Un pintor que es de madera
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Después de 23 años con el pincel en la mano, nadie puede negar que lo de Jorge Cayetano es la pintura. Ahora, cuando empieza a contar su historia y relata que en el colegio industrial eligió aprender carpintería y que por más de una década trabajó con madera, es acertado decir también que es carpintero.
Así se dieron las cosas, empezó en un oficio y luego la necesidad de encontrar una mejor salida laboral derivó en que aprendiera y se afirmara en otro.
Entonces, no es casual que el trabajo que más disfrute Jorge sea el de las restauraciones de muebles y aberturas.
Entonces, no es casual que el trabajo que más disfrute Jorge sea el de las restauraciones de muebles y aberturas.
Porque en esa tarea hace un poco de cada cosa, está obligado a ser un poco carpintero y un poco pintor.
Sentado en el comedor de su casa, con Rosa -su compañera de vida desde hace un cuarto de siglo- a cargo del mate y Rosco -el inseparable perro batata- durmiendo plácidamente, Jorge se prende en la charla para contar su historia como pintor.
Sentado en el comedor de su casa, con Rosa -su compañera de vida desde hace un cuarto de siglo- a cargo del mate y Rosco -el inseparable perro batata- durmiendo plácidamente, Jorge se prende en la charla para contar su historia como pintor.
El carpintero
Y el primer capítulo se lo dedica al colegio industrial. “A mí me tocó estudiar cuando había ‘cuarto oficio’, que era un año en el que vos podías elegir un oficio para aprender. Yo me incliné por la carpintería. En esa época, hablamos de fines de la década 70, mucha gente iba a la escuela a buscar alumnos para que trabajen. Así yo empecé en la mueblería San José”, recuerda Jorge.
Trabajó en la carpintería San José casi una década, hasta que cerró. Fueron años de mucho aprendizaje. “De esa carpintería me fui a la mueblería Centauro, donde estuve un par de años. Hacíamos muchos muebles por mes, cuando estuve yo había 16 empleados. Era mucho el trabajo”, cuenta.
En el capítulo dos ya asoma la pintura… Por distintos motivos entendió que necesitaba un cambio de aire, el problema fue que no le fue fácil encontrar trabajo en una carpintería, y ya con 30 años y una familia que sostener, no había mucho margen de espera. Así fue que decidió agarrar el pincel.
“Omar Vizcaíno, un amigo, me ofreció que empezara a pintar con él. Arranqué y ya no paré. Por un tiempo trabajamos juntos y después seguí por mi cuenta, y por suerte me fui haciendo de una linda clientela. Nunca me faltó el trabajo”, explica Jorge.
Es más, su dedicación le permitió “dejar a nuevo”, un antiguo reloj familiar, que tiene más de 90 años y hoy decora el comedor de la casa. Y Jorge lo muestra con orgullo
La transición no le fue complicada, por la paciencia que le tuvo el amigo y porque en las carpinterías había aprendido, por ejemplo, a lustrar, algo que le sirvió para hacer bien su tarea de pintor.
“Pintar no es algo complicado, lo puede hacer cualquiera que tenga ganas de hacerlo bien. Lustrar era mucho más difícil. Y algunas de las cosas del lustre me sirvieron para pintar, por eso le tomé rápido la mano a la pintura”, dice.
“Pintar no es algo complicado, lo puede hacer cualquiera que tenga ganas de hacerlo bien. Lustrar era mucho más difícil. Y algunas de las cosas del lustre me sirvieron para pintar, por eso le tomé rápido la mano a la pintura”, dice.
“En realidad, la clave a la hora de pintar está en la preparación de lo que vayas a hacer. Hay que preparar bien la pared, la abertura o el cielo raso. Si hacés una buena preparación, no se va a salir la pintura. Entonces, yo me preocupo por hacer bien ese proceso. Pasar fijador, lavar, lijar si hace falta. No es cuestión de pasar la pintura arriba de la pared así nomás”, aclara.
“A nadie le gusta la lija, pero hay que hacerlo”, agrega con una sonrisa.
“A nadie le gusta la lija, pero hay que hacerlo”, agrega con una sonrisa.
La confianza
En el capítulo tres entra en juego la confianza. Jorge ha trabajado mucho en Tres Arroyos, incluso en obras grandes en las que compartió pincel con Omar, con quien mantiene una gran amistad. Y también ha salido mucho a la zona. “He pintado cabañas en Sierra de la Ventana, departamentos en Necochea, y un montón de casas en Claromecó. Eso tiene que ver con que el que te conoce de hace años y te tiene confianza, siempre te vuelve a llamar. Hoy la confianza es fundamental para el trabajo, porque muchos te tienen que dar las llaves de la casas”, explica.
En este sentido, Jorge cuenta que a él además lo ayuda que por estos días está trabajando con su hijo Manuel. “Eso es otra ventaja, porque la gente se queda tranquila cuando le digo quién es”.
El pintor no duda ante la pregunta: “¿Si me gusta el trabajo? Sí, lo hago con ganas, me gusta realmente. Pero sobre todo me gusta esas cosas que no les gusta a nadie, que es lo que estoy haciendo ahora, restaurando aberturas antiguas”.
El pintor no duda ante la pregunta: “¿Si me gusta el trabajo? Sí, lo hago con ganas, me gusta realmente. Pero sobre todo me gusta esas cosas que no les gusta a nadie, que es lo que estoy haciendo ahora, restaurando aberturas antiguas”.
Y aclara: “Restaurar es lo que más me gusta, y es lo que te da más satisfacción. Porque la gente trae muebles bárbaros, pero que están en muy mal estado. Entonces, cuando los vienen a buscar, al verlos terminados se sorprenden. Muchos te dicen: ‘no lo puedo creer, parece nuevo’. Eso a uno lo reconforta”.
Es más, su dedicación le permitió “dejar a nuevo”, un antiguo reloj familiar, que tiene más de 90 años y hoy decora el comedor de la casa. Y Jorge lo muestra con orgullo. Si de orgullo se trata, a la hora de hacer las fotos cuenta que su hija Alejandra es fotógrafa y desde hace algunos años trabaja en Buenos Aires.
Para el cierre queda el recuerdo del primer trabajo que hizo como pintor.
Para el cierre queda el recuerdo del primer trabajo que hizo como pintor.
“Fue el Centro Danés, pintamos la confitería y el frente”, cuenta.
“¿El último? Hace un par de semanas le hicimos las aberturas del templo nuevo del padre Torquatti. Son gigantes, fue un lindo laburo. Quedaron espectaculares”, asegura. Y Rosa asiente, apoyando a su marido y ceba el último mate.
“¿El último? Hace un par de semanas le hicimos las aberturas del templo nuevo del padre Torquatti. Son gigantes, fue un lindo laburo. Quedaron espectaculares”, asegura. Y Rosa asiente, apoyando a su marido y ceba el último mate.
