Cuerdas con oficio
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Por Valentina Pereyra
Todos los miércoles a las 20 horas la Iglesia Reformada de Tres Arroyos vibra de manera especial. Un grupo de coreutas avivan llamas de nostalgia, alegrías, sueños y desdichas, según las partituras que se desovillen con cada nota.
En la parte de atrás del templo, en la sala de reuniones, esperan a LA VOZ DEL PUEBLO un buen grupo de hombres y mujeres que se disponen -una hora antes de comenzar el ensayo habitual- a contar sus historias que suenan al unísono y se hacen una para armonizar.
“Aclará que el día que vinieron a sacar la foto del diario jugaba Boca y River, ¡éramos todas mujeres!”, realizan la declaración entre risas. Por lo que hubo que volver al miércoles siguiente a retratar a los ausentes.
Mientras tanto, en el salón principal de la iglesia, las voces de unos cinco pequeños suenan agudas, tímidas y acompasadas. “Tenemos un coro de Niños de la Iglesia Reformada, son nuestros hijos y nietos, empezamos hace poco, pero vamos a crecer seguramente”, cuenta Graciela Zandstra.
Germán Scarabotti prepara el mate con anís y tilo, que acompaña sabroso cada compás de palabras que salen del cancionero de vida del coro. Hace unos meses que lo integra, sin embargo la música y los encuentros para ensayar las canciones lo completan. Además, en forma reciente fue nombrado como presidente de la comisión del coro.
Unos doce coreutas van trayendo historias que quedan guardadas no sólo en el grabador del diario, también en el alma. “Canto muy bien, por eso estoy en el coro”, inicia la entrevista Luis Veninga y por supuesto arranca la risa de todos. “Empecé a cantar en el colegio (Holandés) con meister Slebos, en esa época cantaba toda la familia”, sigue el relato.
La frase se replica en varias o prácticamente todos los coreutas presentes, especialmente en los más antiguos. La familia asistía al culto y de allí según las diferentes épocas partían hacia el colegio a ensayar para cantar en el coro del que formaban parte abuelos, padres e hijos.
Juan Carlos Whilgenhoff señala que “cuando era chico meister me mandaba a buscar a los chicos que estaban jugando en el viejo Fanal, al que llamábamos ‘el huevo’, para que vinieran a cantar y ensayar al coro”.
“El coro da la posibilidad de cantar juntos y que las cuerdas vocales vibren por simpatía. Es más fácil cantar juntos que solos y hay estudios que dicen que cuando la gente canta en coros sus latidos del corazón también van juntos”, expresa Romina Reimers
Nuchi Zijlstra explica que “el 1° de marzo me despedí, fue la última vez que canté, ya cumplí 79 años y creo que es tiempo de dejar. Pero canto desde muy joven, creo toda la vida, más de cincuenta años con interrupciones cuando nacían los chicos o eran chiquitos y no daban los tiempos para todo”.
Las anécdotas van y vienen y en el orden que se puede, cada integrante aporta un cuento diferente. “¿Se acuerdan cuando fuimos a participar de un encuentro en el Colegio Argentino Danés en colectivo? Todos subimos al micro cambiados, arreglados y listos para cantar ni bien llegásemos, pero el camino era de tierra y la nube de polvo que había arriba del colectivo era tal ¡que no nos veíamos ni entre nosotros!”, explican sonrientes y describen más detalles de la travesía.
Los viajes fueron muchos, es un coro reconocido al que invitan a diferentes festivales y encuentros, pasearon su arte por Claromecó, Coronel Dorrego, Chillar, San Cayetano, Buenos Aires, la Iglesia Luterana de Necochea, Tandil, Mar del Plata, viajaron a Misiones junto con el Coro Municipal de Niños, y a tantos otros lugares de la región de los que hacen memoria.
La vestimenta también adquiere singular importancia. “Para los varones es más simple”, dice Graciela. “Aunque algunos no se quieran poner nunca la corbata”, explica Anita Wilgenhoff concentrando la mirada en Luis, que declara a su favor, “siempre viví en el campo, la corbata la llevo en el bolsillo”.
Silvia Luengo es más tímida, pero ante la pregunta dice que “me invitaron a cantar hace ya muchos años, siempre me gustó y lo hago con mucho amor, es una familia, me gusta mucho estar acá”.
Hay dos nuevas integrantes, Silvia Fernández y Amalia Maragliano, quienes se sumaron después del encuentro coral del año pasado. “Sentí que tenía que cantar con ellos, suenan precioso y quiero ser parte”, dice una de ellas.
