clown, es lo que tiene el payaso, la recuperación de la niñez». 
Sin dudas tiene muy claro que «cuando vemos a la familia disfrutando de los payasos es cuando nos damos cuenta que esto sirve. Con los pequeños que tienen miedo tenemos el desafío de terminar con un choque los cinco, una sonrisa o un beso, no nos gusta cuando los padres los amenazan para que se porten bien con el payaso», aseguró Gerardo.
El sueño de María 
La Compañía Había Una Vez pudo llevar los juguetes nuevos que juntaron en una función al Hospital Argerich personalmente. Era el sueño de María que finalmente compartió con todos sus compañeros, ni ella ni el resto de los payasos olvidarán jamás los sentimientos que tuvieron haciendo reír a niños internados en el Hospital Argerich y a sus familias. 
Algo cambió sus vidas, las narices, más rojas y brillantes que nunca fueron protagonistas de la historia que cambió sus vidas. «Cuando decidimos terminar las vacaciones de invierno con una función pidiendo un juguete nuevo para donar, hablamos con Guillermo Jaime y su esposa Verónica y ahí me entero del Club de los Pedalitos. Juntamos juguetes nuevos para llevar a hospitales de Buenos Aires y a los Jardines Frutillitas y como María tenía el sueño de estar en contacto con los chicos internados en hospitales le pedí a Guillermo que le permitiera a ella poder entregarlos. Fue cuando recibimos la sorpresa de que todos estábamos invitados a ir», contó Gerardo. 
La Compañía Había Una Vez llegó a Buenos Aires y cada uno con su personaje recorrió el Hospital, además de llevar su alegría a los colectivos, a las calles porteñas y hacer una función en el Hotel de la Provincia donde se alojan las familias que tiene a sus chiquitos internados. Sin dudas comparten una decisión, «vamos a volver en abril y setiembre del año que viene». 
La idea y la emoción de la experiencia hicieron que una vez que arribaron a Tres Arroyos fueran «corriendo» a hablar con el equipo de pediatría del Hospital Pirovano y comenzaran con la «Payaguardias». Gerardo explicó que «las enfermeras cuando hay chicos internados nos llaman y nos vamos una hora al hospital a visitar a los chicos, entonces va el payaso a compartir ese momento. Muchas personas creen que tienen que pagarnos por eso, o por el globo que les regalamos o por entregar caramelos, por eso muchas veces tenemos que explicar que lo hacemos por amor y la gente se emociona mucho cuando siente que sólo estamos en el hospital para hacer felices a los chicos». 
Otro aspecto en la que todos coinciden es en que «empezamos a valorar otras cosas, estamos felices, queremos disfrutar de todo lo que nos enseña el clown, la familia nos apoya y esto es un trabajo en familia. Todo lo que recaudamos lo ponemos en un fondo y lo usamos para las funciones, los viajes y lo que tenemos destinado para dar», contó Juan Pablo.  
La rutina
Juan Pablo dijo que «durante los fines de semana nos preparamos física y mentalmente. Todos los sábados preparamos la rutina, pero luego en el lugar la situación te va llevando y nos adaptamos y cambiamos, por eso jugamos». Sofía acotó que «trabajar con otro sirve para apoyarse y hace que se pueda salir de cualquier situación. Ya nos conocemos tanto que podemos dar el pie que el compañero necesita», afirmaron. Sin dudas son histriónicos, singulares, graciosos, tienen sueños, se emocionan y se mueven «a sonrisas». Las narices les permiten jugar, soltar eso que tienen adentro que los hacen derrochar alegría y convidar cariño y amor. Los caramelos, los globos con formas, esos son regalos materiales, pero lo que la gente que aprecia de sus espectáculos en cualquier terreno se lleva verdaderamente es la cuota de buen humor que todos necesitan para vivir mejor, que es gratis, pero no tiene precio. 
La experiencia Argerich 
Para Antonela, la visita al Hospital Argerich marcó «un antes y un después. Todos fuimos con miedo, era la primera experiencia en un hospital. Y cuando volvés los problemas te parecen muy pequeños y le encontrás el lado positivo a todo». 
Juan Pablo indicó que «el viaje fue impensado, nos preparamos mucho de la cabeza y estar preparados para que se cumpla el objetivo que nos propusimos, sacar a la persona por unos minutos a otro lugar. Después del viaje aprendí a vivir diferente y quiero volver». 
Micaela contó que «sentí que fue un antes y un después y darnos cuenta que tenemos que valorar otras cosas. También nos sirvió como compañeros. En los pasillos hubo una gran organización con la ayuda de los payamédicos de allá como Tomás y aprendimos a hacerlo de la manera correcta». 
Laura explicó que «ir al hospital fue muy bello, vas con miedos, con expectativas. La experiencia la queremos volver a tener y volver a ir». María dijo: «Cumplí el sueño de llegar a la sala de oncología infantil, lo mismo espero para mi ciudad, fue una emoción muy grande. Jamás lo voy a olvidar, a los 48 años cumplí un sueño y les agradezco haber podido cumplirlo». 
Diego manifestó que «la experiencia que tuvimos es única, mágica, increíble. Lo bueno fue la energía que trasmitíamos nosotros, no sólo en el hotel o en el hospital, lo mismo ocurrió cuando fuimos en el colectivo donde hasta el chofer jugaba con nosotros». 

La Compañía Había Una Vez se conformó en 2015 cuando «nos dimos cuenta que la ciudad de Tres Arroyos necesitaba más payasos», explicó el profesor Gerardo Christensen

Claudia aseguró que «fue una revolución en el amor, llevé un bebé en mi vientre y sentí que le podía cambiar el presente por un instante a la gente».
Javier comentó que «la experiencia grupal, los miedos que teníamos por lo desconocido por encontrarnos con la enfermedad de los chiquitos… Pero al entrar en el hotel y en el hospital, el trabajo tan natural que hacen permite que no se encuentre ninguna resistencia entre los médicos o entre los pacientes». 
Gerardo explicó: «Teníamos mucho nerviosismo, me ponía a prueba una vez más. Aunque me doy cuenta que el payaso no tiene techo. Cuando volvimos nos encontramos en el Facebook audios de niños que habíamos visitado o las mamás que destacaban el momento de alegría ante el sufrimiento. Fue una experiencia que nos llenó de vida». 
Sofía resumió: «Todo fue aprendizaje y felicidad de poder aprender muchas cosas desde lo personal y como payasos, además de lo grupal que permitirá que volvamos y sumemos más cosas». 
Cintia, en tanto, manifestó: «Dije que sí al viaje, pero fue difícil dejar a mi bebé que tiene casi dos años. Aunque una vez que subís a la combi, llegas a Buenos Aires y te vestís es otra cosa. En el hospital, en el pasillo hicimos un show chiquito para los papás que entraban a ver a sus niños a terapia, fue difícil y terminaron riéndose y bailando, por un momento la pasaron bien y eso fue maravilloso». 
Para Cintia «el viaje fue impresionante. Hace poco que soy payaso y para mí fue todo nuevo. Me alegró el año, y dar me llenó mucho». 
Estefanía no dudó: «La experiencia fue magnífica, el mejor regalo que tuvimos fue la sonrisa que nos dieron los chicos que en ese rato fueron felices. En ese viaje crecimos todos». 
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