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Un reflejo de la situación social

Por Alejandro Vis

En el garaje de la casa ubicada en Isabel la Católica 1110, donde funciona los sábados el comedor Los Angeles de Rosa, el portón se encuentra abierto. Rosa Fontana se ve sorprendida por la visita de este diario y lo recibe con gestos de muy buena anfitriona. Está limpiando junto a su madre María Bonini e interrumpe las tareas para compartir un mate. 

En las calles del Barrio Olimpo se percibe la tranquilidad del verano. Aunque hace sólo cinco años que reside en el lugar, la referente del comedor es conocida por la gran mayoría de los vecinos, por no decir todos. Ayuda además a cuatro abuelos, que están solos, con una vianda diaria y cuenta que también “los baño los viernes, no tienen familia”. 
Relata que “cuando voy a llevarles comida o a bañarlos, tengo que salir después de comer porque vuelvo a las cuatro de la tarde; todos me invitan a tomar mate, me adora el barrio y yo adoro a la gente”.
La actividad del comedor no cambia en verano. “Seguimos todo el año”, señala Rosa. Además de brindar el almuerzo los sábados, se entregan 20 viandas para la noche a chicos de familias con mayores dificultades.
Comenzó en el CIC de Olimpo en el año 2016 y en marzo va a cumplir dos años en su casa. “Empecé con 45 chicos, ahora tengo cien. Es doloroso contarlo, pero es lo que realmente pasa”, afirma. 
Organiza la comida en dos turnos, a las 11.30 y a las 12.15, para poder atender a todos. Comenta que “vienen del barrio y de otros lados cada tanto también, como de Ruta 3 Sur o de Los Ranchos. No le cierro las puertas a nadie”. 
Junto a los chicos, en ocasiones asiste un papá o una mamá. “A la gente que no tiene le doy –indica-. Hemos compartido, es una familia”. Y agrega que “en la semana ayudo cuando hace falta, me mandan papelitos porque no llegan al sábado. A su vez, hay gente que colabora conmigo. Entre todos lo podemos hacer”. 
Se muestra agradecida porque “en general me apoyan. Pero se me ha puesto difícil. El problema mío es que me hace falta mucha cantidad, mínimo diez kilos de carne, doce paquetes de fideos, diez cajas de puré de tomate. A veces no les puedo dar postre porque no tengo”. 
Habla especialmente de Delia Barragán, una compañera que trabaja a la par de ella y a quien considera su mano derecha. “Siempre estuvo conmigo, es muy buena persona. Si no fuera por ella…”, destaca. Al hacer referencia a las manos voluntarias que se suman, comenta que “las mamás vienen a veces y me ayudan a limpiar”. 
Le surgen dudas sobre el funcionamiento en febrero. Es que “hay gente que me apoya que se va de vacaciones, vamos a ver si lo puedo cubrir”.
La cocina es abastecida con gas de red y la tarifa del servicio subió mucho. Cuenta que es un costo que afronta su marido Juan Carlos Morán, quien es albañil. “La primera boleta de invierno me vino de 9700 pesos y ahora de 5400 pesos. Lo hago de corazón y la verdad es que quiero agradecer, pero son muchos los que tengo para nombrar. Uno me ayuda con la carne, otro con los fideos. Cumplo con los chicos gracias a quienes me apoyan. Enero lo tengo cubierto, no sé qué va a pasar en febrero”, reitera. 
Los Angeles de Rosa no hace bonos donación o rifas. La generosidad de quienes realizan donaciones de mercadería garantiza su funcionamiento. Puntualiza, cuando menciona los ingresos, que “la Municipalidad me da 5000 pesos por mes de un plan”.

Dios sabe 
Rosa vuelve a hacer referencia a Delia Barragán. Gesticula con las manos y subraya que “de una cosita así de pequeña la hacemos así de grande para los cien. Cuando estamos medio justos, le buscamos la vuelta”. 
Con el corazón en la mano, todo se puede.
Llegó a Olimpo desde Fonavi Terminal. Tienen tres hijos varones, pero ya dejaron la casa, están casados y les dieron nietos. “Cada uno armó su familia”, afirma con orgullo. 
Su vocación por desempeñarse junto a los pequeños no es nueva. Recuerda que “hace muchos años puso un comedor Graciela De Leo en la avenida Ameghino y yo fui la cocinera”. 
Describe la manera en que procede con las donaciones. “Me dan ropa y la distribuyo. Después voy a ver si la usan. Mando una fotito a quienes hacen una entrega para que puedan ver el destino de las cosas. Ahora recibí una heladera que me regaló una señora de Claromecó para el comedor, pero como yo en este momento no necesito se la voy a dar a una familia que no tiene”. 
Como ejemplo, dice que “para Navidad, con Romina Moyano, le llevamos a una gente de Los Ranchos que no tenía para pasar las fiestas” y aunque no hace falta que lo haga, aclara de inmediato: “Yo no saco nunca nada, Dios sabe lo que hago”.  
Una pelea 
En la conversación con este diario, confiesa que está frente a una situación difícil de salud. “Estoy enferma, tengo cáncer. Hace dos meses me descubrieron la enfermedad. Empecé a hacer un tratamiento y es posible que me operen en febrero”, manifiesta. 
Se emociona por la actitud de chicos que la van a visitar. “Ellos me dan fuerza –valora-. Vienen a ver como estoy, hasta me han traído una rosa”. 
Su lugar 
La posibilidad de atender a familias del barrio alimenta su alma. Observa que “no soy rica ni nada, soy pobre como ellos” y agradecida, exclama: “Dios me dio esto. Mi sueño era irme de viaje a Mendoza, que nunca me fui. Me casé a los 14 años con mi marido y tengo 50. Se dio que había que hacer el comedor en mi casa, porque debían usar el CIC con otra finalidad”. 
Trabajó con el plan comunitario en la Terminal de Ómnibus y otro empleo paralelo fue cuidar a una abuela. “Con lo que ahorré hicimos el comedor. Mi marido lo construyó, yo le hice de peón –relata-. A Mendoza no pude ir, pero está cumplido mi sueño acá”.
Antes de la despedida, este diario le solicita los datos para todo aquel que quiera acercarse o tomar contacto. “No he pedido porque me han dado, pero si alguien tiene interés puede venir a Isabel la Católica 1110 o llamar al teléfono 15405215. Todo sirve, un paquete de fideos o una caja de puré de tomate, lo voy guardando. Invito al que tenga interés en conocer el comedor, los sábados a partir de las 11.30, que es cuando se sirve el almuerzo. Yo arranco a las ocho de la mañana”, concluye.    
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Visitas muy especiales
Los chicos tuvieron días de festejo por las visitas de Papá Noel y los Reyes Magos. “A Papá Noel lo trajo Laura Aprile. Estoy muy agradecida, nunca me dice nada políticamente, lo hizo de corazón. Mi agradecimiento es para todos, pero en este caso la actividad fue a través de ella”, indica. 

Utiliza la palabra “milagro” cuando dice lo que sucedió ante la llegada de los Reyes Magos. “Vino una señora y me donó los chiches. Otras señoras colaboraron. Una chica que trabaja en Merlino me trajo regalos para sortear. Fue maravilloso. Eramos 200 personas, cien del comedor y cien de afuera”, afirma con énfasis. 

Menciona a Celina Udaondo, Romina Moyano, Ale Peralta; así como a dos integrantes de Merlino: Vanesa Chico y el encargado Martín. Ellos y otros que formaron parte de la propuesta hicieron posible un encuentro inolvidable con Melchor, Gaspar y Baltasar. 
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