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      Infancia interrumpida

      13 de octubre de 2019 | 17:02
      Infancia interrumpida
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      Por L. S. (*)

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      Antes que nada, me gustaría empezar con mi nombre, me llamo María Eugenia Vidal y, les vengo a relatar, mi paso por el conocido castillo de Drácula. 
      Todo comenzó cuando decidí irme de vacaciones pero, como estoy casada con mi trabajo, esto no duró ni tres días. Entonces, me propuse entrevistar al famoso Drácula y, me dispuse a llamarlo, para acordar hora y fecha. 
      El esperado día llegó, un 24 de abril y, luego de insistir a su puerta durante un par de minutos, me abrió un señor algo regordete y muy, muy pulcro –“buenos días señorita, disculpe la demora, estaba lustrando la vajilla”- dijo, mientras hacía paso para que pasara –“él la espera arriba”- subí rápidamente ya que, debo admitirlo, estaba entusiasmada. 
      Llegué, cansada por las prolongadas escaleras, y ahí estaba, sentado, casi recostado en su escritorio. Tosí disimuladamente, para hacerme notar y, casi de un salto se paró para recibirme –“buenos días señorita Vidal, veo que llegó a tiempo”- dijo mientras veía la hora en un anticuado reloj de bolsillo –“efectivamente señor, si no le molesta, me gustaría que comenzáramos”- hizo ademán al sillón que tenía en su, creo yo, oficina, ofreciéndome asiento –“lo veo muy vivaz, ¿qué le parece empezar con eso? Su edad”- dije mientras me sentaba, automáticamente se tensó –“verá señorita, tal como a una dama no se le pregunta la edad, me gustaría que a mí tampoco”- dijo entre gracioso y nervioso, no le tomé mucha importancia y continué –“bueno, primero lo primero, ¿usted diría que tuvo una buena infancia?”- en ese momento su rostro se transformó completamente y yo, temiendo haber tocado un terreno demasiado sensible, no sabía si irme o pedir perdón, por suerte no me fui o, no estaría escribiendo esto –“infancia…”- dijo, casi saboreando la palabra –“hace mucho que no escucho esa palabra, si le soy sincero”- y ahí, en un arranque de sinceridad, fue cuando realmente comenzó la entrevista más importante de mi carrera periodística. 

      “Lo veo muy vivaz, ¿qué le parece empezar con eso? Su edad”

      -“Yo era un niño, lo que vendría siendo hoy en día, raro”- dijo soltando una risa –“me la pasaba siempre en mi habitación, no disfrutaba el salir afuera, cosa que se mantiene hoy en día”- luego, yo, silenciosamente pregunté –“¿qué hay de su familia?”- sus rasgos se volvieron nostálgicos y prosiguió –“me encantaría responderle, pero es una larga historia”- insistí decidida a escarbar un poco en su pasado y, al parecer, funcionó –“bueno… en general no tuve familia.”- dijo seco –“explíquese”- dije, buscando detalles –“a ver… gocé de una familia, pero la perdí, demasiado pronto, quizá con ocho o diez años”- se le veía incomodo, pero yo quería más –“la razón de su perdida, ¿Cuál fue?”- dije, intentando ocultar mis ansias por saber –“un asalto.”- su tono, tan frío, me había dejado con más curiosidad que antes –“¿y que pasó en dicho asalto?”- pregunté, de manera desinteresada, para no sonar como una chismosa –“un hombre, 34 años aproximadamente, de 1,80 quizá, armado con una 1820 Francotte Pinfire, vestido con un traje caqui.”- dijo como sí en ese momento, tuviera a disposición el informe policial –“este sujeto decidió entrar a mi casa, dispuesto a robar la caja fuerte de mi padre, todos habían salido a la ciudad y, debido a mi resistencia a salir, me había quedado”- parecía estar visualizando el momento –“mientras él intentaba descubrir el código de la caja, dejó el arma en la mesa de la cocina, y yo, en mi papel de perro guardián, sin que me notara, la tomé”- se le iba apagando la voz, poco a poco –“ en ese momento, escuché un ruido y, aterrado, disparé repetidas veces hacia el lugar de donde provenía el sonido…”- se refregó los ojos y carraspeó un poco, luego siguió –“desdichadamente, el ruido era mi familia, entrando entre risas por la puerta. Ninguno resistió las balas de la potente arma y eso fue todo”- dijo, se lo veía muy triste, pero lo disimulaba lo mejor que podía –“luego de eso el ladrón escapó y la policía no pudo hacer nada, mucho menos encarcelarme, en ese entonces era muy pequeño y las autoridades no sabían que hacer conmigo. De ahí fui de un hogar de acogida a otro, no me quedaba más de tres meses en el mismo… y ahí tiene señorita, la corta y desdichada infancia que tanto quería destapar”- dijo hostil y se marchó del lugar. 
      Estaba muy sorprendida por lo que me acababa de contar y me quedé pasmada en mi lugar. La tenue luz del atardecer que entraba por la ventana me ayudó a espabilarme un poco y, con un amargo sabor de boca, regresé al hotel en el cual me hospedaba, mientras que las memorias de mi infancia, llena de Flynn Paff y comidas familiares todos los domingos, me reconfortaban a la par que me proporcionaban una leve sonrisa. 

      (*) La autora tiene 14 años
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