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      Perpetua

      1 de marzo de 2020 | 16:04
      Perpetua
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      Una escopeta grande se lleva puesto lo que encuentra a su paso. Alguna vez rematé una liebre con un 16. De cerca, claro. Faltaba el pedazo. Como sacado por un cirujano. Limpio. 
      En cuanto a los calibres chicos (12 chico, 14), de cerca, tienen más efectividad que una 9mm. 
      Un cartucho visto de atrás: el círculo pequeño es el fulminante. Es lo que primero estalla cuando lo percute la púa. Eso se transmite a la carga de pólvora. Se inflama y empuja violentamente las municiones a lo largo del cañón. Esas municiones se hallan dentro del “taco contenedor”, una copita de plástico, que al abandonar el cañón se la ve desviarse y caer por allí. La rosa de perdigones sigue su trayectoria. 
      Mi amigo estaba sentado en su camioneta y fue tomado enteramente por sorpresa. Nunca supo. La radiografía de su cráneo mostraba las municiones y el taco -todo- allí dentro. Fue a menos de diez centímetros. 
      En la autopsia se recuperó el taco. El “taco contenedor”. Medido, resultó del 14; más precisamente llamado 32. 
      El Ayudante de Fiscal me convocaba -como abogado de la familia y cazador de pluma- para que viera y opinara sobre la balística. El principal Tridente, de Bahía Blanca, era un apasionado de lo que hacía. Le llevamos una escopeta de pequeño calibre, secuestrada. Disparó con ella, recuperó el taco, lo midió con un calibre y negó con la cabeza. Era del 12 chico. El otro taco lo teníamos en un frasquito. Comparamos un par de veces, y nos resignamos. Avenida Chiclana, ruta 3 y a Tres Arroyos. 
      En realidad, nunca hallamos el arma homicida. La esperanza de hallarla murió cuando nos dijeron que para emplear detectores de metales debíamos drenar la Laguna de Arenal. Pero nadie se rendía. 
      Un trío de investigadores –policías- enviados de La Plata nos encaminó. Interrogaban como interrogan los dioses. Uno preguntaba y otro pensaba; alternaban los roles. Surgieron contradicciones y el círculo se cerró sobre un socio. Y sobre la concubina de éste, pero por otra razón: se halló una prenda íntima de ella en la camioneta. 
      Como ardid, “plantar” eso fue una burrada. Pero… aún hay quien señala a Lagomarsino como cómplice en el caso Nisman. Se dice que participó facilitando una Bersa numerada y registrada a su nombre. Sólo en el universo de Ionesco… 
      Y bien, pedimos formalmente al juez Oleaga la detención de ambos: socio y concubina. Yo sabía que la mujer era inocente. También dialogué con el magistrado. Empecé preguntándole si alguna vez había estado preso. Algo retórico: si alguien no tiene perfil de presidiario, ese es el juez Oleaga. Ni por asomo. Pero yo tengo otro perfil, y no de ahora. 
      Entonces le narré lo que se siente cuando te cierran la reja desde fuera. Reforcé mi alegato indicando que –afuera- me esperaría mi padre, dispuesto a retirar su Ford Falcon y a romperme el culo a patadas. También retiró pertenencias mías, reloj, cinturón y demás. Pero -le indiqué- a esa señora le esperaba una acusación que implicaba perpetua. Le diferencié excesos de la juventud de un grave crimen. “Cuando le cierren la reja vomita hasta el apellido materno” le dije, presagiando un buen resultado. 
      En realidad, tenía todos los números para que me sacara haciendo patitos, y así sucedió. 
      “Además la preventiva no es para eso” tronó el juez. Ya en Fiscalía alguien me contestó que esa era “una lucha contra el delito…de libro”. Pensé que estaba todo bien: cada funcionario en lo suyo. Y cada abogado en lo suyo. Porque yo quería un juicio limpio. Sin dejar dudas. 
      Se sucedieron idas y vueltas. Acopiamos más pruebas, apelamos la nueva resolución denegatoria de Oleaga. El fiscal y yo. Esa noche tuve que viajar. Gracias al procesador de texto, lo mío fue un refrito de lo del fiscal. Pero por algo -algo había- era importante que la familia se sumara. Tengo un pudor raro: aún me molesta haber llegado a Cámara como simple copista. Y que se notara. 
      Tras mi viaje tuve un regreso con gloria. A medias: la Cámara autorizó la detención sólo de la concubina. Carlos Monzón me enseñó a no apurarme. Pasaron días. La detenida era atendida por defensores oficiales. Su pareja, el socio, en estado de desesperación visible, le llevaba comida diariamente. Podía ser mera aflicción por su pareja presa. Podía ser creciente angustia por lo que se venía: que ella dijera basta. Siempre según mis cálculos. 
      Un profesor universitario imitaba a la gente del común: “¿Tres años? ¿Nada más?”. Y agregó, recuerdo: ¡Si la gente supiera lo que son tres años de cárcel…! Pero luego mostró el dedo índice y corrigió: “¡Un día de cárcel!”. Haber entrado a un penal y –también- ser encerrado en un calabozo de pueblo me dieron una idea bastante aproximada. Yo también tomo con cierto humor esas apreciaciones de la gente. Que ni conoce ni tiene por qué conocer de cuestiones carcelarias. Y tengo mi propia valoración de cómo funciona eso para el preso primerizo. 
      Antes que nuestro Jefe de Redacción haga la clásica seña del no va más me detengo. Primera parada. Podemos seguir, si hay interés.  
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