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Reflexiones de quien «no tenía pasado, ni presente, ni futuro»

Su paso por la Asociación Amigos del Menor y la Familia fue un hito que, más que sacarlo de un camino sin retorno, lo devolvíó a la vida. Así lo cuenta, en un puñado de líneas, Cristian Fierro, tras haber regresado, hace apenas unos días, al lugar que fue nada menos que su propia casa: 

De no haber sido por la gran humildad de Graciela Vizzolini, de no haber sido por la paciencia de las encargadas, de no haber sido por la preocupación por mi desarrollo mental y físico, la que excelentemente coordinaron durante muchos años las asistentes sociales de la Asociación Amigos del Menor y la Familia, la paciencia y el aguante, de no haber sido por todo eso, en este momento quien sabe qué tipo de persona habría terminado siendo yo. 

Recuerdo las idas y vueltas a distintos hospitales, los viajes a Buenos Aires, los estudios que me hicieron, los seguimientos con Baffoni, con Larriestra, con Giménez. 

De no ser por ustedes quizá en este momento estaría yo internado en un psiquiátrico, sería un enfermo mental o un delincuente cualquiera. Ni siquiera podría caminar bien, menos razonar como corresponde. 

Le debo mucho a la Asociación del Menor y la Familia, pero lo que más le debo es que le dieron humanidad a alguien como yo que no tenía pasado, ni presente, ni futuro. 

No me olvido de mis raíces. No olvido Pueyrredón 149, 28593, el gallinero de fondo, el árbol de almendras junto al «guanaco», el perro Tobi al que le tenía terror, la mesa de material que estaba en el patio, la vez que me tragué la moneda y terminé en el hospital, la vez que tomé un trago de vino en Navidad y me emborraché (era un niño y en un descuido pum! desastre!), los primeros miedos de la infancia, la situación en la Escuela 3. 

Tampoco olvido Constituyentes 442, 420746, central telefónica, el colectivo verde, mis primeros amigos y amigas, Cebollitas y Chiquititas, las de Indiana Jones, los polvorones que traían de la fábrica Vizzolini y que agarraba a escondidas a la hora de la siesta, las cagadas que me mandaba con radios, televisores, las monedas que le robaba a Marta del Citröen, el Fiat Spazio blanco de Marcelo León y cuando lo cargaba de las arrugas que ahora tengo yo cuando levanto las cejas, la placita del barrio donde había una biblioteca abandonada y encontré un libro que se titulaba «Platero y yo» con el que a temprana edad desarrollé el amor por la lectura, el primer Winco, el equipo de música Crown Mustang de la mamá de los Balmaceda, el cual tenía un disco de vinilo con canciones del Mundial del 78, mi madrina Susana que nunca me dió más bola, el Sega Génesis de Martín Merlo, Etelvina Mazzitelli y sus rejillazos, Andrés Mazzitelli y sus películas de Chaplin, Damián Pinella al cual le tengo mucho aprecio (tu viejo fumaba mucho y tenía una moto que hacía mucho ruido. Vos estabas muy orgulloso de eso), Aldito y Eugenia Ricci, mis dos primeros amigos de toda la vida: Walter Robavñera y Fer, la pileta de Huracán todos los veranos y muchas cosas más, pero principalmente el cariño, la paciencia y la comprensión con la que nos trataron. 

Cuando fuí a la reunión no quise llorar. Había vuelto a mi casa, con mis hermanos y hermanas, el lugar que tanto amo. 

Cómo desearía que mi viejo no me hubiera llevado. Cómo los extraño a los que se fueron para no volver. El tiempo nunca va poder volver atrás. Ya no es lo mismo, ya somos grandes. 
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