Una salida en busca de pan
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Amanezco, pongo un pie bajo la cama y así comienza un nuevo día en cuarentena. Me visto, me arreglo, y ese es el momento en el que escucho la voz de mi madre: -Facu ¿no te vas a comprar pan? – tengo que admitirlo, sino estuviese en cuarentena, encerrado por más de 40 días, lo hubiese dudado, pero las ganas de salir son muchas.
Voy hacia el fogón, tomo un barbijo y la bolsa de los mandados, porque por supuesto no era solo pan. No hago más que poner un pie fuera de casa y me cruzo con el cuidador de la Academia, una cancha de fútbol 5 enfrente a mi casa, sacando unos yuyos de los canteros, lo saludo y continúo mi camino en busca del pan.
Esta suele ser una cuadra tranquila sin mucho movimiento, los autos de los vecinos y el camión del camionero de la cuadra, un hombre la verdad que muy agradable de unos 50 y largos años, con la costumbre de prender el camión a las cinco de la mañana y dejarlo prendido como una hora en invierno.
Llego a la esquina, la esquina del mercadito del barrio, me pongo a hacer la fila, con la distancia y medidas adecuadas, y ahí es cuando también me saluda Luciano, el veterinario de la esquina de enfrente que, por lo que pude apreciar, recién volvía del campo.
Entro al mercadito y ¿quién estaba adentro? El ya mencionado camionero, lo saludo y comienzo a buscar los alimentos que me habían encargado, yerba, azúcar, entre otras cosas. Se va el camionero, y Lucas, un hombre de unos 30 años, dueño del almacén, me saluda. -Que haces titán- me dice, dialogo un rato con él, sobre esta cuarentena, las tareas y otras cosas, y le pido mi mayor encargue: el pan. Le pago y emprendo el regreso a mi casa, con todo que se me había encargado.
Entro a mi casa, dejo las cosas junto con el vuelto en la mesada de la cocina y voy directamente a sentarme a la computadora, porque se me había ocurrido una buena historia para la tarea de literatura y no quería dejar que se me escape la idea.
Entro a mi casa, dejo las cosas junto con el vuelto en la mesada de la cocina y voy directamente a sentarme a la computadora, porque se me había ocurrido una buena historia para la tarea de literatura y no quería dejar que se me escape la idea.

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