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Escuchando al enemigo

Por Fernando Catalano


El oído experto de radioaficionado que tenía Lito López Cabañas le permitió descubrir una imperceptible señal escondida en la emisión al aire de una radio de Río Gallegos que a los ingleses le servía para triangular y poder ubicar a los aviones entre las islas Malvinas y el continente; pero una vez detectada por el tresarroyense ese punto de referencia dejó de servir para las estrategias de comunicación y ataque de los británicos.
Y a esa intervención se le sumó otra aún más audaz. 
Decidió confundir a las fuerzas enemigas introduciendo la voz de una vecina claromequense, que dominaba el inglés.
Mientras pudo escuchar a diario que la información sensible y las órdenes eran emitidas por voces femeninas del ejército británico, pensó en Susana Ferrando. 
Le escribió textos en inglés -que él dominaba a la perfección- con mensajes que lograron desorientar a las tropas enemigas en las maniobras a realizar.
Sólo esos dos ejemplos alcanzan para apreciar que la guerra no sólo se daba en el frente de batalla. 
Las comunicaciones, en este caso de un radioaficionado, pusieron en evidencia los propios límites tácticos y tecnológicos de las fuerzas armadas argentinas en esa época. 

La mochila
Nacía la guerra en el Atlántico Sur por las islas Malvinas y Omar Angel López Cabañas, conocido por ser uno de los accionistas más importantes del recordado Banco Comercial y perteneciente a una de las familias propietarias del ex El ABC, ya se había convertido en un ciudadano del mundo. 
Viajó mucho, logró conocer varios países, supo dominar otras lenguas, fue profundamente inquieto sobre diferentes temas en los cuales buscó la formación mediante la lectura, y también la práctica.
Fue un hombre obstinado y supo relacionarse socialmente en todas las capas posibles. 
Y por eso entre las personas de su confianza existieron hombres de las fuerzas armadas, como el ex capitán Beto Viñes, que además fue delegado de Claromecó; y hasta mantuvo una gran amistad con Fico Vogelius, un tresarroyense que residió mucho tiempo en Claromecó, y que sobre todo resultó ser un exitoso empresario, abogado, que entre otras actividades trascendió por ser el creador de la Revista Crisis, y por poseer una valiosa colección de arte y de documentos históricos. 
Además de cargar con su experiencia desarrollada como radioaficionado para ponerla en práctica en favor de su país ante el conflicto bélico, Lito se sintió con las espaldas suficientes para emprender la experiencia de la guerra, desde las comunicaciones.  
Línea directa 
Un dato que revelaría el peso de su nombre ante las autoridades de la Marina, fue que una vez puesta en marcha la actividad de escuchar al enemigo para advertir a las fuerzas argentinas, necesitó una línea telefónica directa que en tan sólo 24 horas le fue colocada en su casa ubicada frente al mar. Allí ya tenía el servicio, pero con la incorporación de la nueva línea, tomaba el teléfono y del otro lado respondía un jefe de alto rango desde una base en la ciudad de Bahía Blanca. 
En estas condiciones fue que pudo -en tiempo real- acceder a las comunicaciones de las fuerzas armadas inglesas, pero sobre todo poder advertir a la marina argentina de los planes de ataque que tenía a diario la fuerza de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). 

Este es el cartel que colocó Carlos Avila en Claromecó, en conmemoración a un nuevo aniversario de la Gesta de Malvinas

