La huella de Graciela
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Sus miradas reflejan una vida de luchas, alegrías, complicidades, pero también de dolor y compasión. Arrastran la experiencia del abandono que más duele, el de la sangre. Aprendieron a vivir sin su propia familia, y con otros que también sufrieron lo mismo, con quienes compartieron además contenedores abrazos del corazón que los ayudaron a crecer.
Se cumplen treinta años del inicio de una experiencia que logró tocar de la mejor manera posible la vida de muchos chicos y chicas que hoy tienen entre 30 y 40 años de edad. Hombres y mujeres que por fin pueden mirar hacia atrás con menos rencor del que podrían haber acumulado si no se hubiera intervenido entre ellos como se lo hizo.
Graciela Thomas de Vizzolini
Con determinación y sensibilidad. Todos los comentarios remiten a Graciela Thomas de Vizzolini, y de las personas que contagió con su entusiasmo. Fue impulsora de la Asociación Amigos del Menor y la Familia, una ONG que nació para ocuparse de graves problemas sociales.
Tres décadas más tarde y después de su partida, hoy es evocada por la huella que dejó con su trabajo social. En este marco será inaugurada el próximo jueves a las 18 una biblioteca que llevará su nombre, en el Frutillitas 1.
Cristian, Laura, Eugenia y María de los Angeles se abrieron y contaron sus vivencias en los Pequeños Hogares
Trae a la memoria -su ladera de siempre- Carlota Llamosas, que transcurría la década del 80, y los chicos que no tenían a mayores que se hiciesen responsables de ellos eran llevados Bahía Blanca para ser un número dentro de un instituto. En ese tipo de entidades había trabajado en La Plata la asistente social, Marta Blasetti, que recién llegada a la ciudad fue convocada para hacerse cargo de dirigir -hasta el día de hoy- los programas sociales de la asociación.
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Los pidió Correa
Con apoyo -y el pedido expreso- del intendente de entonces, el peronista Raúl Correa, comenzaron a tener vida los Pequeños Hogares.
Pasaron 30 años de aquel entonces, y el primer hogar se multiplicó por cinco en total, porque llegaban grupos enteros de hermanos que -por distintas razones- quedaban solos. Fueron abandonados porque sus padres no podían más con ellos, eran alcohólicos, porque sufrían violencia, o porque alguno de ellos cayó preso, y no había familiar que pudiera tenerlos. En ese contexto quedaban en total desamparo.
El primer hogar se armó en calle Pueyrredón y el segundo con nueve hermanos de Orense que se encontraban abandonados en la Colonia de Vacaciones, comenzó a funcionar en una casa alquilada de Sáenz Peña al 500. Siguieron otros.
La insistencia de Graciela, una mujer de la alta sociedad tresarroyense que se comprometió hasta el último de sus días con los chicos más desfavorecidos de la ciudad y que fueron tocados por la asociación, hizo que se pudiera recibir todo tipo de ayuda y asistencia para que todo funcione y nada falte en la ardua tarea de criarlos contenidos.
Gestión social
No sólo contagió a otras familias trabajadoras y pudientes de la ciudad en aquellos años, sino que también no dudó en reunirse con toda autoridad de gobierno o referente político que le ayude a mejorar la calidad de vida de sus chicos. Ese espíritu se sostiene al día de hoy.
Ya sin su presencia los Frutillitas recibieron recientemente la visita del jefe de Gabinete, Marcos Peña, que le abrió a la ONG la posibilidad de acceder a una ayuda económica que le posibilitó hacer importantes mejoras de infraestructura. De esta manera, por primera vez en 30 años, se logró sumar a los apoyos del municipio y la Provincia, el de la Nación.
A los Pequeños Hogares, les sucedieron Los Frutillitas. Son los jardines maternales con los cuales se apuntó a atender los problemas de manera más temprana, tal como lo hacía la provincia con el programa Jardines Maternales, pero que desde la asociación se mejoró con la incorporación de maestras jardineras.
Después llegaría el Centro de Día para niñas y adolescentes, y el grupo Atreverse que entiende en situaciones de violencia familiar y abuso infantil, ambos programas con prácticamente 10 años de trayectoria, conforman también la red que responde a la asociación.
Cristian y Gustavo expresaron su agradecimiento por el cuidado y contención recibida
En primera persona
Esa red se encargó que los chicos de los hogares pudiesen vivir en un hogar lo más contenedoramente posible. Allí se conocieron María de los Angeles, Cristian, Gustavo, Laura, Eugenia y otro Cristian, el hermano de las dos últimas. Todos tienen algo en común.