El repertorio
Algo quedó claro, a todos les gusta cantar himnos. “Es como nos sentimos más cómodos”, explican Juan Carlos y Anita . “Y a mí si algo no me gusta es cantar en inglés”, afirma Luis que vuelve a arrancar la risa de todos.
Nuchi y Germán Scarabotti cuentan que su actual directora de coro, Romina Reimers, es “muy detallista y exigente. Le gusta que cantemos en el idioma original de cada canción, por eso tuvimos que aprender a pronunciar bien el alemán, el idioma vasco y el inglés. Nos ayudan diferentes personas que manejan bien esos idiomas”.
Vuelven a hablar de los himnos, los repasan, los ponen en el centro de la mesa, los añoran… ”Pero cantamos de todo, tangos, folclore, música clásica, también hemos hecho algún rock”, explican.
Juan Carlos trae una anécdota ocurrida durante la presentación del coro en la ciudad de Jacinto Aráuz. Una de las canciones que interpretaron fue el ‘Padre Nuestro’, escrito por Clemente Beux; “terminamos de cantarlo y se acerca un señor que nos pide que lo dejemos dirigir y cantarlo nuevamente, resultó que era el autor de la canción, fue muy emocionante”.
Otro momento de hondo sentir aparece con la remembranza del ‘Aleluya’ de Haendel. “Lo cantamos en la Iglesia del Carmen y cuando empezamos la gente se puso de pie y así lo escuchó hasta el final. Cuando terminamos se caía abajo la iglesia de los aplausos”, explica Luis que revive emocionado el momento.
Este año, hace pocas semanas, se comenzó a formar un grupo de niños que van a cantar a la Iglesia
El coro tiene un amplio repertorio que “lo elige la directora, pero podemos opinar. Cuando una canción no nos queda bien, lo decimos, como fue el caso de ‘Chan Chan’ de Buena Vista Social Club”, manifiesta Anita.
“Según los directores que tuvimos fueron los repertorios, con meister Slebos cantamos himnos y canciones folclóricas argentinas y holandesas, con el señor Roberto también, ya con Ana María Durante interpretamos algún tango y folclore que también cantamos mucho con el profesor Omar Larraggione. A otros directores les gusta más lo clásico”, cuentan Graciela Zandstra, Sonia de Groenenberg y Delia Attema, quien en el último ensayo, mientras practicaban un himno, recordó emocionada que “un día cuando caminábamos por el Chaco con Elena Zwaal y Anthoinette Hoogerheide -causando impresión en todos que miraban muy extrañados a esas tres mujeres tan altas y rubias- escuchamos al pasar por una pequeña casa a dos hombres que cantaban en Wichi el mismo himno que estamos ensayando hoy…”.
Pero el repertorio o los ensayos traen de vez en cuando enojos que se liberan, no se callan, no se ahogan, todo lo contrario. “Una vez, el señor Roberto se enojó y tiró la carpeta por el aire, dejó todo y se fue del ensayo dando un portazo”, recuerda Sonia.
A lo que Delia acota: “Yo también me fui enojada, no me podía hacer entender, me parecía horrible cómo salía, me enojé y me fui”, dice entre risas y se sonroja.
“Todas las canciones te recuerdan algo o a alguien, yo cantaba con mi esposo -que falleció- y él siempre se ponía detrás mío, yo lo escuchaba claramente siempre. Cuando se casaron mis hijos y el coro cantó en la ceremonia, yo sentía su voz detrás mío, aunque no estuviera”, desnuda su alma Anita y provoca el silencio reparador.
“Todas las canciones te recuerdan algo o a alguien, yo cantaba con mi esposo -que falleció- y él siempre se ponía detrás mío, yo lo escuchaba claramente siempre. Cuando se casaron mis hijos y el coro cantó en la ceremonia, yo sentía su voz detrás mío, aunque no estuviera”, desnuda su alma Anita y provoca el silencio reparador.
Fue el maestro Slebos quien imprimió al coro la impronta que todos tienen grabada a fuego y corcheas. Sencillez y grandeza que empezaron a forjarse a través de obras religiosas, himnos, pero también folclore argentino y holandés, obras variadas en inglés y holandés, valses y negro spirituals.
Actualmente el coro interpreta además música sacra en varios idiomas, y parece que este año tienen el permiso de Romina y el enorme placer de volver a interpretar amados himnos que les recuerdan a sus abuelos, sus raíces, que los vuelve a la grandeza de ser coreutas que aman sobre todas las cosas a Dios y a su Hijo.
