Perpetua – apostillas
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Para un abogado, Enero es tan sagrado como la vaca para el hindú. Porque en Enero cierran los tribunales y -fíjese- no corren los plazos. Comerse un plazo puede ser una catástrofe. Por eso, en Enero el organismo del abogado reconstituye sus coronarias.
Por milagro -por circunstancias especiales- aquel Enero dejé mi cañita truchera a un lado, me olvidé de ríos y lagos y quedé solo en mi casa. Por las mañanas salía a caminar en un Tres Arroyos en cuarentena. Sin gente. Allí iba por la zona céntrica, descubriendo una nueva y magnífica forma de vacacionar, cuando el Diablo metió la cola: alguien gritó “Risso” a mis espaldas. Alguien que se hallaba en un bar. Y que nunca debió gritar mi apellido. Un amigo.
El asunto versaba sobre un simpático hotelito. Hotel alojamiento, más simpático aún. Me constaba que era simpático. Y nuevecito. Y placentero. Salvo una peligrosa placa de mármol muy cerca de la cabecera.
Versaba sobre un socio, sobre deudas contraídas irresponsablemente. Café por medio me explicó todo lo que pensaba hacer al respecto. Era admirable su decisión y plan de acción. Propios de un Caterpillar.
Con mi amigo éramos hermanos de armas, de polígono. Con su espíritu militarista llegó a adquirir un Fal, superando una montaña de trámites diabólicos. Fusil Automático Liviano. Ya éramos amigos cuando llegué al polígono con la caja metálica para la munición del Fal. Legítima. Comprada por mi padre en el “Army de la Zona” como rezago militar. Me refiero a Canal Zone en Panamá, antes del tratado Torrijos-Carter. Todavía se leía en ella “…cartridges 7.62 NATO” y otras cosillas. Fue un regalo. Mi padre la usaba como caja de herramientas. Mi amigo, mientras la admiraba, explicó que era absolutamente impermeable y otras virtudes. También usaba una boina de marine para practicar con su Fal. De modo que, tras escuchar sus planes, decidí hablarle con sonoridades bélicas. Familiares.
“Vos querés avanzar, pero tenés la retaguardia descubierta”, le dije con el pocillo en la mano. Le expliqué las vulnerabilidades que iría dejando en el camino, y acordamos un pequeño -muy pequeño- contrato donde se explicitaban cosas que permanecían en una nube. Inexplicablemente. Fue una hojita y media que luego tipeé, como tratando de ir de menor a mayor. Sin forzar las cosas. Un comienzo. Prudente y calculado. Le di una copia. Que la lea tu socio. Si están de acuerdo, se firma en una escribanía. Mi casa le quedaba de paso. Yo lo recibía en pijama, quizá con termo y mate. Diariamente. Y partía en su Chevrolet ya viejona. Y con el papel en la guantera.
“¡Llevala a la escribanía, llevala a la escribanía!” me gritó por su celular. Hablaba muy rápido. “Pará, pará ¿Qué te dijo?”. Porque mi asesoramiento incluía un speech. Ya lo había solucionado. “Está entregado”. Frase que luego repetí al declarar como testigo. Y así dejé todo armado en la escribanía, y a la espera de los firmantes.
Pero pasó un día, quizá dos, sin noticias. Raro en alguien que llegaba a mi casa diariamente. Tampoco habría yo de ponerme ansioso. De hecho, concurrí a un locutorio a despachar una correspondencia por correo privado. Aún me veo frente al buzón, embocando mi sobre. La música funcional en realidad era una radio local dando noticias. Que suelen ser aburridas. Sólo agarré un fragmento: “…el empresario Juan Emilio Cao. El cadáver…”. No llegué a escuchar otra cosa.
La escribanía estaba exactamente enfrente. Crucé la calle y entré. A mi pregunta -si ya habían firmado- el escribano me respondió exhibiendo el diario de ese día. “Desapareció el empresario Juan Emilio Cao”. Título principal de portada en letras tamaño catástrofe. Noticia generada el día anterior. ¿Entonces no vinieron? Mis vacaciones pueblerinas comenzaban a ponerse movidas.
Pensé en el socio, hombre pequeñín que, tras detectarse su mala administración, fue destronado. Vivía en un quincho tras el hotel. El papel que debía firmar sólo especificaba las proporciones reales de cada socio y fechas de escrituración de esas porciones del inmueble. Reales. Y yo soy un amante de la proporcionalidad. Me negué a creer que ese inocente contrato pudiera provocar una respuesta tan desproporcionada. El socio, en cuanto a la propiedad, seguía conservando su porción. Más bien, bueno…
Bueno… los empresarios de hoteles alojamiento suelen realizar tratos con la prostitución. Lícitos, normalmente. Simples comisiones por ocupar habitaciones. Y ambientes pesados por definición, la rufianería, el proxenetismo. Creí ver ese sello. Y además siempre descreo de la pista cuando viene muy regalada.
Y más aún tras asistir al sepelio. El rol protagónico lo tenía el socio. Lloró abrazándose con todos. Lo vimos llorar. Vimos sus lágrimas. Allí, frente a la muerte, quedaban atrás todas las rencillas. Suele suceder, todos lo hemos visto alguna vez. Un amigo me murmuró al oído: “Si fue éste, es el crimen perfecto”. Quizá cierto nerviosismo me provocó una risa que reprimí al instante. Y por suerte estábamos alejados. Sólo éramos “sus amigos”; como rezan ciertas coronas de flores en los velatorios.
Sólo cuando me informaron que la prenda íntima hallada en la pick up era de la mujer del socio empecé a pensar que mejor hubiese sido que nadie hubiese gritado mi apellido aquella mañana de Enero. Porque el Diablo está en esos detalles. ¿Seguimos?

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