Se fueron criando con el afecto especial compartido en el mismo ambiente, que desde hace cuatro años no están más bajo la órbita de la asociación. Los costos y las nuevas leyes orientadas a recomponer los lazos familiares haciendo que intervengan miembros de la familia ampliada de cada niño, para que no haya más hogares o institutos que los separen de sus familiares, plantearon un contexto en el que actualmente se desenvuelve el municipio.
“Tuvimos contención y una oportunidad”, dijeron las mujeres del grupo. Fueron las que más rápido se soltaron para hablar de sus años en los Pequeños Hogares. “No teníamos mamás, pero la tuvimos”, dijo con la voz entrecortada Eugenia que llegó con siete meses de vida a un hogar donde sí quisieron cuidarla. Cristian Fierro recuerda, y hace que todos también lo hagan y se rían, de sus primeros años en el hogar. María de los Angeles dijo que era hiperactivo.
Esa esencia lo llevó a “tomar'” la casa que habitaban como un centro de pruebas para sus inquietudes vinculadas con la electricidad. A prueba y error pudo aprender lo que hoy sabe. Puede realizar instalaciones eléctricas o reparar una computadora. Aunque recuerda que el hogar hasta estuvo una semana sin luz por sus “ensayos”.
“La paciencia que me tuvieron hizo que yo aprenda”, dijo Cristian que días atrás conmovió a la asociación con una carta abierta que compartió en su red social. Gustavo contó que gracias al hogar pudo probar la práctica de varios deportes. Apunta Marta Blasetti que era la época en que había quienes se preguntaban “¿por qué los chicos del hogar van a tenis?'”.
La respuesta era sencilla, “porque los profesores se lo ofrecían gratis”. De igual manera muchas personas de la comunidad regalaban ropa de muy buena calidad para que los chicos estén siempre bien vestidos. La comunidad ha estado siempre tendiendo una mano a la institución, según contó la asistente social.
Todos también recuerdan los momentos vividos en su paso por la colonia de vacaciones. Y Cristian Ster, hermano de Laura y Eugenia, se soltó finalmente en la charla y tiró sobre la mesa que llegaron a los pequeños hogares sin saber lo que era un inodoro, o sin haber visto nunca antes un semáforo.
Valoró además que gracias a haber pasado por allí pudo jugar al fútbol como por ejemplo en Quilmes o un torneo federal para Villa del Parque de Necochea. Laura, Eugenia y María de los Angeles contaron también cómo antes se sufría la discriminación.
Los chicos del hogar y parte del equipo técnico de la Asociación Amigos del Menor y la Familia, evocaron a Graciela Thomas de Vizzolini
“Si pasaba alguna macana, y eran ‘los del hogar'”, recuerdan el comentario que los perseguía, pero que con el tiempo lograron dejar atrás porque hoy asumen con orgullo su paso por el hogar que los cobijó y los ayudó a formarse. Por eso a todos les cabe la misma pregunta -en tono de comentario- que hizo, Cristian, el futbolista.
“Qué hubiera sido de mi vida” sin el hogar. Hoy luchan por no repetir la historia que les tocó sufrir. Y una clara muestra de cómo afectó positivamente a sus vidas, haber pasado por el hogar, se resume en María de los Angeles que trabaja desde hace años en Los Frutillitas, aprendiendo a dar el mismo tipo de afecto y contención que ella y sus hermanos recibieron allí desde chiquitos.
Dejar una huella
Sin dudas que para que esa huella quede tan firme en sus memorias, es porque ellos mismos se dejaron ayudar. Y también por el enorme trabajo hecho por un equipo de personas y profesionales, pero sobre todo por la tenacidad que se le reconoce inequívocamente a Graciela.
En sus historias se ve reflejado el trabajo -tallado a mano- que han hecho desde siempre los equipos coordinados por Marta Blasetti. Ella y la asociación no se desentendieron de los problemas que fueron encontrando al paso de cada experiencia.
Por eso los hogares dieron vida a los Frutillitas, al Centro de Día y a Atreverse, que se fueron instalando a medida que salían a la luz todo tipo problemas, a partir de lograr lo más importante, un marco de confianza que ayude a romper los silencios encerrados entre cuatro paredes de una familia rota.
Entonces toman forma y peso propio nombres como los de Karina Molina la directora de Los Frutillitas, donde además de cuidar y alimentar a los niños, se involucra a las madres hasta en talleres en los cuales pueden aprender a cocinar. De igual modo trasciende por ejemplo el trabajo de la psicóloga Carolina Farisano, en Atreverse, donde de manera asistencial y preventiva se abordan todo tipo de situaciones violentas intrafamiliares.
En este punto, todos desde su lugar, estiran los brazos de la ONG que están destinados a contener.
