Obrera sublime
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Por Juana Ofir Gerónimo
Sentías tu vocación a flor de piel, querías dar, recibir, enseñar, formar y estudiaste para lograr un título que te permitió entrar a una escuela. Allí, en el aula, te esperaban caritas sonrientes ante la perspectiva de una nueva maestra.
No fue fácil, cada día se presentaba algo distinto, a veces tristezas, alegrías, sonrisas, rezongos, lágrimas, correctivos, ternura, dolor…
Así fuiste pasando por distintas escuelas.
Tal vez no te habías dado cuenta que el tiempo transcurría velozmente y un día te dijeron: “misión cumplida”. Llegó el último adiós a los niños.
A partir de ese momento enfrentaste otro panorama, tus actividades fueron distintas, tus horas se colmaron de otra manera.
Tiempo después, llegaste a la escuela donde concurrían tus nietos, el más pequeño sostenía la bandera como un soldadito, sin entender, tal vez, cuál era su función y la otra nieta orgullosamente abanderada, por segunda vez durante sus días escolares.
Pudo más la emoción y a través de las lágrimas que nublaban tus ojos viste a lo lejos un negro pizarrón, que habías usado tantas veces, y en él escritas las palabras de Gabriela Mistral:
Señor: tú que enseñaste
perdoná que yo enseñe
que lleve el nombre de Maestra
perdoná que yo enseñe
que lleve el nombre de Maestra
que tú llevaste por la tierra.
Entonces te preguntaste:
¿valió la pena?
¿valió la pena?
Y yo, hoy, colega te digo:
Sí, valió la pena
Sí, valió la pena
Simplemente maestros ¡Feliz día!