Registrado
Todos los que conocieron esta experiencia de Lito, saben que volcó cada intervención y detalles de las escuchas en una serie de cuadernos donde prolijamente describió lo ocurrido, desde la función que él mismo decidió cumplir y para la que las mismas fuerzas armadas lo tomaron en cuenta, con prioridad. 
Durante las 24 horas del día y durante el proceso de la guerra, escuchó y advirtió sobre todo tipo de sucesos y circunstancias, como el trágico ataque al crucero ARA General Belgrano. Lloró cuando pudo confirmar que el teniente primero Héctor Ricardo Volponi no volvió a la base después de un ataque que había emprendido, y tantas otras más. 
Su trabajo no pudo hacerlo sin la ayuda de dos radioaficionados amigos que se sumaron a su tarea en Claromecó, procedentes de Lavardén y de Dolores, con quienes compartía -y complementaba- el trabajo cada día durante esas extensas jornadas.   
La antena 
Pero la precisión en las escuchas sobre el avance de la flota británica hacia las Islas pudo hacerse a partir del diseño que él mismo hizo de una antena. Convocó entonces a Carlos Bancur, un reconocido vecino de Claromecó -desde siempre vivió en el barrio parque Dunamar- que por esa época era un comprometido empleado de la Cooperativa Eléctrica, para que la arme según el plano que el mismo Lito había diseñado. Y le encomendó también que la instale en el punto más alto del faro. En tanto otra antena instalada en su casa contribuía con el complejo instalado para escuchar al enemigo. 
Durante los 72 días que duró la guerra, Lito y sus compañeros radioaficionados pasaron las horas entre el faro y la casa que tenía sobre avenida Costanera 444, entre 28 y 30, por donde además transitaban un par de amigos que lo acompañaban para “hacerle el aguante”, pero además para ser testigos de lo que estaba ocurriendo. Esos días se transitaban con café, cigarrillos, oídos y sentidos abiertos para el registro de actividad. 
Pero el avance de la guerra sería inevitable, y finalmente la potencia con la que nuestro país se enfrentaba terminaría imponiendo su experiencia, formación y recursos, por sobre la realidad de las fuerzas argentinas que ofrecieron resistencia hasta y con lo que pudieron. Incluso con la invaluable colaboración táctica de civiles que como Lito, Carlos y Susana, que ofrecieron lo que tenían a mano, ya sea conocimiento o audacia. 
En esa misma guerra también hicieron lo suyo otros radioaficionados con los que el tresarroyense coordinaba tareas de camuflaje para no ser identificado. Pero también el ejército contó con otros radioaficionados que incluso hasta fueron llevados para hacer trabajo de campo en sitios hostiles. 
Tras la guerra
Concluida la guerra, la amarga derrota se potenciaba en el sentir de Lito, porque en ese poco más de dos meses, se enteró de cosas graves que ocurrirían y que resultarían inevitables pese a sus avisos. Pero también, tras la rendición y el cese del fuego, llegó el tiempo de un reconocimiento. 
La condecoración con un rango militar por sus servicios ofrecidos durante el transcurso de la guerra, no fue aceptado por el radioaficionado que -sufriendo de vértigo- se trepó a lo más alto del faro para ayudar a Carlos Bancur a colocar la antena con la cual escuchar las comunicaciones del enemigo. 
Su desconsuelo fue grande, y como muestra estaban sus registros que hoy no aparecen para testimoniar un momento duro de la historia de nuestro país, y sobre todo de la participación que tuvieron en él un grupo de vecinos claromequenses que lo acompañaron en su desafío.
Quizá un giro del destino haga que asome ese material que resultaría digno de cualquier museo dedicado a testimoniar los sucesos de Malvinas. 
Inesperada oferta 
Pero también le llegaría otro tipo de reconocimiento. Desde Inglaterra mostraron interés por la antena de su propiedad que sirvió para entorpecer las operaciones de guerra de una potencia mundial.
Como desde las fuerzas armadas argentinas no hubo interés en comprársela, dado que Lito no era militar; decidió aceptar la oferta de los expertos que desde esa nación hicieron llegar a nuestro país. 

Lito, en Gran Bretaña

Esto generó que -tiempo después- viajara a Gran Bretaña para acordar los términos de la venta de la patente de su obra que finalmente le fue más valorada por quien -en su momento- fue nada menos que el enemigo que padeció sus maniobras. 
El recuerdo 
Después de 37 años, el recuerdo de esta participación civil en la guerra de Malvinas no ha sido más que un acto de reconocimiento de quienes compartieron con él largas horas de guardia en medio de un recordado y triste conflicto bélico. 
Si bien actuaron a muchos kilómetros de distancia del gran escenario, estuvieron presentes sobre numerosos instantes intentando colaborar con lo que tuvieron a mano. 
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