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El maestro silencioso de lo cotidiano

El domingo 17 de agosto de 2008, falleció luego de auxiliar a varias personas cuando se incendió el micro en el que viajaban fieles de la Religión Cristiana Argentina. Su reacción y actitud reflejó la forma en que vivía y los principios que lo guiaron


Es muy grande el testimonio que dejó Freddy Wolfram. De coherencia, porque no dudó en arriesgar su vida a tal punto de perderla, para ayudar a los demás. De amor, porque se brindó plenamente y fue un maestro silencioso de lo cotidiano. Su valor se vio sobre todo en la práctica, mucho más que en las palabras. 
El viernes 17 se cumplieron diez años de su fallecimiento. Un domingo en la mañana, cuando los fieles de la Religión Cristiana Argentina viajaban al templo principal ubicado en Temperley, se incendió el micro; sucedió a la altura del kilómetro 93,5 de la ruta 3 y tres de los apóstoles, que habían resultado ilesos, entraron una y otra vez para rescatar a quienes habían quedado atrapados entre las llamas. Murieron por el prójimo. Uno de ellos, era Freddy. Según los testimonios, ayudó a salir a una decena de personas, entre las que estuvo su esposa Bertha. 
Había nacido en Copetonas, el 28 de febrero de 1937. Sus padres residían en San Francisco de Bellocq y habían viajado hacia allí.
Su pasión laboral fue la electrónica, que desarrolló especialmente luego de recibirse como técnico electrónico en el Colegio Industrial. A principios de la década del 60 ya estaba al frente de su propio negocio.
Tuvo características de pionero, marchó adelante por sus inquietudes y un espíritu innovador. Probó, investigó y siempre intentó capacitarse. En tiempos en que únicamente había televisión por aire, realizó el mantenimiento de las repetidoras de los canales 7 y 9 de Bahía Blanca. En la llegada del cable y del canal local, llevó adelante la instalación del estudio y recepción satelital de Tres Arroyos Televisora Color. 
Su relación con LA VOZ DEL PUEBLO alcanzó una dimensión muy cercana, de enorme confianza. Con una sonrisa a toda hora, de madrugada o en cualquier otro momento del día, cuando era convocado llegaba y compartía un saludo amable. Generoso y predispuesto. No constituía para él un esfuerzo y mucho menos un sacrificio. Se lo veía muy a gusto con lo que hacía. 
La fe 
En los años ’90 se hizo cargo del templo local de la Religión Cristiana Argentina. Como apóstol de su congregación y luego de salir ileso del fatal incendio en el micro el 17 de agosto de 2008, decidió hacer lo que su corazón le indicó y auxilió a todos los fieles que pudo, aunque esto finalmente implicó entregar su vida. 
Para su esposa Bertha, quien sufrió heridas y debió atravesar un proceso de recuperación, y para sus hijos, seguramente es un motivo de orgullo. Haber tenido un gran compañero y padre. Que hizo de la coherencia su forma de vida, con simpleza, sin grandilocuencia, y mediante el ejercicio práctico de valores que –sin que se lo propusiera- lo ubican como un ejemplo.
Inolvidable por todo lo que ha hecho y dejado. 
Gracias Freddy.   
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