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      Puede surgir un nuevo camino

      11 de abril de 2020 | 22:52
      Puede surgir un nuevo camino
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      Por Annedore Venhaus (*)
      Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre.”
      Apocalipsis 1:18 


      Tratemos de imaginar la escalofriante sorpresa que las dos mujeres, María Magdalena y la otra María, se habrán llevado cuando temprano a la madrugada del tercer día llegan al sepulcro donde anteayer habían colocado a Jesús. No sabemos con certeza para qué habían ido. Marcos y Lucas nos cuentan que según la tradición de aquella época querían perfumar su cuerpo. Mateo, sin embargo, simplemente dice que “fueron a ver el sepulcro”. Quizás para tomar conciencia de que Jesús estaba realmente muerto. Para asimilar que aquel con quien algo tan maravillosamente nuevo había comenzado y en quien tantas esperanzas habían depositado las había abandonado, y con ellas a un montón de ideas, utopías, proyectos. Quizás fueron al sepulcro para convencerse de que realmente era cierto. Para entender lo inconcebible, para aceptar lo irreversible, para definitivamente resignar la esperanza. Así como nosotros, cuando algo no logramos aceptar, volvemos al lugar de los hechos para ver que realmente sucedió. “¡Ver para poder creer!”
      Las mujeres, entonces, van al sepulcro para ver con sus ojos, y demostrarle a su corazón, que todo había terminado. Buscan a Jesús en la muerte, allí donde días atrás lo habían dejado. Pero vaya sorpresa que en vez de encontrarlo a Jesús en el fin de todas las cosas, en vez de encontrarse con la muerte descubren la vida. Precisamente en el lugar de mayor oscuridad, lejanía y desesperación, precisamente en el sepulcro de Jesús vienen a descubrir que Jesús no está muerto sino que vive. Por encima de toda lógica humana, pero fiel a las profecías y anuncios, Jesús había resucitado. Nadie sabe cuándo. Nadie sabe cómo. Pero de la oscuridad de la muerte había ascendido a la esplendorosa luz de la vida. 
       Un ángel, brillante como un relámpago, se lo confirma a las mujeres. Y nos lo confirma a nosotros, hoy. “Estuvo muerto, sí. Pero ha resucitado. Y no solamente eso. Está en camino hacia Galilea. Hacia aquel lugar que es el suyo. Donde lo conocieron y compartieron su mensaje. Donde se desarrollaron y siguen desarrollando sus vidas. Donde lo necesitaron y lo necesitan. Donde él quiso y quiere estar junto a ustedes.” Jesús resucitó para encontrarse con nosotros en aquellos lugares en los cuales se desarrollan nuestras vidas. En nuestras casas. En nuestras parejas. En nuestras familias. En nuestros barrios. En nuestros lugares de trabajo. En nosotros mismos. Resucitó para recuperar, reinstalar y reivindicar aquella Buena Nueva de vida plena en comunión con Dios que en vida había proclamado y que ahora, después de resucitado, tiene más autoridad aún. Porque definitivamente nada en este mundo, ni la muerte más trágica, puede destruir aquella promesa de bendición y paz que Dios a través de Jesucristo nos ha regalado.
      Este año, la Pascua nos sorprende en medio de una emergencia sanitaria, social y humanitaria jamás imaginada. La amenaza del coronavirus hace añicos toda nuestra sugerida y por muchos creída autosuficiencia. No hay condición personal, social, religiosa o de género que privilegie a unos por sobre otros. Estamos todos en el mismo barco. Y la solidaridad, el cuidado mutuo y el respeto por lo que aquellos que entienden más de la materia que nosotros nos piden atender es un deber al cual no debemos evadir de ninguna manera. Pues toda negligencia ingenua de nuestra parte sería una irresponsabilidad inaceptable. Pero tan así como experimentamos, todos, que lo que de nosotros se espera en estos tiempos de crisis es más fuerte de lo que creemos poder soportar, así también es cierto que allí donde nosotros nos topamos con nuestros límites entra a actuar el poderoso e inescrutable amor de Dios. Aquel Dios que así como resucitó a Jesús por encima de nuestro entendimiento, así también nos levanta a todos nosotros en sus brazos para llevarnos adelante. Para ayudarnos a sobrellevar este extraordinario desafío de mantener el distanciamiento social indicado. Para incentivar en nosotros el espíritu creativo que ojalá permita encontrar maneras de estar en comunión unos con otros fuera de los encuentros presenciales acostumbrados y tan extrañados. Para empujarnos a repensar nuestras vidas, analizar nuestros hábitos y, quizás, reordenar el catálogo de valores. Para, a la par nuestro, tender un puente entre el ahora que nos pesa y el después que sin lugar a duda vendrá. Y en ese sentido, desde nuestra fe cristiana sabemos y damos firme testimonio de que siempre hay un mañana.
      No podemos entenderlo todo. Ni aquello que nos aqueja hasta no dar más, ni tampoco la maravilla de una nueva oportunidad de vida. Pero de eso se trata la Pascua. De apostar a que en medio de la oscuridad y las tinieblas de nuestras vidas puede surgir un nuevo camino. De atesorar y dar testimonio de que el fin de las oportunidades humanas es, siempre, el comienzo de algo nuevo. De confiar que del miedo y la agonía podemos despertar para tomar las riendas de nuestras vidas y buscar un futuro mejor. De reconocer que de cada crisis por más dura que sea podemos aprender, y mucho. De sentir como el peso de nuestras equivocaciones es quitado de nuestros hombros y podemos volver a escuchar el canto angelical de los zorzales que nos anuncia el inescrutable amor de Dios. De comprender, espiritualmente hablado, que creer en la resurrección no se limita a la esperanza de que después de la muerte algo maravilloso nos espera sino que la resurrección sucede hoy, en y entre nosotros, cada vez que alguien logra levantarse, recuperarse, superarse… y volver a reír.
      Felices Pascuas para todos y todas.

      “Y hasta tanto nos volvamos a encontrar, Dios nos guarde en la palma de su mano.” 


       (*) Pastora de la Iglesia Reformada de Tres Arroyos

        
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