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      Aprendizajes sencillos

      19 de agosto de 2024 | 09:01
      Aprendizajes sencillos
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      Foto: Gabriel García Márquez (Fundación Gabo)

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      Por Juan Francisco Risso

       

      Se lo robé del Facebook a mi amigo Buby Lovari. Quien lo viera con ropas rústicas, barba de un par de días y guitarra terciada a la espalda no sospecharía que es un psiquiatra. Y como tal un alma sensible y culta. Por eso toma estos pensamientos, que provocan una cadena de razonamientos en algunos lectores. Veamos.

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      —

      “Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo.

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      Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta.

       

      Eres el único que no puede irse, me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”.

       

      Gabriel José de la Concordia García Márquez

       


       

      Al momento de toparme con el sueño del Gabo yo ya había hecho descubrimientos análogos ¿cuáles? Por ejemplo, los casamientos. Fui a muchos (como invitado, aclaro), y -con perdón- me cagué de risa en todos ellos. He olvidado decir que odio la alegría sana, mi desagrado se concentraba en ese trencito que hacen los presentes, circulando por entre las mesas, ajjjj…, y para colmo era invitado a sumarme a él, cuando pasaba cerca de mí. Sin duda mi tenor alcoholico bullía en mi torrente sanguíneo, pero declinaba con una sonrisa: que siga el alegre trencito, chau. Yo a lo mío.

       

      Adobado como para el horno, con el nudo de la corbata a la altura del esternón, me dirigí a la muy fina mesa de quesos. Ya sabrán: un señor trae una gran cantidad de quesos, predominando esos que parecen una tumbadora, de un metro de altura, que rodean una mesa donde hay dos o tres quesos empezados, y una especie de puñal reluciente que en lugar de mango tiene una pelota de madera. Allí arribé. Tomé ese raro cuchillo y me acerqué al provolone más cercano, le clavé el puñal y entró fácilmente, para qué. Agarré queso por queso y lo fui cortando en rajas, uno tras otro. El caso es que esos quesos están “ad pompam” o “ad ostentationem” dirían en Roma, y quien los trajo se los lleva, intocados, y solo cobra lo que efectivamente se consumió. Nada. Pero yo rompí el balance. Un señor grande, Fernandito le llamaban, me decía: “¿Querés queso, ahí tenés queso?” señalando la mesa. Un invitado respetable. Manteniendo el equilibrio yo le señalé con el cuchillo las muchas parejas que bailaban y le dije que pronto vendrían a comer queso. Nunca supe si quedó convencido.

       

      De allí no recuerdo para dónde fui, pero así eran las fiestas de casamiento: unos se divertían sanamente, otros más o menos sanamente, pero todos regresábamos despreocupados, alegres y deseosos de una cama. ¿Todos dije? En algún momento de mi vida caí en cuenta que dos no regresaban: los novios, destinados a la procreación, fiestecitas infantiles y búsqueda de recursos. Ahí comprendí -émulo de García Márquez- lo que significaba el matrimonio. Pero yo pude esquivar ese final. Ya me ven: en la tercera edad y soltero. Con hijos pero soltero. Y sin apuro.

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