Sigue rompiendo moldes
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Por Patricio Elías
Sigue sorprendiendo, sigue rompiendo moldes y mandatos femeninos. Es Camila Sallago, la primera mujer de la provincia de Buenos Aires que montó en Jesús María en 2015, quien al año siguiente volvió a la meca de las jineteadas y que en 2018 se consagrara en Brasil. Tras ese triunfo cumplió una dura promesa, dejar de montar. Pero logró reinventarse y hoy continúa una actividad que nadie había concretado en Oriente, que le da enormes satisfacciones y que le abre posibilidades a otras niñas del pueblo.
Desde niña amó a los animales -a los caballos especialmente – y en paralelo, no le tuvo miedo al riesgo. Así fue que desde los 12 años en las yerras empezó a montar terneritos. Al ser consultada sobre lo que significaban los caballos para ella, aseguró con lágrimas en los ojos y voz entrecortada: “No tengo palabras, son mi vida”.
Justamente, cuando cumplió 15 años, recibió un regalo que le terminó de definir el rumbo de su vida. Lejos de la tradicional “Fiesta de 15” o del viaje a Disney, Camila Sallago, la joven nacida en Copetonas, que vive en Oriente desde hace casi una década, recibió al que considera el mejor regalo del mundo, a Tobi, un caballo criollo que desde que lo conoció, amó incondicionalmente.
Un sueño hecho realidad
“Desde chiquita cuando escuchaba por radio las jineteadas siempre quise estar en Jesús María, pero soñaba con ir como espectadora, no imaginaba que iba a estar allí pero montando”, contaba entre risas Camila Sallago a este diario poco después de haber vuelto del festival internacional de doma y folclore más reconocido en enero del 2015.
Pasó todo rápido para ella. Si bien desde los 12 montaba terneros, fue recién en diciembre de 2013 cuando se subió a un caballo. Estaba a punto de cumplir 18 años, edad permitida para domar sin problemas legales. “Le dije a mi papá: ‘yo quiero subir’”, recuerda de su primer paso a la libertad. Pudo sortear alguna resistencia familiar por su corta edad y el peligro que conlleva esta práctica ecuestre.
El 28 de enero de 2014 cumplió los 18 y un par de días después montó oficialmente por primera vez. “Me tiró, pero igual eso me dio más ganas de volver a subir y querer intentarlo”, rememora Camila, quien sólo 11 meses después, montó en la Bombonera o en el Monumental de las jineteadas.
“Me costó muchísimo comenzar, hicimos un sacrificio grande con mi padre (Omar), muchas veces fuimos a dedo para llegar a domar, otras veces él no podía acompañarme y viajaba sola a dedo”, comenta la chica, que desde muy joven mostró no tenerle miedo a los peligros.
Al año siguiente, Camila, quien siguió movilizándose a dedo por diversos puntos del país para crecer en la actividad, volvió a montar en Jesús María, un lugar único que genera a cualquier jinete felicidad pero también algo de temor por estar cada noche ante 20 mil personas, luces y cámaras que televisan en vivo las acciones que son vistas por gran cantidad de espectadores.
Una paisana que
triunfó en Brasil
triunfó en Brasil
“Cuando era chica en la escuela se me reían por ser, como decían, ‘una paisana’. Pero siempre tuve la cabeza en alto y estoy orgullosa de lo que soy: una mujer bien gaucha”, asevera con dulzura pero al mismo tiempo con la firmeza de alguien que tiene convicción por lo que dice.
“Las dificultades con las que me he encontrado fueron varias. Por un lado, algunas personas me hicieron sentir que el deporte es exclusivamente masculino, por eso a veces no me dejaron montar”, recordaba Camila con cierta tristeza pero sin rencor, luego de clasificar por segunda vez a Jesús María. Y enseguida agregaba: “me sobra coraje y pasión para superar estos obstáculos y lo que se me presente”.
