Supo hacerlo
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Hubo una vez y no hace tanto
aulas con niños bullangueros
y un maestro que guiaba y enseñaba
que ponía orden, daba las tareas,
tomaba las lecciones,
acudía en ayuda de los niños,
observaba y corregía los deberes.
Un maestro que observaba los recreos
que reía con ellos,
que secaba alguna lágrima
que secaba alguna lágrima
producto de una caída
o la pelea con un compañerito.
Un maestro preocupado
si faltaba un lápiz o una goma
que acariciaba las cabezas inclinadas
o daba alguna palmadita cariñosa.
Un maestro que los despedía
con un beso,
y decía sonriendo ¡hasta mañana!
y decía sonriendo ¡hasta mañana!
Y el grupo bullanguero
corría a la salida
corría a la salida
en busca de sus padres en espera.
Entonces la escuela se cerraba
se dormían el pizarrón y los pupitres
pero estaba la promesa del mañana
cuando el maestro saludara a sus alumnos
que alegres correrían a las aulas
para iniciar la tarea organizada.
Hubo una vez y no hace tanto
un maestro que debió abandonar esa rutina
aprender cómo enseñar a sus alumnos,
sin la caricia, sin ver casi los ojos
de los rostros compactados en un zoom.
Y supo hacerlo y guiar sus mentes
y entusiasmarlos con trabajos creativos.
Que pronto vuelvan los momentos gratos
de tareas compartidas
con recreos,
con abrazos, con empujones juguetones
con abrazos, con empujones juguetones
y la presencia del maestro frente al aula.

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