Todos los más antiguos tuvieron palabras más que amorosas y de reconocimiento personal y profesional hacia la profesora Ana María Durante, de la que dicen “ella hacía que pasáramos de sonidos vivos y fuertes a pianísimos difíciles de lograr”.
A brillar
Son una luz, un sendero, un ensamble infinito de notas que bailan sobre los pentagramas al compás de los maestros que las dibujaron para ser interpretadas, suspiradas, despojadas, sorprendidas.
“El coro da la posibilidad de cantar juntos y que las cuerdas vocales vibren por simpatía. Es más fácil cantar juntos que solos y hay estudios que dicen que cuando la gente canta en coros sus latidos del corazón también van juntos”, expresa Romina Reimers, que aporta una enorme verdad.
“El coro da la posibilidad de cantar juntos y que las cuerdas vocales vibren por simpatía. Es más fácil cantar juntos que solos y hay estudios que dicen que cuando la gente canta en coros sus latidos del corazón también van juntos”, expresa Romina Reimers, que aporta una enorme verdad.
Cada uno de los integrantes del coro –que está creciendo- palpitan al mismo tiempo. En la fila de sopranos, Amalia Maragliano, Norma Pizzo, Silvia Fernández, Irma Rojas, Ana Wilgenhoff, Juana Buldain, Sonia Franke, Jorgelina Ouwerkerk, Victoria Menna, Anahí Fernández, Delia Attema, Silvia Luengo, Natalia Villavicencio y Anthoinette Hoogerheide.
Mientras los contraltos, Sofía Kisbye, Femy Zandstra, Elena Zwaal, Karen Groenenberg, Lisbet Groenenberg, Annedore Held y Graciela van den Heuvel completan la hilera.
Más arriba, los tenores Juan Carlos Wilgenhoff, Gustavo Uzcudún, Germán Scarabotti, Guillermo van der Horst, Eduardo Vis, Maximiliano Alemani y Alberto Foulkes, junto a los bajos, Luis Veninga, Humberto Zandstra y Juan Carlos Herzog.
Estos registros les dan “el oficio de leer su propia voz y propia línea melódica en el conjunto de la partitura que tiene cuatro líneas o más, una para cada voz. Por eso se aprende estrictamente por partitura que tiene la letra y la música y se va enseñando voz por voz cada uno su melodía y después se juntan. Luego se trabaja la interpretación grupal, un trabajo que se logra más cerca de mitad de año”, manifiesta Romina.
1931
El año en que nació el coro. Inició sus actividades el 28 de setiembre
Desde que nació el coro de la Iglesia Reformada, el 28 de setiembre de 1931, nunca dejó de sonar, van a ser en pocos meses 87 años haciendo música, cantando en casamientos, en celebraciones de las iglesias, en fiestas cristianas, en encuentros o festivales de música.
Luis y Nuchi son veteranos, hace años cantan, igual Sonia que nunca dejó de hacerlo desde que comenzó y hoy comparte el amor por el coro con sus hijas Elizabeth y Karen.
Surge también el reconocimiento de otra coreuta que imprimió su estilo, fuerza y carácter al coro, Dorita Zijlstra de Beati, quien fue parte del mismo por muchísimos años.
Un día a principios de marzo, durante un ensayo corriente, Luis sacó de su bolsillo una bolsita de caramelos; “no fue exactamente este día, pero sí el mes, hace 60 años que canto en el coro y lo quiero festejar con ustedes”.
De esto mismo, Nuchi dice que “hace más de 50 años que canto, me retiré porque estoy chiquita y me cuesta estar parada tanto tiempo, pero amo cantar y lo hice con toda alegría”.
Todos están de acuerdo en explicar que “si alguien quiere cantar, lo invitamos enseguida”, es esa fidelidad, la que sus integrantes prodigan desde los orígenes y la renovación constante de sus conformaciones, que permitieron soplar tantas velitas.
La emoción circula entre mate y mate, el recuerdo de sus familias, de los encuentros para ensayar en el internado del Colegio Holandés o en la misma escuela, las participaciones en los eventos más importantes de sus vidas, sus propios cantos a la vida.
El esfuerzo de sostener la actividad a través de una comisión que se ocupa de las finanzas, la responsabilidad ante cada participación o actuación, la humildad y perseverancia.
Vibran en diferentes líneas del pentagrama, logran sonar armónicos, son sus abuelos y padres cantando alabanzas, son ellos mismos renovando los votos con su comunidad y su fe en cada letra, son los coreutas que aman por sobre todas las cosas cantar.