Y tenía razón, se le presentaron nuevas oportunidades para montar y una de ellas en septiembre de 2018 fue a 2500 kilómetros de Oriente, más precisamente en Brasil, donde esta vez no fue a dedo, pero sí tuvo que viajar sola en colectivo a representar no solamente a Oriente, sino a la provincia y al país en una redada, como le llaman en el país vecino a las jineteadas que realizan allí.
Sin conocer el portugués, Camilla se presentó en una localidad del estado de Río Grande Do Sul, donde le ganó a una par brasilera y se trajo el primer premio, para orgullo de su familia y de la localidad.
Con felicidad y dolor, días después de volver de Brasil Camila anunciaba que dejaba de jinetear, ya que iba a cumplir la promesa que le había hecho a su madre quien además de temer por ella “no se encontraba bien de salud”, decía la joven, quien igualmente aseguraba que su vida iba seguramente a estar ligada a los caballos.
“Los caballos son mi vida y ahora los uso para trabajar. Estoy feliz de poder transmitir mis conocimientos y mi amor por ellos a los chicos”
Una oportunidad
Tras estar con un mar de dudas en los meses siguientes sobre su futuro y haciendo changas para sobrevivir, mientras cuidaba a una niña del barrio, una mañana Camila miró por la ventana a Tobi, su amado caballito criollo que le regalaron a los 15 años, y se le ocurrió que podía dar clases de monta a niños y personas mayores que gusten de los caballos.
Esa idea se hizo realidad y luego de un tiempo, Camila cuenta orgullosa que rápidamente sintió el apoyo de Oriente, especialmente de Gloria Fernández, su vecina y las familias de los chicos con los que empezó su escuela ecuestre que hoy cuenta con 12 alumnos.
“Se tenía que dar así. Me pude venir con un premio de Brasil, pude cerrar de esa forma mi carrera y siempre después de cumplir una promesa para hacerle bien a alguien, algo bueno viene”, cuenta Camila, quien se siente feliz de poder seguir ligada a los caballos y por cómo se dieron las cosas. “Los caballos son mi vida y ahora los uso para trabajar, estoy feliz de poder seguir ligada a ellos y poder transmitir mis conocimientos y mi amor por ellos a los chicos.
“Estoy sorprendida de cómo me pude desenvolver, porque muchos me decían que juntar a los niños y a los caballos era peligroso. Pero se dio todo muy bien, los veo a ellos y me veo a mi misma cuando era chica. Les enseño a limpiarlos, a montarlos, a tratarlos bien. Veo lo rápido que aprenden y aprendo yo con ellos. Es tremendo el vínculo que se forma entre los caballos y los chicos”, resalta.
Respecto a su labor docente, destaca: “aprendí que todos tienen su ritmo distinto de aprendizaje. Con el tiempo me di cuenta que hay nenas que tardan meses en galopar, algo que para mí es simple, pero para ellos es complejo, mientras que otras a los pocos días ya andaban a la par mía”.
En cuanto al plan de enseñanza, describe: “lo primero que les enseño es que ellos tienen que respetar al caballo, como el caballo los respeta a ellos. Les enseño de cero, desde acariciarlos, hasta mostrarles qué señales dan los caballos cuando algo no le gusta y cuando algo les gusta, porque por más manso que sean los caballos tienen su humor”.
“Después les enseño a ensillarlos, a salir caminando, pero principalmente que tienen que tener respeto y cuidado, por supuesto no se permite chirlos ni nada de eso”, comenta entre risas.
“Luego hacemos cabalgatas, jugamos con los tambores, siempre vamos a lugares distintos porque trato que no se acostumbren a andar por el mismo lugar y hacemos distinta clases de actividades”, sostiene Camila, quien al relatar el proceso de enseñanza y aprendizaje con tanto entusiasmo, da muestras de que no se equivocó en el camino que eligió para encauzar su amor por los caballos, sorteando una vez más obstáculos y miedos y rompiendo moldes.

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